miércoles, 30 de enero de 2013

Capítulo I: Café con Verdades (GLORIA Y ELENA)


¡Qué magnífica obra de arte! La composición es perfecta, pensé,  y no exige tomar ninguna distancia de precaución para poder disfrutarla. Es una obra con vida propia, cuyo significado cambia con la emoción del momento y hora del día. Estaba embelesada, con mi taza de café con leche entre mis manos. Hasta que sentí la mirada punzante de mi amiga Elena, dueña de mi obra de arte favorita, titulada “la ventana de las confesiones." Situada en el salón de su ático. Un noveno nada humilde, convertido en hogar de acogida, tanto si estaba de fiesta como si estaba, como hoy, casi deprimida.

Tuve que hacer un esfuerzo para dejar de contemplar el atardecer cayendo sobre el mar, hoy melancólico, como yo.

    - ¿Qué te estará rondando por la cabeza?- me preguntó levantando sus perfiladas cejas y su taza de café para darle un sorbo. Me desafió con una media sonrisa. Me conoce bien, muy bien.

Jugué con la taza, clavando la mirada en ella y le conté todo acerca de mi sueño.

Para mí, muchas cosas están relacionadas con el mundo onírico, y siempre que puedo busco el significado de aquellos escenarios, objetos o seres, que más me han llamado la atención y que siguen grabados en mi memoria con vivos colores durante horas, días o años.

Elena me seguía y asentía con la cabeza mientras daba pequeños sorbos a su café.

    – Creo que ya es hora de no ser tan responsable de los demás- me dijo. - Has estado viviendo según las normas y dejando los atrevimientos para las películas de acción y de aventuras.

Me quedé boquiabierta.- ¡Cuánta razón tienes!- Le dije. Siempre me pillaba desprevenida su gran capacidad para poner mis emociones en perspectiva y así poder analizarlas como una muestra bajo la lente de un microscopio. 

   – Desde esta mañana me persigue la misma sensación, algo me falta o algo he perdido. Entonces reviso todo y me doy cuenta que no es algo material. Es a nivel espiritual. Estoy a medias, me faltan experiencias por vivir.- Ahora hablaba con rapidez.- Es como una doble vida, ¿cómo es posible extrañar algo que no has tenido? Entonces pienso en cómo sería si hubiese reaccionado de otra manera ante algunas situaciones…no sé, es agotador.

     -¿Sabes?- me dice mientras las dos nos dirigimos con suma tranquilidad hacia el sofá para sentarnos y acurrucarnos con nuestras tazas. – He pedido que adelantasen mis vacaciones. Me tomaré tres semanas. Las necesito.

La miré con cara de no saber a qué venía ese tono de pesadez. Algo había y me lo iba a mostrar. Sacó un sobre de su bolso de cuero negro, el cual había estado en el sofá todo este tiempo, pegado a ella, y lo puso sobre la mesa. Con un gesto de la mano, me invitó a leerla.

     - No puedo creerlo. ¿Sabías de su existencia?- Entonces entendí porqué su bolso no descansaba, como era de costumbre, sobre el banco de madera que tiene a la entrada.

     - No. Y no sé muy bien cómo reaccionar.- Me respondió de inmediato.

   - Dirás, que no sabes cómo te sientes. Sabrás qué hacer en el momento que identifiques cuáles son tus emociones y tus sentimientos hacia esta…noticia.- En realidad quise decir bomba, pero no era el momento para echar más leña al fuego y provocar una crisis de identidad o algo parecido.
No se lo merece.

    -Tú siempre aplicando inteligencia emocional.- Me dijo entre divertida e irritada.

    Me reí echando la cabeza hacia atrás, - jajajajaja- ¡claro que sí!, sabes que me ayudó muchísimo y sigue conmigo donde quiera que vaya.

    - Pues, debo decirte, que ahora somos un par de náufragas en nuestra propia existencia. Hemos vivido tan sumidas en nuestras propias vidas…

    - ¡No! No termines esa frase.- Le dije con voz tajante y mirada dura. -No voy a sentirme culpable por haber tratado de hacer siempre lo correcto...

    -¿Ah sí? – Volvió a desafiarme- ¿aunque haya supuesto pasar por encima de ti misma para que los demás se sintiesen bien?

    - ¡Ya vale! Sé que vuelves a tener razón. Aunque no quiera admitirlo, el tiempo pasa y, aún siendo jóvenes, nos sentimos viejas y abandonadas por nosotras mismas. Por nuestros ideales y ansias de conquistar nuestro lado más salvaje, para cabalgar con total libertad por los terrenos más inhóspitos de nuestros pequeños universos… había vuelto a mi sueño.

Suele ocurrirme, pero con ella no tengo porqué acomplejarme. Dejo y reengancho los temas como si nada, de forma desordenada. Estaba acostumbrada. Además una de mis especialidades es jugar con las palabras y enredar la madeja de lana hasta hacerla casi inservible. Es el modo en el que me protejo. Llevar cualquier tema hasta la saciedad, desmembrar cualquier motivo de pena para darle un sentido y hacerlo parecer merecedor de haber sido vivido… -¡Bah!- dije con gesto de desprecio mirando la mesa. - La cuestión es, que ya no me lo creo, que ya he justificado durante mucho tiempo esta forma de ver la vida o de creerme mi propia vida.- Volvía a darle la razón. No lo podía evitar. Con Elena no hay secretos y eso es de agradecer.

La miré de nuevo con una sonrisa puesta en mi cara, en un vago intento de alejarme de esas verdades. Di otro sorbo a la taza, el café empezaba a enfriarse.

    - Por fin dices lo que realmente piensas. - Se rió. Pero era una risa amarga.

Volví a poner el sobre en la mesa, junté mis manos y jugué con mis dedos. Ya no se trataba de cómo me sentía yo. Esa carta traía al presente un pasado del cual Elena no tenía ni la más mínima idea. Y peor aún, es un misterioso pasado que va unido a recuerdos dolorosos.

Ella siempre fuerte y juguetona, desafiante, pero frágil conmigo, como realmente es. Y luego me echa en cara mi forma de hacer las cosas… ¡Hay que ver!

Me levanté.  Se levantó y nos abrazamos. – Bueno, por favor, llámame con lo que sea y si necesitas algo, házmelo saber. Lo que sea.- Remarqué.- Sabes que puedes contar conmigo.- Le dije con toda la dulzura que sentía en esos instantes.

    - Lo sé - me dijo. Casi en susurros. -Una vez más, estás mal tú y terminas dándome todo tu apoyo… aaayyy, espero que lo tuyo no sea contagioso.- Puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza.

    - A-ja-ja- Pronuncié enfatizando, sarcástica. Pero entonces, nos miramos, se hicieron unos segundos de silencio y rompimos a reír con ganas.

Nos presentaron unos amigos de mi pareja cuando estudiaba en la universidad. Por aquel entonces, ella era una heavy con aires góticos, inconformista y directa, sencilla y cálida. Eso fue lo que me cautivó. Me trató como una más desde el principio. No tuve que fingir ser feliz o especial, ni tampoco creí que algún día llegásemos a ser tan amigas. Pero aquí estamos, ocho años después… creo que no hace falta añadir nada más. Es una gran persona, aunque a veces ella no lo sepa. 

miércoles, 23 de enero de 2013

Capítulo V: El Viaje Más Corto (GLORIA Y ELENA)


-       ¡¡¡Tíaaa!!! ¡¡¡Qué emoción!!!- Le dije tirando la maleta en el asiento trasero, y volviéndome más torpe de lo normal por la ansiedad que sentía.

 Saqué de mi bolsillo dos armas: la última carta, con el número de teléfono de Alex, y su foto. Se las mostré nada más sentarme. Ella me miró con el signo de interrogación en su rostro y, dándome mucha prisa, le conté todo acerca de mi noche de nostalgia y todo sobre Él. Guardé las armas con sumo cuidado, como si de bombas atómicas se tratase.- Decidí autosecuestrarme - le expliqué a una amiga cada vez más atónita y sumamente interesada en lo que le estaba contando.- Y me amenacé a mí misma, haciéndome elegir entre: buscar a mi amigo, una vez haya pisado suelo alemán, o volver a mi coma rutinario.- 

Elena me entendió a la perfección, arrancó el coche sin perderme de vista, ni yo a ella, y me dijo, “de eso nada. Yo me lanzo y tu también. Y no volveremos a ser dos bellas durmientes.”- Ahora sonreía- Abróchate el cinturón de seguridad, que este viaje promete… muchas curvas. Y nos reímos a carcajada limpia.

La situación cambió de un modo radical. La tensión se desvaneció, y en el asiento del conductor, me encontré a una rejuvenecida Elena, que estaba que se salía de la misma sensación estrafalaria y surrealista que parecía acelerar con cada marcha que metía, creando un paréntesis temporal, dentro de los confines de su coche. Nos miramos y reímos con un brillo distinto en nuestros ojos, sabiendo, independientemente del resultado, que este momento quedaría para la posteridad.

Decididas, pusimos la música a toda pastilla, mientras yo me dedicaba a bailotear en el asiento. Mi niña interior había vuelto y había encontrado a su compañera de juego ideal. Nos miramos y canturreamos a voz en grito y desafinamos más que nunca, debido a nuestras risas y nerviosismo. Después rebusqué entre los CDs y, rememorando nuestras primeras salidas a las discotecas, puse las cantaditas de la música dance de los ’90. Esto nos excitó más aún, colándose alguna canción de Maná y terminando, la caótica sesión, con The Prodigy y sus temas más míticos, disparando todos nuestros sentidos y, tal vez, la velocidad de nuestra nave especial.

El viaje hasta el aeropuerto era de unos minutos, pero nuestro subidón continuaba en el paseo por el aparcamiento. Hasta que nos paramos, pasmadas por un instante, mirando con fijeza  la entrada como si nunca hubiésemos visto en nuestras vidas, una puerta automática. Pareciera como si no tuviésemos claro su funcionamiento y tuviésemos que esperar a que algún desconocido la utilizase antes que nosotras, para aprovechar y colarnos dentro del edificio. Y así fue. Elena entró, seguida por mí, pero mi entrada, no fue lo que viene siendo glamurosa. La puerta se cerró antes de lo previsto, enganchando mi maleta con ruedecillas, haciéndome retorcer el mango plegable, reteniéndolo entre las dos hojas de vidrio, conmigo dentro y maleta fuera. 

Todo bajo la atenta mirada de unos ingleses, a la expectativa, mientras yo sonreía con la cara ardiendo de la vergüenza con una amiga que se reía, sin disimulo alguno, por todos los allí presentes. ¡Muy bien pensé! Siempre que intento ser mona, me paso a mono de feria o recreo alguna escena embarazosa de película cómica. Es automático, casi instintivo. Y por supuesto, los espectadores no me faltan, suele ocurrirme en los lugares más concurridos o en los que mejor hay que comportarse, tales como museos y bibliotecas y, ahora, aeropuertos.

Pero me sentía genial, era como revivir, volvía a romper a carcajadas y aún,  no tenía el billete. Creo que es un buen comienzode lo que sea que esté comenzando.

Tras el desastre de mi entrada, llegó el momento serio: comprar los billetes sin parecer un par de piradas. Bien, ambas respiramos profundamente y nos dirigimos a los mostradores correspondientes, para pedir información y encontrar alguna oferta, a ser posible. Nos dividimos, Elena a una línea aérea y yo a otra. No valía mirar atrás, eso lo habíamos pactado antes de emprender nuestra búsqueda.

La azafata de tierra, correctamente vestida y con gesto amable, me informó de todo cuanto necesitaba saber. Había un vuelo que salía en dos horas y treinta y cinco minutos, exactamente. Destino, aeropuerto de Berlín (Flughafen Berlin, Shönefeld). Qué bien que me lo sé, qué contenta que estoy conmigo misma, pensé para mí y me reí. La azafata me miró, levantando una ceja, con gesto de reprobación. – Es que estoy muy emocionada.- Le dije- recordándome que debía evitar, en la medida de lo posible, parecer una pirada. El precio tampoco era exagerado, me repetí como un mantra (necesito una copa).

Pasaron los minutos y los datos pertinentes con ellos. Me despedí con toda educación y di media vuelta. La transacción estaba lista, le dije a mi conciencia, ya no puedes amenazarme más. Ella me replicó en tono borde, haciéndome torcer el gesto: aún no has llegado a Berlín y, ni mucho menos creo que seas capaz de buscarle, S-O-S-A. Ya me estaba juzgando. ¡Vuelve a tu rutina! ¡a tus pies sobre la tierra!… ¡Cállate! Le dije gritando en mi fuero interno. Desterrándola de un empujón. Mi lucha interna era fuerte. “Lo seguro” quería arrastrarme de vuelta a mi lecho de laureles para no arriesgarme a sufrir daño alguno. PERO NO. Estoy viva y pienso demostrármelo.

Me dirigí a la cafetería, sabiendo que Elena también iría ahí sin necesidad de haberlo acordado previamente, con la sensación de tener unas piernas de goma e intentando no borrar, a cada paso, mi resolución.


Llegué. Llegó.

Little Notes. Big Emotions II


It’s incredible how in friendship your friends accept you as you are and you gladly accept them. But in a relationship with a partner, our flaws or our partner’s flaws, take us far away from each other, tearing us apart. Precisely friends love you even more because of your flaws, they know how to handle them… its strange and special at the same time…

lunes, 21 de enero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (III)


El agudo sonido del timbre penetró en su mente con intensidad, obligándola a abandonar la serenidad de su mundo onírico. Aún adormilada, Sara cubrió su cabeza con las mantas, rasgando esos últimos segundos de sueño al luminoso día que entraba ya por su ventana. Pensó por un instante en quedarse en la cama, ahí escondida bajo su cálido edredón, esperando que Morfeo la llevase de nuevo a su reino. Pero la curiosidad le venció: ¿quién vendría a levantarla un sábado por la mañana? Rezongando y de mala gana, se levantó. Se enfundó en su vieja bata de casa, mientras arrastraba hacia la puerta unos gastados conejitos de lana. Si es mi madre, la mato, pensó mientras se recogía torpemente su largo cabello en una cola, sin imaginar quién sería esa visita inesperada.

El asombro que al abrir la puerta se dibujó en su cara sólo era comparable a la ansiedad que la de Julia mostraba. Extrañada, sorprendida, completamente estupefacta y...Sí, también indignada. ¿Cómo se había atrevido a presentarse en su casa  así, sin más? ¿Cómo era capaz de aparecer como si nada hubiese sucedido? ¿Cómo podía tocar a su puerta después de lo que le dijo? 
Las preguntas se sucedían en su mente a la misma velocidad a la que su ira aumentaba. Su sangre hervía por todo su cuerpo, produciéndole un molesto cosquilleo en la punta de sus dedos. Sus mejillas mostraban su enfado en su máximo esplendor y entonces, cuando tan sólo una palabra de su boca habría prendido la llama capaz de abrasar para siempre el último resquicio de aquella amistad, sucedió. Vio sus zapatos. Los zapatos que ella le había elegido. El complemento perfecto para su nueva vida: los zapatos rojos de charol. Y las hormiguitas que minutos antes habían recorrido su cuerpo incendiando toda su sangre, parecieron descansar. La rabia comenzó a abandonarla y una terrible nostalgia ocupó, no sólo su cuerpo, también, su alma. Y sólo entonces la vio. Como el fantasma de la mujer que un día fue, el espectro de su amiga era quien la visitaba.

- No me cierres la puerta, por favor -suplicó Julia con apenas un hilo de voz- sé que no tengo derecho a presentarme aquí y esperar que me ayudes pero eres mi única amiga, la única verdadera y te necesito.

Sara continuaba paralizada, observando con atención aquella visión de Julia. ¿Qué le habría ocurrido? Ésa no era su amiga. Sus cabellos de vivo y fulgurante cobrizo se mostraban tristes y apagados; su tez, antaño rosada, cálida y suave, lucía pálida, fría y ajada. Las ojeras se perdían en las mejillas despojadas de toda luz y dos ojos hinchados se habían tragado su vivaracha mirada azul. ¿Qué había sido de su Julia? Y sólo entonces la buscó. 
La miel de su mirada se sumergió en el oscuro océano que habitaba la de Julia, y allí, ahogada, en el fondo de ese mar embravecido, encontró los restos de la mujer valiente que un día conoció: la niña indefensa y desvalida a la que protegió. Y sólo entonces la perdonó. 

El fantasma de Julia llevaba unos cinco minutos excusándose y suplicando su amnistía. Era hora de calmar su conciencia y comenzar a rescatar a esa pequeña niña perdida en el fondo del mar, a esa mujer valiente extraviada en algún lugar de Dublín. Y con un ligero movimiento de su delicada mano, Sara abrió la puerta por completo, ofreciéndole su casa.

- Está bien, acepto tus disculpas, anda, pasa. 
- Pero, ¿de verdad me perdonas? Te traté tan mal...
- Es cierto, me hiciste mucho daño. Pero bueno, prometimos estar siempre ahí, ¿no? Y creo que ahora más que nunca, necesitas que esté aquí. Mírate, pareces una piltrafilla, ¡tienes un aspecto horrible! Anda, siéntate y dime qué te pasa. 

Y mientras aquel espectro ocupaba el sitio que Sara le ofrecía en su sofá, el oscuro y embravecido mar que se escondía en su mirada comenzó a materializarse, abandonando su cuerpo, vaciando su alma, trayendo a la superficie a la valiente mujer que el fantasma había ocultado. Y como si los años de amistad perdida no hubieran existido, la complicidad entre ambas apareció en el abrazo que Sara le dio. Y así, en una perfecta catarsis, ambas amigas lloraron, liberando los años de dolor contenido.  

- Parecemos dos colegialas estúpidas -dijo Sara mientras intentaba secarse las lágrimas con el dorso de la mano. 
- Puede ser...Pero me hacía falta. Te he echado tanto de menos. 
- Y yo a ti, ni te imaginas cuánto -dijo con una voz ahogada que parecía ocultar mucho- Bueno, dejémonos de tonterías -añadió- voy a preparar un café y nos ponemos al día.
- Sí, un café estaría bien.

Sara, la gran sibarita del café, preparó éste con un cuidado extremo. El primer café que compartían en dos años debía ser especial. Había aprendido de su tía que un café puede revelar mucha información sobre la persona que lo bebe: los solitarios suelen elegir solos, los que van con prisa por la vida, expresos, los que tienen miedo a todo, descafeinados y así continuaba una larga lista. Sin embargo, ella creía firmemente que era el café el que transmitía al bebedor sus cualidades y no al revés. Por ello, eligió para la ocasión un capuchino: café, nata, y unas pepitas de chocolate. Un toque de miel, para endulzar y el café perfecto estaba listo. Justo lo que necesitaban, un toque de alegría y optimismo. 

- ¡Prepárate, honey, aquí vienen los capuchinos!, dijo Sara con voz cantarina mientras abría la puerta del salón con ayuda de su trasero.

Julia no pudo evitar reírse ante la emoción de su amiga. Y sin apenas percibirlo, su mente la traicionó de nuevo.

- Tal vez si yo hubiera puesto el mismo entusiasmo en mi relación con Carlos, no me habría sido infiel.
- ¡¿Qué ese cabrón te ha puesto los cuernos?!, chilló Sara airada.

Y mientras ella luchaba por no tirar la bandeja con su preciado tesoro, Julia se maldecía por haber expresado su pensamiento en voz alta.

- Cálmate, Sara, ahora te lo explico.
- No, no me pidas que me calme...Te lo dije, y no quisiste escucharme, sabía que era un cerdo. Lo sabía, ese cabrón intentó...¿Y encima te echas la culpa? Ah, no, de eso nada, si el muy capullo te ha puesto los cuernos es porque él es un imbécil, te enteras, ¡¡¡ÉL!!!
- Sí, lo sé -admitió Julia cabizbaja, y una lágrima recorrió de nuevo su rostro. 

Sara no podía soportar ver a su amiga así, y menos por un tipejo como Carlos. Dejó la bandeja en la mesita que tenían delante del pequeño sofá en el que se encontraban y, sentándose con cuidado, acarició la mejilla de su amiga para secarle la lágrima.

- Está bien  -suspiró- ya estoy calmada. Te escucho.
- No...No tienes que calmarte, sé que tienes razón...Es sólo que lo quería...¡Y me siento tan idiota!, añadió antes de que de su voz se extinguiese ahogada en el océano que inundaba sus ojos.  

Su amiga la abrazó de nuevo, agradecida porque el dolor de Julia hubiera ocultado su pequeño desliz lingüístico, afligida por verla hundida sabiendo que Carlos no la merecía, atormentada por el recuerdo que advertía este final. Y mientras acariciaba los revueltos rizos de Julia, su memoria la atrapó. Regresó a Dublín, al pequeño apartamento que Julia y Carlos compartían, a la noche que puso fin a su amistad. 

- Vaya Sara, te has puesto muy sexy para salir esta noche. ¿Es para impresionarme? -le dijo Carlos con una voz que resultaba incómodamente sensual.
- No digas tonterías. Anda, lárgate y déjame que me arregle en paz.
- Venga, no disimules, he visto cómo miras -insistió Carlos guiñándole un ojo.
- ¿Tú eres tonto o qué? Te he dicho que te largues.

Pero Carlos no se fue, caminó pausadamente hacia ella. “Vamos”, le dijo, “¿no notas la tensión entre nosotros?”. Y un escalofrío fue lo que Sara notó. Ella retrocedió. Él dio un paso más, y la alcanzó. Y su mano, ansiosa por sentir la piel erizada de Sara, acarició su cuello, bajando lentamente hasta el tirante de su vestido. Y lo dejó caer.  Ella parpadeó asombrada. Por primera vez en su vida, no sabía cómo reaccionar. Se sintió intimidada, acorralada y asustada. Y la besó. Y al fin, ella reaccionó. Reuniendo toda su fuerza, altamente incrementada por el asco y la rabia que el incómodo momento le producían, Sara lo empujó. Lo apartó, lo abofeteó y se marchó. 

- Esto no quedará así, puta.
- De eso puedes estar seguro, capullo.

Y claro que no quedó así. Pero tampoco quedó cómo Sara habría imaginado. Carlos era un profesional del engaño y, como tal, supo actuar antes y mejor. 

Sara huyó esa noche, como Julia lo hizo dos años después, en busca de su amiga. Sintiéndose sucia, como un viejo trapo arrumbado en un oscuro rincón, corrió con desesperación, hasta quedar sin aliento. Paró un instante, el que la perdió. ¿Cómo le iba a contar a su amiga lo que había ocurrido? Tomó aire, y miró al cielo en espera de una respuesta.  Recibió con gratitud la límpida lluvia irlandesa, y se dejó purificar. No podía ocultárselo, pero Julia sufriría doblemente si sabía lo que Carlos había intentado con ella. Mejor omitiría ese detalle. Le hablaría de otra. Más calmada y decidida, continuó, guareciéndose ya de la lluvia bajo las cornisas, hasta la oficina de su amiga. Se detuvo en la puerta para adecentarse un poco, y entró. Y recibió el segundo golpe de la noche. El impacto final. El que la tumbó.

- Sara, pareces ausente, ¿te encuentras bien? Aún estás enfadada conmigo, ¿verdad? -le preguntó Julia mientras, una vez más, se secaba sus ojos enrojecidos.

Y Sara regresó a España, a Murcia, a su casa. Le sonrió dulcemente y, negando con su cabeza, le acercó un café.

- No, no es eso. Claro que me dolió, ya te lo he dicho, pero eso ya no importa. Era otro recuerdo el que me atormentaba ahora.
- ¿Quieres que hablemos de ello?
- No, no te preocupes. Has hecho un largo viaje, ya hablaremos de eso otro día. Ahora, cuéntame, ¿qué ha pasado exactamente?

Julia agarró la taza que su amiga le había ofrecido con fuerza, como si poder controlar el destino del café, le otorgara el poder para controlar su propio destino. Se aferró a ella casi con fervor, y tras dar el primer sorbo, comenzó su relato. Sara cogió la suya con ansiedad, buscando en ella a ese cómplice que le ofreciese la calma para no estallar. Y se dispuso a escuchar.

La desesperación primera de Julia se fue tornando en leve tristeza, para acabar en tan sólo una pena. La rabia de Sara se apaciguaba también, a medida que saboreaba el intenso sabor del capuchino en su paladar. El oscuro elixir hizo su magia. Un leve alborozo flotaba entre las amigas y se dejaron llevar por él, expiando sus culpas entre tragos de café.

Sara fue la primera en dejar su taza. Ya estaba tranquila, Julia necesitaba su apoyo, ni su ira ni sus secretos, y es lo que le iba a ofrecer. Julia dejó la suya después. La soltó sin ningún reparo, ya no la necesitaba. Las dulces palabras de Sara eran todo lo que precisaba. Miró a sus zapatos y sonrió. Había regresado a su hogar aunque, paradójicamente, fue allí donde encontró su mago de Oz particular: Sara, quien una vez más, la había sanado. Y mientras divagaba imaginando baldosas amarillas, magos y brujas, su mirada se fundió con la de su amiga y supo, que su peculiar maga, aún tenía más por revelar.