Una
voz masculina pronunció su nombre y preguntó por mí. Yo me quedé en blanco, por
un instante parecía como si nunca hubiese hablado por un móvil. Cuando
reaccioné, esa voz seguía hablando y yo solo pude interrumpirle para
preguntarle:
- Perdona, ¿quién eres?
- Hans, ¿no me recuerdas?
- No. Lo siento.
- Anoche, en la discoteca, nos conocimos y me diste tu número. Me dijiste que querías venir a las clases de baile de hoy.
- Anoche, en la discoteca, nos conocimos y me diste tu número. Me dijiste que querías venir a las clases de baile de hoy.
- Jajajajaja – me reí histérica. – Mira, Hans, no
te ofendas pero no recuerdo nada de anoche.
- Jajajajajaja, ¿ah no? – Pues yo si te recuerdo y
me gustaría mucho volver a verte. Eres muy divertida.
- Te agradezco la invitación, pero no me encuentro
como para bailar, la verdad.
- Oh, que pena, nos lo pasaríamos muy bien, de eso
estoy seguro.
- Yo no
tanto, – quise decirle pero no me atreví.- Pues, tal vez en otra ocasión.– Me arrepentí de inmediato de haberlo dicho.
- Sí, antes de lo que te imaginas. – Y se rió, lo
cual me sonó vagamente familiar, era una risa que no soportaba mucho, por
decirlo de algún modo suave.
Y
colgó.
Miré
al escritorio, ahí seguía la servilleta con otro número y otro nombre. Desde
luego no iría a llamar. De pronto sonó de nuevo mi teléfono, otro número
desconocido. Otra voz masculina.
- ¿Alex? ¿Cómo es que tienes mi número?
- Eso no importa. Necesito hablar contigo.
- Eh ¿Cómo? – Pensé rápido – Estoy con Katerina y
Christel, ¿vienes?
- No. Quiero hablar contigo en privado.
- Pero, ¿cómo lo voy a hacer...? ¿Cómo voy a…?
Katerina no me deja…
- Eso déjamelo a mí. Te enviaré un mensaje con la
hora y lugar de encuentro en cuanto esté todo despejado.
Y
colgó.
¿Pero qué le pasa a los hombres? Me quedé parada en la habitación, practicando
la respiración pausada. Tranquilamente me senté en la cama y me puse a revisar
el correo y leer a alguien cuerdo.
Pasaron
los minutos, la historia de Elena parecía sacada de un guión de ciencia
ficción. Me alegraba su evolución, su nueva conquista. Tampoco debe ser fácil estar en su piel. Pero ella es una guerrera y
saldrá adelante.
Retomé
la ruta hacia la cocina, donde encontré a Katerina sumida en una conversación
telefónica y mientras se despedía, más risitas (buagh) y más miraditas
indiscretas. Pasé de largo y me senté con Christel que me preparó el desayuno.
Cuando estaba a punto de darle un sorbo a otro nuevo café, casi me atraganto
cuando el móvil de Katerina volvió a sonar y saludó a su marido. Ahí cambió el
ambiente. Todo era serio y gris. Ella insistía en que se vieran, pero él logró
su “déjamelo a mí”.
A
los segundos de colgar ella, mi móvil sonó. Un mensaje en la bandeja de
entrada. No había apuntado su número, pero no hizo falta, lo reconocí.
Ahora
no miraría el mensaje, no frente a dos mujeres que suspiraban y se miraban
mutuamente, en un intento de consolarse silenciosamente.
¿Qué es toda esta situación? He cogido un
avión sin escala, directo a un drama familiar. Aunque esté sana y salva, de
verdad que me siento como si mi avión se hubiese estrellado.