jueves, 22 de noviembre de 2012

Algo Inesperado


El autobús arrancó, alejándola de sus pensamientos, trayéndola de vuelta a la realidad del vehículo y su ajetreo. Una suave lluvia se deslizaba grácilmente por la ventanilla, ofreciéndole su despedida, aun cuando ella había evitado todo resquicio de ésta. Huyendo en mitad de la noche, una sola nota fue su adiós. ¿Qué pensaría Roberto cuando despertara y no la encontrara a su lado? 

Dudó y pensó en bajar, pero fue tarde, el autobús se puso en marcha y en el fondo, ella, respiró aliviada. Se sentía cobarde y enfadada. ¿Cómo podía comportarse así? ¿Cómo se abandona a la única persona  que ha sido capaz de ofrecer a su alma, perdida, la calma que tanto necesitaba? ¿Qué clase de persona huye sin despedirse siquiera del que ha sido su amigo y amante en las últimas semanas?



lunes, 12 de noviembre de 2012

VII - La Carroza (segunda parte)


Aquí estoy de nuevo, casi un año después, en la desembocadura del río de piedras que una vez me vio luchar a contracorriente. Acompañada por los guerreros nuevamente dispuestos a ascender, decido cambiar mi rumbo y seguir el curso de este río…

- ¡Así es! ¡Al fin lo comprendí! - Parada, en un descenso al principio invisible a mis ojos pero palpable para mi intuición. Conocí a mi Ser Superior.

Me dejé guiar por Él.

Descendí, buscando tramos cortos con puntos de referencia. Primera meta, una gran roca situada a mi derecha a unos diez metros de distancia. Siguiente meta, un tronco talado que quedaba a otros diez o quince metros. Por último, sin que realmente suponga un punto y final a mi trayectoria, decidí asomarme, contemplar colina abajo un mar de vida verde. Respiré profundamente, mimetizada en silencio, envuelta por los suaves y nuevos sonidos que las aves del lugar me contaban.

Mecida, acariciada por una suave brisa, miré en dirección a la cima de la que me separaba un inmenso valle. Si me lo proponía podría llegar. Suspiré, ahí plantada, giré sobre mi misma y volví a observar lo que antes quedó a mis espaldas. Otra subida más. Esperé, hasta que vi de verdad, con el corazón y vislumbré otro nuevo camino, más a mi alcance.

Pude darme cuenta de las señales, de lo que la carta de la Carroza quería decirme:
-Toma las riendas ¡Avanza!- Y de lo que la naturaleza me estaba enseñando; hay muchos caminos en esta vida, puedo recorrerlos o pasar de largo pensando con la mente, con el miedo de que el único camino para mi es aquel que haya sido asfaltado y señalizado. Pues bien, hoy y aquí, en este gran momento que Soy, siento que el corazón me dice: - desvíate del camino y encontrarás infinidad de senderos.



Gracias compañeros guerreros. La mayor aventura, vivir nuestras propias vidas.

VII - La Carroza (primera parte)


La tormenta me parecía lejana, aquí en proa, observando un cielo despejado. Escuché a las gaviotas, señales inconfundibles de tierra cercana. Me sentía en calma. Con los ojos cerrados me permití dejar de buscar, esta vez quería ser encontrada. Con mi único y verdadero deseo, abrí el arpón donde estaban las bengalas y las encendí. Ésa sería mi señal: luz.

No pasó mucho tiempo antes de avistar un barco de la Guarda Costera que se acercaba a estribor. Me tendieron una mano. Gentil, firme. No quedaba ni rastro del Diablo. Esta era la embarcación correcta, pensé.

Me llevaron a puerto.

Allí pregunté por algún lugar dónde poder descansar y alimentarme. Me recomendaron la taberna que se encontraba allí mismo: Esperanza, se llama. Cuando entré, me di cuenta que era un lugar acogedor. Me senté en una mesa de madera maciza y cuando me disponía a pedir escuché unas voces y risas que  venían de la barra. Levanté la mirada, vi un grupo de personas y me acerqué…

Les conté cómo había llegado hasta aquí y pedí consejo para poder continuar y, a cambio, me ofrecieron formar parte de su grupo. Un grupo de guerreros, hombres y mujeres; estaban dispuestos a escalar  un río de piedras que bañaba las raíces de un centenario tejo. Allí podría enfrentar a mis sombras, redescubrirme o simplemente relajarme rodeada de naturaleza. Eso es lo que realmente necesito; no estar sola. Ese tiempo ya pasó. Quedó en el barco, naufragando. Lejos de aquí.

Me preparé con lo necesario y me reuní con ellos.

Abandonamos el vehículo juntos para continuar la marcha a pie. Sintiendo la tierra. Siguiendo el camino. Era un recorrido corto y cantamos un mantra tratando de elevar nuestra energía. Tratando de unificar al grupo. Mi energía aún estaba baja, pero sabía que me estaban ofreciendo la oportunidad de encontrar mi propio lugar, fuera donde fuera. Así que me esforcé.

Cuando llegamos a la desembocadura del hermoso río de piedras, no pude más que maravillarme al mirar hacia arriba y sonreír con la ocurrencia de que mi otro Yo, el emocional, ya estaría en la meta, observándome, sintiéndose feliz.
Comenzamos a subir desde distintos caminos. Yo elegí el más difícil, el que suponía atravesar el río de piedras  una vez alcanzada la altura en la que se encontraba el tejo. Iba a ser el tramo más duro. Con cuidado, mirando bien cada paso que daba, animada por el sonido que emitía el tambor que tocaba el jefe de nuestra tribu y bajo la atenta mirada de las chamanas. Ahora sí que elevaban mi energía. Cada golpe en el tambor me lanzaba una nueva oleada de ánimo; no estoy sola. Esta tormenta personal la atravesaría acompañada. Me llamaban: - ¡Puedes conseguirlo!
Doy un mal paso, resbalo, una gran roca comienza a rodar río abajo, llevándose con ella otras más pequeñas. El sonido, parecido al de la lluvia, vuelve a trasladarme al barco. Lejos de darme miedo, me alienta a seguir. Mis compañeros de guerra estaban ahí, esperándome, apoyándome en la distancia, consiguen que vuelva a este momento. Me levanto, con el aliento agitado por tanto esfuerzo y continúo. Ya no paraba, ya no había necesidad de descansar. Aumentaba el sonido del tambor y mi llegada era inminente. Alcancé el tejo, firme, grandioso y mis compañeros me recibieron; una más. Soy una guerrera más.

Reí. Reímos.



La aventura continúa…

viernes, 2 de noviembre de 2012

El punto y final


Cerró la puerta tras de sí con el pesar de quien comprende que no se volverá a abrir, con el aplomo de quien conoce que toda bonita historia merece un punto final. ¿Era éste acaso su final? 

- Los finales felices pocas veces existen querida -le había dicho su abuela una de las tantas ocasiones en que la encontró con un cuento entre sus manos.
- ¿Por qué dices eso abuelita? -le había replicado con toda la intensidad del azabache de su mirada clavado en el rostro de la anciana- El amor lo puede todo - le dijo mostrándole su mejor sonrisa.
- ¡Ay, pequeña! No deberías leer tantos cuentos de hadas, me temo que en la vida, con el amor a veces no basta.

¿Era posible que su abuela tuviera razón?

Su mano, delicada y temblorosa, incapaz de soltar el último resquicio de unión con aquella relación, se resistía a liberar al que había hecho su presa. El frío metal del pomo ardía entre sus dedos, pero éstos se aferraban a él como el náufrago al leño que le ha de salvar la vida. 

¡Qué tontería! ¿Cómo iba a ser ése su final? Pensaba mientras dejaba su espalda reposar en la tibia madera. Pero, si no era éste su final, ¿por qué seguía cerrada la puerta contra su espalda? Inspiró y exhaló el aire con la pesadez de quien se sabe en una tesitura tal que podría cambiar el curso de su vida. El temor se abrió entonces paso entre la serenidad que había habitado en ella tan sólo un instante atrás.  La incertidumbre, fiel compañera de sus tribulaciones, la apresó. La angustia se extendió por cada poro de su piel y afligida, apoyó su cabeza en la suave madera. 

Trató de ordenar sus ideas. Con su mano libre, acarició la ahora fría puerta, e intentó recuperar cada línea, párrafo y capítulo de aquella historia que parecía abocada al peor de los desenlaces; de aquella bonita historia que parecía exigir su final, aún a expensas de que no fuese feliz.

Todavía sin soltar su prisionero, único nexo con el que había sido su cuento particular, buscó el sosiego, entre el revuelto mar de dudas que era ahora su alma. La calidez de aquel vestíbulo la embargó. Los tenues rayos del rey de los astros inundaban de un suave naranja el espacio, y el calor que desprendían la envolvió, sumergiéndola en un océano de calma. Despacio, casi temblando, se separó de la ya helada madera. Su mano, con templanza esta vez, dejó escapar su presa para alcanzar una nueva. Con fuerza, agarró su bolso, se irguió y, aún con paso vacilante, abandonó el edificio.

La suave brisa de final de verano acarició su rostro sonrosado animándola a continuar. Inmersa en sus pensamientos,  ya no percibía el mundo a su alrededor. Ya no quería sentirlo. Cada paso, le infundía más fuerza y la alejaba más de esa realidad que la había atrapado en un instante, de esa realidad que la abatía, la asfixiaba y le impedía respirar. 

- Me voy a Tokio -le había soltado Pablo, así, sin más.

Sólo el intenso olor a sal la hizo regresar, ¿dónde estaba? Sin apenas ser consciente había llegado al puerto. Miró a sus pies y les dedicó una nostálgica sonrisa. No podrían haber elegido destino mejor. El mar, ya oscuro, se tragaba los últimos rayos de sol, transformando a las nubes en algodones de azúcar con intensos matices purpúreos; el aire, cálido, la envolvía, dándole fuerza, devolviéndole su serenidad; y al fondo, entre las rocas, una joven pareja la transportó a otro lugar.

- ¿Me querrás siempre? -le había preguntado Pablo aquel amanecer junto al mar.
- Depende -le había contestado ella en tono juguetón- ¿me querrás tú?
- Sabes que sí, boba - y la estrechó fuertemente entre sus brazos; y ella supo que era para siempre.

¿Qué había sucedido? ¿Dónde había quedado aquel amor? ¿Cómo se iba a ir a Tokio? ¿En serio? Llevaban seis años juntos, ¡por el amor de Dios! Había aceptado que su complejo de Peter Pan le impidiera madurar, que su miedo al compromiso aún los tuviera viviendo separados, hasta había empezado a asimilar que no quisiera tener hijos pero, ¿Tokio? ¿De verdad estaba dispuesta a dejarlo todo e irse a Japón? Sí, por fin estaba preparado para vivir juntos pero, ¿de verdad tenía que ser en el otro extremo del mundo? ¿Era una maldita broma del destino? Bueno, quizá exagerase un poco pero, ¿seguía siendo amor lo que tenían? Ella lo había dado todo pero, ¿y él, qué le había dado él? ¿Te referías a esto, abuelita, cuando decías que con el amor no basta?

- ¿Cómo no va a bastar con el amor? Abuelita, me temo que te haces mayor y no sabes lo que dices -le había contestado Clara aquella tarde, llena de razones, con toda la pasión que el sueño de un anhelado primer amor te ofrece.
- Mi querida niña, sin amor, nada puede funcionar, pero el amor, cariño, no lo es todo -le explicó la anciana de manos ajadas- El amor hay que mimarlo como la más delicada flor o, como ésta, acabará muriendo; el amor ha de crecer a un mismo tiempo y madurar en la misma dirección, de lo contrario, uno, otro o ambos enamorados, acabarán heridos.

Las palabras de su abuela resonaban en su mente con la misma intensidad que la tarde en que fueron pronunciadas: el amor ha de crecer a un mismo tiempo y madurar en la misma dirección. Con melancolía, volvió su mirada hacia la joven pareja y una acuciante necesidad de despojarse de sus más íntimas inquietudes, la capturó. Allí, abrazada por la brisa marina, liberada por las olas del mar, cautivada por la luz de la recién estrenada luna, se sentó y, transformándolos en pequeños cristales salados, arrojó sus peores miedos. 

Ya sin temor, con el valor que sólo tras el alivio que sigue al llanto, hallas, se comenzó a sosegar. Aún vacilante, indecisa y vulnerable, intuyó el final apropiado para su cuento peculiar. Lo había sabido desde el momento en que apareció Tokio, sin importar su opinión. Desde el mismo instante en que cerró la puerta del apartamento de Pablo. Esa madera, tibia y fría a la vez, le había, ya entonces, desvelado el final. Pero ella no quiso claudicar. ¿Cómo renunciar a su cuento de hadas? ¿Cómo continuar sin su final feliz? Abuelita, ¿cómo encontraré la fuerza para admitir que yo me equivocaba, que con el amor, a veces, no basta?

Y en el silencio de aquella noche, hipnotizada por las olas, abocadas a morir contra las rocas, entendió que hasta la más bella historia merece su final. Y en el susurro de la brisa creyó escuchar: Todo fin de una historia, supone un nuevo empezar. No te equivocabas, pequeña, pero el amor verdadero, aún está por llegar.