miércoles, 27 de febrero de 2013

I - El Mago (última parte)


Reanudé mi descenso. La superficie plana y dura de la montaña me parecía agradable al tacto de mi piel. Me arrodillé y la acaricié, parecía estar viva, la sensación era cálida por la fuerza del sol. Sus rayos arrancaban destellos de la piedra, haciéndola parecer plata. Miré hacia el astro rey y supe que había perdido la noción del tiempo. Sumida en mi camino, me parecía maravilloso no tener prisas. Simplemente caminaba, sabiendo hacia donde me dirigía, pero no tenía prisa alguna en llegar. Sabía con toda seguridad, que llegaría en el momento exacto.

Me levanté y continué, la inclinación de este tramo me indicaba que era el último, que lo más duro había quedado atrás y que no necesitaba en absoluto echar un vistazo a mis espaldas, porque lo que tenía que aprender, ya lo había aprendido y el resto, debía dejarlo ir: nada de apegos, pensé.

-       Ya eres tu propia maestra.- Me dijo aquel encantador anciano.- Cuando no dejas, no permites evolucionar. Los recuerdos encadenados a la memoria, traen consigo la energía del momento pasado. Por tanto, si recuerdas momentos dolorosos, solo traerás dolor, el mismo que sentiste en aquel momento. Si traes recuerdos felices, te embargará la felicidad, pero a continuación darás paso a la nostalgia. Y solo querrás revivir una y otra vez ese mismo momento, bloqueando así la posibilidad de nuevos encuentros felices.- Su voz sonaba dentro de mi cabeza. Amistosa, pero firme. Pretendía que esta nueva enseñanza no se me olvidase en un futuro.

-       Para aprender hay que vivir el momento. – Sentencié para concluir su enseñanza.

-       Aho.- Se limitó a responder. No necesitaba añadir nada más.

Era maravilloso comprobar que el camino se hacía cada vez más fluido, más agradable. Era un estado perfecto el que estaba viviendo en estos instantes. En estos pasos que estaba dando fijándome en mis pies, en lo que tenía a mi alrededor, en la rocas. Todas las texturas, armoniosas entre sí se fundieron con la tierra marrón, plagada de trocitos de madera, marcando así mi meta.

Frente a mí se extendía un frondoso bosque de árboles inmensos. Y bajo uno de estos árboles, se encontraba Merlín. Que me recibió con una sonrisa y extendió sus brazos para fundirnos en un abrazo; el mismo en el que se fundía la tierra con la montaña, como las raíces de los árboles con esa misma tierra, como las aguas de los ríos abrazan a las rocas sumergidas en ellos, como las plantas que se enredan en los troncos adornándolos con sus vivos colores.

No quería desprenderme de aquel abrazo tan perfecto, pero sabía que a este mismo momento, es al que se refería Merlín con su enseñanza sobre los desapegos. Así que fui la primera en deshacer el abrazo, con suavidad y ternura y le miré a los ojos contándole mis verdades en silencio.

-       No llores. – Me dijo mientras acariciaba mi pelo.- Siempre estaré contigo, exactamente en tu corazón. Así que, no me recuerdes, siénteme y todo lo bueno seguirá contigo. –Asentí con la cabeza. Esta era una clara despedida.  Para la cual estaba preparada.

Nos pusimos en pie y quedamos uno frente al otro. Y antes de desvanecerse en el aire con una sonrisa, cogió mi mano derecha y con mi palma hacia arriba, me tendió dos curiosos elementos: un péndulo y una nueva carta.

¿Quieres saber qué carta es?

lunes, 18 de febrero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (V)


La intimidante puerta se abrió con gran ímpetu y Julia comprendió que ni el peor de sus temores se había aproximado a la terrible realidad que tenía que enfrentar: su madre, extremadamente cariñosa por la sorpresa; irritantemente inquisidora por la inexplicable presencia. 

- ¡Julia! -chilló la desconcertada mujer mientras hacía toda clase de aspavientos con sus manos- ¡Pero qué sorpresa tan grande! - exclamó al abrazarla con cariño- ¿Y Carlos, no ha podido venir? Anda, deja que te ayude con la maleta, mira qué cara llevas, pareces agotada. ¿Te apetece un café? Sí, seguro que lo necesitas. Pasa, pasa. Pero hija, podrías haber avisado de que venías y te habríamos recogido en el aeropuerto. Bueno, ¿y cómo es que has venido? ¿Acaso tienes vacaciones?

Uff, definitivamente, hablar con mi madre va a ser mucho más difícil que con Sara, ¿cómo puede soltar tanta pregunta en tan poco tiempo? Siempre he odiado esa habilidad suya. 

- Hija, ¿me estás escuchando? - insistió su madre al intuir que Julia se encontraba a una gran distancia de su conversación. 
- Sí, mamá, te oigo. - asintió una paciente Julia.
- ¡Ay, hija!, no pongas esa cara de angustia, que para una vez que vienes...Normal que quiera saber qué es de tu vida, ¿no? 
- Sí, mamá...
- ¡Julia! No empieces a darme la razón como a los locos. Sabes que no soporto que te rías de mí, ¿eh?

Pues empezamos bien...Susceptibilidad a flor de piel, el estado de ánimo perfecto para soltarle la bomba...


jueves, 14 de febrero de 2013

Does love just exist in St. Valentine's Day?

I suppose by now, all of you have realised that today is St. Valentine's day so, happy Valentine's day! 

By the way, I can't avoid to wonder...What happens with love the rest of the year? I mean, since I woke up this morning I've seen people celebrating their crazy, unbelievable and wonderful love, however, I don't usually see them so excited about their partners' love everyday. Shall I think they just love each other in that amazing way today? What would it happen then if St. Valentine's day didn't exist?

Well, maybe I'm just a weird, absurd and romantic girl but...I'd love to see people trying to do the most of their love every single day!! What do you think? 

Oh, I almost forget it...All my love, dears! ;-)

miércoles, 13 de febrero de 2013

I - El Mago (Tercera parte)


La noche fue muy dura. Mi mente enviaba mensajes de dolor a mi cuerpo para incomodarme e impedirme entrar en estado de meditación una y otra vez. Agradecí que la noche fuese larga y joven y no dejé de luchar. Vino la culpabilidad, después la tristeza, más tarde el perdón, de nuevo otra ráfaga de culpabilidad. Euforia. Un mensaje tras otro. Como llamativos anuncios que subliminalmente contenían un misma intención: “no meditar”. Seguí, terca en mi postura y recordé el consejo de un buen amigo: “deja los pensamientos pasar como troncos en el agua. No te detengas en ellos. Cada vez pasarán menos y más deprisa.”

Me levanté, observé el cielo concentrándome en las estrellas, devolviéndome la clama. – Un nuevo asalto -, me dije. Volví a sentarme. Dejé los troncos pasar. Logré tan solo unos minutos de silencio. Logré cansar a mi mente y elevar el alma.
Ahora me gustaba estar conmigo misma. No recuerdo mucho más, porque abrí mis ojos con los primeros rayos de mi último día con mi Mago. Quedé dormida, en la misma postura de meditación: sentada con las piernas cruzadas y mis manos apoyadas en las rodillas creando dos círculos con los dedos índice y pulgar de cada mano. Sonreí ante mi hazaña.

-       Buenos días guerrera. - Su voz, tan familiar, terminó de despejarme, agrandando mi sonrisa.

-       Buenos días… Mago, vacilé. ¿Podría saber tu nombre? – No sabía si a estas alturas esta petición estaría demás.

-       Pues si ya lo sabes.

-       Parpadeé perpleja.- ¿Cómo?- Él rió ante mi expresión.

-       Lo sabes. Lo has sabido desde un principio. - Afirmó.

-       No puede ser. Dije, quedándome boquiabierta ante el recuerdo de la nebulosa con la que me mostró su vida. – Merlín- pronuncié con un hilo de voz.

-       Sonrió anchamente.- Así es señorita.- Su sonrisa decoraba cada palabra.- El niño era yo, al joven al que viste crecer también, pero a la misma vez te estaba mostrando tu presente: yo, tal cual soy.-

Su aspecto comenzó a cambiar, podía verle envejecer en un tiempo acelerado. Me revisé a mi misma por si yo también había envejecido. Pero no era así. Cuando volví afijarme en él, pude reconocerle: aquella adorable figura seguía siendo esbelta conservan atisbos de su característica belleza, pero con una barba entre blanca y plateada. Arrugas llenas de sabiduría. Una tez pálida cubierta por una túnica de suave terciopelo en colores azules y violáceos, a juego con sus ojos.

-       Vaya, y ¿por qué te muestras ahora en tu forma original?
-       Esa pregunta sí que está demás. También eres poseedora de la respuesta.
-       Es verdad.- Dije más para mi misma, dándome con la palma de la mano en la frente de forma teatral.- Ya no hay miedo. Ni pasado en el que encerrarme para negarme a ver el presente. Así que ahora puedo verte. 

-       Con el corazón, añadió Merlín.

-       Ahó.- Le dije y asentí con la cabeza.

-       Es el momento- dijo mirando hacia el paisaje que se extendía ante nosotros. Le imité. – Ahora debes descender- Prosiguió, entrecerrando los ojos. Eso me dio una pista. La noche, sola en esta montaña, no era la más difícil.

-       Dijiste que tendría ayuda- Le recordé.

-       Toda la ayuda que necesitas está en ti. Ahora eres más fuerte.- No había caído en la cuenta hasta ahora. ¡Claro que me sentía más fuerte! ¡Y tanto! Había recobrado toda la energía que invertí en un pasado ya muerto para poder renacer en La Plenitud.

-       Merlín asintió. Una vez había estado atento a mis pensamientos.

-       Yo te observaré en tu descenso. Y te lanzaré preguntas que te ayudarán a no tropezar y caer con la misma piedra.- Sentenció. Supe a qué se refería. Estaba preparada.

Eché un vistazo, prácticamente era vertical. Y, mientras lo miraba, más vertical se volvía.

-       Así es - dijo interrumpiendo mis cálculos mentales. - Mientras más lo mires, más hará tu mente por impedirte el descenso. Por atarte al lugar en el que estás, solo porque ahora quieres moverte.- Asentí, no necesitaba de muchas palabras con Merlín. Comprendí, que cuando realmente quieres algo, es cuando surgen las dudas para impedírtelo; antes, quería estar aquí, quieta, en silencio. Ahora, quiero moverme. Y ese Quiero, le sienta muy mal a alguien a quien ya he mencionado demasiadas veces. Ya le he dado demasiado protagonismo a lo largo de todos estos años de “vida”.

-       No pienses más y actúa. ¿A ver quién o qué puede detenerte? – Su sonrisa era pícara, burlona. Mi mente rabiaba, sabía que era de ella de quien se estaba riendo.

-       Nos vemos. – Le dije con el corazón acelerado y la urgencia de disfrutar de la bajada. “Quiero disfrutar de la bajada”.

-       Ahó. - Respondió Merlín a mi último pensamiento.


Piedra gris lisa, por todas partes. Con otras grandes rocas que sobresalían. A ambos lados se erguían los árboles. Solo se apreciaban dos sonidos: mis jadeos y los pájaros del lugar. Eran paradas obligatorias.
Consultaba con mi Ser Superior cada paso a dar. Él me respondía: “sí” a todo. Muy rara vez me dijo: observa un poco más. Y entonces encontraba otra gran roca a la que aferrarme. Como si hubiese emergido del suelo en el momento en el que me disponía a escuchar la verdad.   Son señales, sentí. Estoy en el camino correcto.

-       Para avanzar, para crecer, debes descender a la profundidad. No hay Ser sin haber. Sin haber sido reconocido. Sin haber sido visto a los ojos. Sin haber sentido. - Me decía Merlín con una voz tan clara, que podría estar descendiendo a mi lado sin que yo pudiera verlo. - ¿En qué radica el problema?- Esa era su primera pregunta, retorcida donde las haya para cualquier otro que no haya sido. Clara para mí, Siendo.

-       El problema radica en que creemos que para avanzar y triunfar sólo podemos ascender. Por eso tenemos vértigo. Porque nos asomamos a nuestro pasado desde la perspectiva de un precipicio del que hemos salido. Cuando no es así. Si miras con miedo a tu propio pasado, es que hay cosas sin solucionar o energía con la que sigues reconectando una y otra vez.  Pero el miedo, ese que crea el vértigo, te impide volver al fondo para así enfrentarte, perdonarte, recobrar tu energía y seguir avanzando.

-       Al final quedas atrapado, en ese acantilado que, de pronto, está rodeado de un océano inmenso y no tienes como avanzar si no es tirándote a él. Pero claro, estás demasiado alto y quedas atrapado. Esas son las crisis humanas. Esas a las que llamáis existenciales. - Respondió Merlín.

Concentrada en mis pasos. Esta conversación era un punto de apoyo más. Imparable. Mi descenso era uno de mis mayores logros.
Continué.

-       ¿Cómo te ves cuando llegues a tu meta? – ¡Ja! Pregunta trampa, pensé. Merlín rió.

-       No me veo. Simplemente estoy Siendo. Disfrutando de la montaña. De sus colores brillando con los destellos de un sol cada vez más alto. Vivo aquí y ahora.


La bajada era larga. Quise detenerme para inspirar el aire puro, fresco y absorber un poco más la belleza del lugar. El ritmo de mis latidos fue calmándose. Toda Yo entré en calma.

No escuchaba a mi Mago. Y adentrándome más aún en el momento, no percibí ni un solo sonido de la naturaleza. ¿Dónde estarán…todos? Me pregunté y, acto seguido, resbalé. El susto fue muy grande cuando pensaba que me estaba precipitando al vacío más absoluto. Me aferré, con todas mis fuerzas a una roca, la cual detuvo el peso de mi caída haciendo sonar mi columna vertebral. Solté un breve alarido.

-       Veo que buscabas compañía en tu propio camino.- Me dijo Merlín con voz tranquila.  Dime, ¿Acaso no tienes suficiente con tu propia decisión? ¿A quién buscabas?- Preguntó de forma ligera. Haciéndome sentir ridícula.

Medité sus palabras por unos largos y dolorosos instantes…

-       Creo que sé a qué te refieres.- Debía ser rápida y precisa en mi explicación. – Si estoy aquí y ahora, es porque yo lo he elegido así. Y no tengo que tener compañía necesariamente. He de ser Yo quien viva este momento y recorra este camino. Asumiendo las consecuencias de mi elección.

-       Así es querida aprendiz. – Parecía complacido con mi respuesta. – Sólo tú puedes vivir tu propia vida y no relegar la responsabilidad de tus actos en los demás. A veces estarás acompañada y otras, en cambio, sola. Y eso no tiene nada de malo. Son fases. Ciclos vitales que nos enseñan algo y nos preparan para recibir nuevas oportunidades y nueva gente.

De pronto, una roca nació bajo mis pies ofreciéndome su apoyo. Si soy responsable conmigo misma, tendré en quiénes apoyarme. Pensé. Seré digna de confianza.

-       Los demás estarán ahí, no solo cuando los necesite, sino cuando quieras su compañía también.- Me recordó Merlín. – No dependerás de ellos y, por tanto, se quedarán contigo sanamente.

-       ¡Ahó! Repetí. Merlín rió, nuevamente. Su risa empezaba a parecerme musical.

Tomé otra bocanada de aire y miré a mi alrededor, buscando una nuevo objetivo al que llegar. Tramo a tramo. Poco a poco.

-       Me gusta esa forma de sentir. – Me dijo mi compañero mágico.- En la vida, para las grandes metas, es necesario crear pequeños objetivos que nos acerquen a ese gran propósito.




No respondí. No era necesario. Pronto conseguiría mi gran objetivo.







¿Tendrá Merlín otra enseñanza disfrazada de truco?  ¿O tal vez tenga una misión para mi?





Continuará…

viernes, 8 de febrero de 2013

Capítulo VI: Con los Pies en las Nubes (GLORIA)


Nuestra conversación en nuestro impersonal fuerte llamado: “Cafetería del Aeropuerto," no dio para mucho. Fue un intercambio de datos de vuelos, miradas nerviosas, algún que otro gritito de emoción y silencios que terminaban en: “necesito ir al baño. En seguida vuelvo. Cuídame las cosas.” Elena salía media hora antes que yo, lo cual me fastidió un rato. Se me da mal estar sentada, sola en una mesa de cualquier local público. Aunque nadie me mire, yo me siento observada a cada instante.

Cuando llegó el momento de despedirme de Elena y ella había pasado el control con éxito, se giró y me gritó, mientras se despedía con la mano en alto: “¡recuerda, Posición Cero!” Yo asentí con la cabeza mientras alzaba la mano del mismo modo. Era como mirarse en un espejo. Uno que se alejaba, haciendo mi imagen más pequeña. Obligándome a mirarme a mí misma en carne y hueso.


Miré mis manos y jugué con mi anillo. Miré por la ventanilla: nubes, cielo; bien, todo en orden ahí fuera. Volví a mis manos. – ¿Un café? Preguntó una voz excesivamente cerca de mí, haciéndome volver al avión de forma consciente. Volviendo a tomar posesión del cuerpo que había dejado ahí sentado, mientras mi mente volaba a más velocidad que el avión y que la mismísima luz. Mi parte más emocional estaba ocupada en recrear toda clase de posibilidades y se las pasaba a mi mente en plan borrador, la cual las desechaba, tachándolas de auténticas locuras.

    - ¿Un café señorita…? - Me repitió con cara expectante.

    - Uy, sí. Gracias. – Respondí algo apresurada por limpiar mi imagen de pasmada.

    - ¿Cómo lo quiere? - Dijo en plan comercial. Muy profesional.

    - Con leche, por favor.- Siempre hago gala de mi educación y, más aún, si estoy nerviosa.

    - Aquí tiene. ¿Desea acompañarlo con algo de bollería?

    - Muy tentador, pensé. No, gracias. Así está bien. - Esa es la respuesta correcta. La que mantenía mi línea…

Sosa, escuché. ¿Eh? Casi me giré para mirar entre los pasajeros que tenía detrás, pero caí en la cuenta: era yo misma, de nuevo castigándome. La verdad es que no necesitaba cafeína alguna, ya estaba bastante nerviosa, pero me hacía bien tener algo entre las manos.

Sin más, decidí concentrarme en la espuma del café. Intentando entrar en meditación. Viviendo el momento presente. Sentí la presión de la cabina, oí el murmullo de la gente charlando. Miré a mi acompañante: una mujer de unos 60 años. Vestida con colores muy alegres y chillones: fucsia  en la chaqueta, roja la blusa, falda hasta las rodillas a juego con la chaqueta. Curioso sombrero de flores y ¿paja? ¿esparto?... ¿espanto? Sí, esa última era la buena. Con su piel blanca y su bolso negro agarrado en posición: “arma de defensa en caso de acercarse algún jovencito sospechoso." Dejé de mirarla cuando aventuré que lo utilizaría conmigo si seguía siendo tan descarada.

Quise reírme de mi propia invención, así que, sonreí mientras me llevaba la taza a los labios para no parecer una lunática o, al menos, no del todo.

¿Cómo estará Elena? Tenía dos vuelos por delante ¿Estará pensando ella en mí? ¿dejará de crecer mi ego algún día? Lo dudo mucho, pero lo intentas, respondió de nuevo mi vocecita. Decidí hablar con ella, a fin de cuentas estábamos las dos solas en esto. En un mano a mano: las ganas de volver volando (nunca mejor dicho) o yo. Una de las dos caería.

Con intentarlo no basta, me recordé. Todo es más simple cuando te lanzas. Ahí ya no hay marcha atrás. Te dejas llevar por la corriente, por la inercia, por la gente o por lo que surja en ese momento y, solo te detienes, si el callejón al que has ido a parar, no tiene salida. Si no, avanzas, y así es como vas cambiando tu vida. 

Eso mismo estaba haciendo en estos precisos instantes, con mis pies en las nubes, sobrevolando, lo que sea a estas alturas (soy muy mala en geografía). Con los pies muy quietos, avanzando a grandes zancadas.

Inhalé el extraño aire del interior de los aviones y me sentí igual que en la cima de una montaña. La había conquistado. Había cambiado mi plaza fija de mi ñoño sofá, por una plaza pasajera de este avión.

La próxima vez que te sientes ¿dónde será? Me preguntó de nuevo la vocecita, poniendo mis nervios a prueba.  De eso no tengo ni la más mínima idea, respondí en tono mordaz. Pero de una cosa sí estoy segura: no me sentaré para volver a deprimirme y hundirme un poco más en la estricta cláusula de la rutina; será para descansar de tanto salirme de mis propias normas. De mi jaula de oro.

Palpé el bolsillo derecho de mi abrigo y noté la rigidez de la foto y la carta doblada.

¿Qué estará haciendo Elena?