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lunes, 18 de febrero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (V)


La intimidante puerta se abrió con gran ímpetu y Julia comprendió que ni el peor de sus temores se había aproximado a la terrible realidad que tenía que enfrentar: su madre, extremadamente cariñosa por la sorpresa; irritantemente inquisidora por la inexplicable presencia. 

- ¡Julia! -chilló la desconcertada mujer mientras hacía toda clase de aspavientos con sus manos- ¡Pero qué sorpresa tan grande! - exclamó al abrazarla con cariño- ¿Y Carlos, no ha podido venir? Anda, deja que te ayude con la maleta, mira qué cara llevas, pareces agotada. ¿Te apetece un café? Sí, seguro que lo necesitas. Pasa, pasa. Pero hija, podrías haber avisado de que venías y te habríamos recogido en el aeropuerto. Bueno, ¿y cómo es que has venido? ¿Acaso tienes vacaciones?

Uff, definitivamente, hablar con mi madre va a ser mucho más difícil que con Sara, ¿cómo puede soltar tanta pregunta en tan poco tiempo? Siempre he odiado esa habilidad suya. 

- Hija, ¿me estás escuchando? - insistió su madre al intuir que Julia se encontraba a una gran distancia de su conversación. 
- Sí, mamá, te oigo. - asintió una paciente Julia.
- ¡Ay, hija!, no pongas esa cara de angustia, que para una vez que vienes...Normal que quiera saber qué es de tu vida, ¿no? 
- Sí, mamá...
- ¡Julia! No empieces a darme la razón como a los locos. Sabes que no soporto que te rías de mí, ¿eh?

Pues empezamos bien...Susceptibilidad a flor de piel, el estado de ánimo perfecto para soltarle la bomba...


lunes, 4 de febrero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (IV)


Habían pasado dos años y podían transcurrir dos más, no importaba el tiempo que hubieran estado separadas, conocía a Sara y sabía que no revelaría nada más. Se habían encontrado en ese momento en que se va moldeando la personalidad. Habían vivido juntas su infancia y adolescencia y, aunque las personas crezcan, maduren, y crean que pueden llegar a cambiar, es un hecho conocido que los verdaderos rasgos de la personalidad, aquellos trazados cuando se es sólo un esbozo del adulto en que uno se convertirá, ésos siempre están presentes en el dibujo final. Julia lo sabía. Por ello, comprendió que Sara no le hablaría de aquello que le preocupaba. Por ello, decidió dejarla sola y continuar hacia su próxima parada.


lunes, 21 de enero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (III)


El agudo sonido del timbre penetró en su mente con intensidad, obligándola a abandonar la serenidad de su mundo onírico. Aún adormilada, Sara cubrió su cabeza con las mantas, rasgando esos últimos segundos de sueño al luminoso día que entraba ya por su ventana. Pensó por un instante en quedarse en la cama, ahí escondida bajo su cálido edredón, esperando que Morfeo la llevase de nuevo a su reino. Pero la curiosidad le venció: ¿quién vendría a levantarla un sábado por la mañana? Rezongando y de mala gana, se levantó. Se enfundó en su vieja bata de casa, mientras arrastraba hacia la puerta unos gastados conejitos de lana. Si es mi madre, la mato, pensó mientras se recogía torpemente su largo cabello en una cola, sin imaginar quién sería esa visita inesperada.

El asombro que al abrir la puerta se dibujó en su cara sólo era comparable a la ansiedad que la de Julia mostraba. Extrañada, sorprendida, completamente estupefacta y...Sí, también indignada. ¿Cómo se había atrevido a presentarse en su casa  así, sin más? ¿Cómo era capaz de aparecer como si nada hubiese sucedido? ¿Cómo podía tocar a su puerta después de lo que le dijo? 
Las preguntas se sucedían en su mente a la misma velocidad a la que su ira aumentaba. Su sangre hervía por todo su cuerpo, produciéndole un molesto cosquilleo en la punta de sus dedos. Sus mejillas mostraban su enfado en su máximo esplendor y entonces, cuando tan sólo una palabra de su boca habría prendido la llama capaz de abrasar para siempre el último resquicio de aquella amistad, sucedió. Vio sus zapatos. Los zapatos que ella le había elegido. El complemento perfecto para su nueva vida: los zapatos rojos de charol. Y las hormiguitas que minutos antes habían recorrido su cuerpo incendiando toda su sangre, parecieron descansar. La rabia comenzó a abandonarla y una terrible nostalgia ocupó, no sólo su cuerpo, también, su alma. Y sólo entonces la vio. Como el fantasma de la mujer que un día fue, el espectro de su amiga era quien la visitaba.

- No me cierres la puerta, por favor -suplicó Julia con apenas un hilo de voz- sé que no tengo derecho a presentarme aquí y esperar que me ayudes pero eres mi única amiga, la única verdadera y te necesito.

Sara continuaba paralizada, observando con atención aquella visión de Julia. ¿Qué le habría ocurrido? Ésa no era su amiga. Sus cabellos de vivo y fulgurante cobrizo se mostraban tristes y apagados; su tez, antaño rosada, cálida y suave, lucía pálida, fría y ajada. Las ojeras se perdían en las mejillas despojadas de toda luz y dos ojos hinchados se habían tragado su vivaracha mirada azul. ¿Qué había sido de su Julia? Y sólo entonces la buscó. 
La miel de su mirada se sumergió en el oscuro océano que habitaba la de Julia, y allí, ahogada, en el fondo de ese mar embravecido, encontró los restos de la mujer valiente que un día conoció: la niña indefensa y desvalida a la que protegió. Y sólo entonces la perdonó. 

El fantasma de Julia llevaba unos cinco minutos excusándose y suplicando su amnistía. Era hora de calmar su conciencia y comenzar a rescatar a esa pequeña niña perdida en el fondo del mar, a esa mujer valiente extraviada en algún lugar de Dublín. Y con un ligero movimiento de su delicada mano, Sara abrió la puerta por completo, ofreciéndole su casa.

- Está bien, acepto tus disculpas, anda, pasa. 
- Pero, ¿de verdad me perdonas? Te traté tan mal...
- Es cierto, me hiciste mucho daño. Pero bueno, prometimos estar siempre ahí, ¿no? Y creo que ahora más que nunca, necesitas que esté aquí. Mírate, pareces una piltrafilla, ¡tienes un aspecto horrible! Anda, siéntate y dime qué te pasa. 

Y mientras aquel espectro ocupaba el sitio que Sara le ofrecía en su sofá, el oscuro y embravecido mar que se escondía en su mirada comenzó a materializarse, abandonando su cuerpo, vaciando su alma, trayendo a la superficie a la valiente mujer que el fantasma había ocultado. Y como si los años de amistad perdida no hubieran existido, la complicidad entre ambas apareció en el abrazo que Sara le dio. Y así, en una perfecta catarsis, ambas amigas lloraron, liberando los años de dolor contenido.  

- Parecemos dos colegialas estúpidas -dijo Sara mientras intentaba secarse las lágrimas con el dorso de la mano. 
- Puede ser...Pero me hacía falta. Te he echado tanto de menos. 
- Y yo a ti, ni te imaginas cuánto -dijo con una voz ahogada que parecía ocultar mucho- Bueno, dejémonos de tonterías -añadió- voy a preparar un café y nos ponemos al día.
- Sí, un café estaría bien.

Sara, la gran sibarita del café, preparó éste con un cuidado extremo. El primer café que compartían en dos años debía ser especial. Había aprendido de su tía que un café puede revelar mucha información sobre la persona que lo bebe: los solitarios suelen elegir solos, los que van con prisa por la vida, expresos, los que tienen miedo a todo, descafeinados y así continuaba una larga lista. Sin embargo, ella creía firmemente que era el café el que transmitía al bebedor sus cualidades y no al revés. Por ello, eligió para la ocasión un capuchino: café, nata, y unas pepitas de chocolate. Un toque de miel, para endulzar y el café perfecto estaba listo. Justo lo que necesitaban, un toque de alegría y optimismo. 

- ¡Prepárate, honey, aquí vienen los capuchinos!, dijo Sara con voz cantarina mientras abría la puerta del salón con ayuda de su trasero.

Julia no pudo evitar reírse ante la emoción de su amiga. Y sin apenas percibirlo, su mente la traicionó de nuevo.

- Tal vez si yo hubiera puesto el mismo entusiasmo en mi relación con Carlos, no me habría sido infiel.
- ¡¿Qué ese cabrón te ha puesto los cuernos?!, chilló Sara airada.

Y mientras ella luchaba por no tirar la bandeja con su preciado tesoro, Julia se maldecía por haber expresado su pensamiento en voz alta.

- Cálmate, Sara, ahora te lo explico.
- No, no me pidas que me calme...Te lo dije, y no quisiste escucharme, sabía que era un cerdo. Lo sabía, ese cabrón intentó...¿Y encima te echas la culpa? Ah, no, de eso nada, si el muy capullo te ha puesto los cuernos es porque él es un imbécil, te enteras, ¡¡¡ÉL!!!
- Sí, lo sé -admitió Julia cabizbaja, y una lágrima recorrió de nuevo su rostro. 

Sara no podía soportar ver a su amiga así, y menos por un tipejo como Carlos. Dejó la bandeja en la mesita que tenían delante del pequeño sofá en el que se encontraban y, sentándose con cuidado, acarició la mejilla de su amiga para secarle la lágrima.

- Está bien  -suspiró- ya estoy calmada. Te escucho.
- No...No tienes que calmarte, sé que tienes razón...Es sólo que lo quería...¡Y me siento tan idiota!, añadió antes de que de su voz se extinguiese ahogada en el océano que inundaba sus ojos.  

Su amiga la abrazó de nuevo, agradecida porque el dolor de Julia hubiera ocultado su pequeño desliz lingüístico, afligida por verla hundida sabiendo que Carlos no la merecía, atormentada por el recuerdo que advertía este final. Y mientras acariciaba los revueltos rizos de Julia, su memoria la atrapó. Regresó a Dublín, al pequeño apartamento que Julia y Carlos compartían, a la noche que puso fin a su amistad. 

- Vaya Sara, te has puesto muy sexy para salir esta noche. ¿Es para impresionarme? -le dijo Carlos con una voz que resultaba incómodamente sensual.
- No digas tonterías. Anda, lárgate y déjame que me arregle en paz.
- Venga, no disimules, he visto cómo miras -insistió Carlos guiñándole un ojo.
- ¿Tú eres tonto o qué? Te he dicho que te largues.

Pero Carlos no se fue, caminó pausadamente hacia ella. “Vamos”, le dijo, “¿no notas la tensión entre nosotros?”. Y un escalofrío fue lo que Sara notó. Ella retrocedió. Él dio un paso más, y la alcanzó. Y su mano, ansiosa por sentir la piel erizada de Sara, acarició su cuello, bajando lentamente hasta el tirante de su vestido. Y lo dejó caer.  Ella parpadeó asombrada. Por primera vez en su vida, no sabía cómo reaccionar. Se sintió intimidada, acorralada y asustada. Y la besó. Y al fin, ella reaccionó. Reuniendo toda su fuerza, altamente incrementada por el asco y la rabia que el incómodo momento le producían, Sara lo empujó. Lo apartó, lo abofeteó y se marchó. 

- Esto no quedará así, puta.
- De eso puedes estar seguro, capullo.

Y claro que no quedó así. Pero tampoco quedó cómo Sara habría imaginado. Carlos era un profesional del engaño y, como tal, supo actuar antes y mejor. 

Sara huyó esa noche, como Julia lo hizo dos años después, en busca de su amiga. Sintiéndose sucia, como un viejo trapo arrumbado en un oscuro rincón, corrió con desesperación, hasta quedar sin aliento. Paró un instante, el que la perdió. ¿Cómo le iba a contar a su amiga lo que había ocurrido? Tomó aire, y miró al cielo en espera de una respuesta.  Recibió con gratitud la límpida lluvia irlandesa, y se dejó purificar. No podía ocultárselo, pero Julia sufriría doblemente si sabía lo que Carlos había intentado con ella. Mejor omitiría ese detalle. Le hablaría de otra. Más calmada y decidida, continuó, guareciéndose ya de la lluvia bajo las cornisas, hasta la oficina de su amiga. Se detuvo en la puerta para adecentarse un poco, y entró. Y recibió el segundo golpe de la noche. El impacto final. El que la tumbó.

- Sara, pareces ausente, ¿te encuentras bien? Aún estás enfadada conmigo, ¿verdad? -le preguntó Julia mientras, una vez más, se secaba sus ojos enrojecidos.

Y Sara regresó a España, a Murcia, a su casa. Le sonrió dulcemente y, negando con su cabeza, le acercó un café.

- No, no es eso. Claro que me dolió, ya te lo he dicho, pero eso ya no importa. Era otro recuerdo el que me atormentaba ahora.
- ¿Quieres que hablemos de ello?
- No, no te preocupes. Has hecho un largo viaje, ya hablaremos de eso otro día. Ahora, cuéntame, ¿qué ha pasado exactamente?

Julia agarró la taza que su amiga le había ofrecido con fuerza, como si poder controlar el destino del café, le otorgara el poder para controlar su propio destino. Se aferró a ella casi con fervor, y tras dar el primer sorbo, comenzó su relato. Sara cogió la suya con ansiedad, buscando en ella a ese cómplice que le ofreciese la calma para no estallar. Y se dispuso a escuchar.

La desesperación primera de Julia se fue tornando en leve tristeza, para acabar en tan sólo una pena. La rabia de Sara se apaciguaba también, a medida que saboreaba el intenso sabor del capuchino en su paladar. El oscuro elixir hizo su magia. Un leve alborozo flotaba entre las amigas y se dejaron llevar por él, expiando sus culpas entre tragos de café.

Sara fue la primera en dejar su taza. Ya estaba tranquila, Julia necesitaba su apoyo, ni su ira ni sus secretos, y es lo que le iba a ofrecer. Julia dejó la suya después. La soltó sin ningún reparo, ya no la necesitaba. Las dulces palabras de Sara eran todo lo que precisaba. Miró a sus zapatos y sonrió. Había regresado a su hogar aunque, paradójicamente, fue allí donde encontró su mago de Oz particular: Sara, quien una vez más, la había sanado. Y mientras divagaba imaginando baldosas amarillas, magos y brujas, su mirada se fundió con la de su amiga y supo, que su peculiar maga, aún tenía más por revelar. 


lunes, 14 de enero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (II)


Dos trenes y un avión después, unos titubeantes y dubitativos tacones rojos pisaban suelo español. Contentos de haber regresado a su hogar, intentaban caminar con ligereza, mas la lentitud con la que se movían descubría la inquietud que los apresaba. Se detuvieron un instante y contemplaron los primeros rayos de sol abriéndose paso entre las nubes. Un nuevo día comenzaba y recibía con una cálida sonrisa a una nueva Julia. Una Julia llena de esperanza pero no por ello vacía de temor. 
Su particular camino de baldosas amarillas había surgido ante ella y había escogido seguirlo. Ahora, como Dorothy, debería continuarlo hasta el final, enfrentándose a los peligros que le trajera. Miró a sus zapatos y el brillo del sol en el charol apagó todo resquicio de aprensión. Sabía que había tomado la decisión correcta y esa certeza le insuflaba la determinación necesaria para seguir adelante con su plan. Reencontrado su valor, miró con entereza a la nueva vida que comenzaba, se aferró a su maleta y abandonó la terminal.


sábado, 29 de diciembre de 2012

Cristales Rotos


Llovía, como cada mañana desde hacía una semana, suave pero constantemente, llovía. Llovía sobre el asfalto, sobre la hierba, sobre la ciudad...Sobre ella. Llovía sobre su cabello, negro y largo; sobre su rostro pálido como la luna; sobre sus manos, finas y ajadas de tanto trabajar; sobre sus zapatos, viejos y desgastados tras tan largo caminar.
Llovía, como cada mañana desde hacía una semana, fina pero persistentemente, llovía. Pero ella no lo notaba.
Brillaba el sol en lo alto del firmamento. Brillaba el sol sobre los coches, sobre las fuentes, sobre los parques...Sobre él. Brillaba el sol sobre sus rizos dorados, despeinados y algo descuidados últimamente; sobre sus ojos verdes y lacrimosos recientemente; sobre su cuerpo musculado y bien formado debido a las horas de gimnasio; sobre sus zapatos elegantes y nuevos, por tan poco andar.
Llovía y brillaba el sol. Una vida hecha dos. Dos cuerpos y un alma. Un alma y dos espectros. Dos espectros que deambulaban por el mundo, más allá del bien y del mal, más allá de la alegría y la pena, más allá de la lluvia y el sol.
Eran sólo piezas de cristales rotos.
Ella lo sabía. Su bonita bola de cristal había estallado y los millones de cristalitos se dispersaron en la inmensidad del universo. La detonación, una discusión más; el catalizador, la ira acumulada; el  agente, ella. Ella, con ese portazo que dejó tras de sí. Se fue. Rompió la burbuja, su mundo particular, y dijo adiós sin mirar atrás.
De nuevo eran dos. Dos almas, dos cuerpos, dos vidas...Dos extraños. Dos ciudades, dos continentes y un océano entre ellos, como el que surgió entre sus almas. Dos mundos opuestos, como siempre lo habían sido y, sin embargo, dos espectros iguales. Ajenos a todo, excepto al dolor.
Llovía y brillaba el sol. Caminaban y la gente pasaba. La muchedumbre era densa pero mayor era la densidad de la ausencia. No veían, no escuchaban, no sentían el mundo exterior. Sólo eran fracciones de lo que un día fueron, fragmentos de su burbuja de cristal, piezas rotas tratando de encajar. Sólo eran dos cristales rotos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Algo Inesperado


El autobús arrancó, alejándola de sus pensamientos, trayéndola de vuelta a la realidad del vehículo y su ajetreo. Una suave lluvia se deslizaba grácilmente por la ventanilla, ofreciéndole su despedida, aun cuando ella había evitado todo resquicio de ésta. Huyendo en mitad de la noche, una sola nota fue su adiós. ¿Qué pensaría Roberto cuando despertara y no la encontrara a su lado? 

Dudó y pensó en bajar, pero fue tarde, el autobús se puso en marcha y en el fondo, ella, respiró aliviada. Se sentía cobarde y enfadada. ¿Cómo podía comportarse así? ¿Cómo se abandona a la única persona  que ha sido capaz de ofrecer a su alma, perdida, la calma que tanto necesitaba? ¿Qué clase de persona huye sin despedirse siquiera del que ha sido su amigo y amante en las últimas semanas?



viernes, 2 de noviembre de 2012

El punto y final


Cerró la puerta tras de sí con el pesar de quien comprende que no se volverá a abrir, con el aplomo de quien conoce que toda bonita historia merece un punto final. ¿Era éste acaso su final? 

- Los finales felices pocas veces existen querida -le había dicho su abuela una de las tantas ocasiones en que la encontró con un cuento entre sus manos.
- ¿Por qué dices eso abuelita? -le había replicado con toda la intensidad del azabache de su mirada clavado en el rostro de la anciana- El amor lo puede todo - le dijo mostrándole su mejor sonrisa.
- ¡Ay, pequeña! No deberías leer tantos cuentos de hadas, me temo que en la vida, con el amor a veces no basta.

¿Era posible que su abuela tuviera razón?

Su mano, delicada y temblorosa, incapaz de soltar el último resquicio de unión con aquella relación, se resistía a liberar al que había hecho su presa. El frío metal del pomo ardía entre sus dedos, pero éstos se aferraban a él como el náufrago al leño que le ha de salvar la vida. 

¡Qué tontería! ¿Cómo iba a ser ése su final? Pensaba mientras dejaba su espalda reposar en la tibia madera. Pero, si no era éste su final, ¿por qué seguía cerrada la puerta contra su espalda? Inspiró y exhaló el aire con la pesadez de quien se sabe en una tesitura tal que podría cambiar el curso de su vida. El temor se abrió entonces paso entre la serenidad que había habitado en ella tan sólo un instante atrás.  La incertidumbre, fiel compañera de sus tribulaciones, la apresó. La angustia se extendió por cada poro de su piel y afligida, apoyó su cabeza en la suave madera. 

Trató de ordenar sus ideas. Con su mano libre, acarició la ahora fría puerta, e intentó recuperar cada línea, párrafo y capítulo de aquella historia que parecía abocada al peor de los desenlaces; de aquella bonita historia que parecía exigir su final, aún a expensas de que no fuese feliz.

Todavía sin soltar su prisionero, único nexo con el que había sido su cuento particular, buscó el sosiego, entre el revuelto mar de dudas que era ahora su alma. La calidez de aquel vestíbulo la embargó. Los tenues rayos del rey de los astros inundaban de un suave naranja el espacio, y el calor que desprendían la envolvió, sumergiéndola en un océano de calma. Despacio, casi temblando, se separó de la ya helada madera. Su mano, con templanza esta vez, dejó escapar su presa para alcanzar una nueva. Con fuerza, agarró su bolso, se irguió y, aún con paso vacilante, abandonó el edificio.

La suave brisa de final de verano acarició su rostro sonrosado animándola a continuar. Inmersa en sus pensamientos,  ya no percibía el mundo a su alrededor. Ya no quería sentirlo. Cada paso, le infundía más fuerza y la alejaba más de esa realidad que la había atrapado en un instante, de esa realidad que la abatía, la asfixiaba y le impedía respirar. 

- Me voy a Tokio -le había soltado Pablo, así, sin más.

Sólo el intenso olor a sal la hizo regresar, ¿dónde estaba? Sin apenas ser consciente había llegado al puerto. Miró a sus pies y les dedicó una nostálgica sonrisa. No podrían haber elegido destino mejor. El mar, ya oscuro, se tragaba los últimos rayos de sol, transformando a las nubes en algodones de azúcar con intensos matices purpúreos; el aire, cálido, la envolvía, dándole fuerza, devolviéndole su serenidad; y al fondo, entre las rocas, una joven pareja la transportó a otro lugar.

- ¿Me querrás siempre? -le había preguntado Pablo aquel amanecer junto al mar.
- Depende -le había contestado ella en tono juguetón- ¿me querrás tú?
- Sabes que sí, boba - y la estrechó fuertemente entre sus brazos; y ella supo que era para siempre.

¿Qué había sucedido? ¿Dónde había quedado aquel amor? ¿Cómo se iba a ir a Tokio? ¿En serio? Llevaban seis años juntos, ¡por el amor de Dios! Había aceptado que su complejo de Peter Pan le impidiera madurar, que su miedo al compromiso aún los tuviera viviendo separados, hasta había empezado a asimilar que no quisiera tener hijos pero, ¿Tokio? ¿De verdad estaba dispuesta a dejarlo todo e irse a Japón? Sí, por fin estaba preparado para vivir juntos pero, ¿de verdad tenía que ser en el otro extremo del mundo? ¿Era una maldita broma del destino? Bueno, quizá exagerase un poco pero, ¿seguía siendo amor lo que tenían? Ella lo había dado todo pero, ¿y él, qué le había dado él? ¿Te referías a esto, abuelita, cuando decías que con el amor no basta?

- ¿Cómo no va a bastar con el amor? Abuelita, me temo que te haces mayor y no sabes lo que dices -le había contestado Clara aquella tarde, llena de razones, con toda la pasión que el sueño de un anhelado primer amor te ofrece.
- Mi querida niña, sin amor, nada puede funcionar, pero el amor, cariño, no lo es todo -le explicó la anciana de manos ajadas- El amor hay que mimarlo como la más delicada flor o, como ésta, acabará muriendo; el amor ha de crecer a un mismo tiempo y madurar en la misma dirección, de lo contrario, uno, otro o ambos enamorados, acabarán heridos.

Las palabras de su abuela resonaban en su mente con la misma intensidad que la tarde en que fueron pronunciadas: el amor ha de crecer a un mismo tiempo y madurar en la misma dirección. Con melancolía, volvió su mirada hacia la joven pareja y una acuciante necesidad de despojarse de sus más íntimas inquietudes, la capturó. Allí, abrazada por la brisa marina, liberada por las olas del mar, cautivada por la luz de la recién estrenada luna, se sentó y, transformándolos en pequeños cristales salados, arrojó sus peores miedos. 

Ya sin temor, con el valor que sólo tras el alivio que sigue al llanto, hallas, se comenzó a sosegar. Aún vacilante, indecisa y vulnerable, intuyó el final apropiado para su cuento peculiar. Lo había sabido desde el momento en que apareció Tokio, sin importar su opinión. Desde el mismo instante en que cerró la puerta del apartamento de Pablo. Esa madera, tibia y fría a la vez, le había, ya entonces, desvelado el final. Pero ella no quiso claudicar. ¿Cómo renunciar a su cuento de hadas? ¿Cómo continuar sin su final feliz? Abuelita, ¿cómo encontraré la fuerza para admitir que yo me equivocaba, que con el amor, a veces, no basta?

Y en el silencio de aquella noche, hipnotizada por las olas, abocadas a morir contra las rocas, entendió que hasta la más bella historia merece su final. Y en el susurro de la brisa creyó escuchar: Todo fin de una historia, supone un nuevo empezar. No te equivocabas, pequeña, pero el amor verdadero, aún está por llegar.





martes, 30 de octubre de 2012

ÉL




Sus ojos azules, grandes, claros y profundos, me conquistaron. Me llevaron lejos de donde estaba. Sentada en una cómoda oficina, decidí pedir más a la vida, abandonar esa silla y ver, con mis propios ojos, el mundo que él me contaba a través de su mirada.
Atada, por mis obligaciones y necesidades, fui prudente y esperé hasta que terminase mi turno. Disfrazada con un traje de falda y chaqueta, formal, me sentía despojada de mi verdadera personalidad. De camino al parking me quité el pañuelo atado a mi cuello; mejor. Me quité la chaqueta; más ligera. Cuando alcancé a abrir el maletero, cambié mis tacones de cuero negro por unas simples bailarinas.  ¡Fuera exigencias del protocolo!

Subí al coche y dejé la ciudad atrás.

El cielo aún era azul y me recordó que él no me estaría acompañando en este viaje.
Aceleré un poco más, subí el volumen de la música y disfruté del camino en sí.
Una hora más tarde, con el crepúsculo abriendo las puertas a la noche, toqué, descalza, la arena. Acercándome lentamente a la orilla mientras miraba mis pies. Sintiendo la brisa que traía el mar. Miré hacia ambos lados. Nadie a la vista. Íntimamente sola. Agradecida por haber escapado por la misma puerta por la que él salió.

Decidí conversar con mi corazón. Abiertamente.


-       ¿Y ahora qué? Pregunté en voz alta. Mañana volverás a la oficina ¿Y harás como si nada?...
Sentí una presión en el pecho. Era clara su respuesta.
-       ¿Qué has dejado atrás? Quiero decir  ¿Seguirás poniendo tu traje como excusa? Ahora era mi corazón quien hacía las preguntas.
Di un paso hacia atrás ante la expectativa de mojarme. Era más fácil cuando sólo era yo la que preguntaba.
-       ¡Venga! Latió con más fuerza. - ¡Se sincera!
-       Está bien. Resoplé. Y dejé que las olas mojaran mis pies.
-       Está decidido. Mañana le pediré que nos encontremos aquí. Así él no tendrá que entrar y salir. Y podrá saber quién hay dentro de este traje, fuera de la oficina. En esta intimidad.

lunes, 8 de octubre de 2012

Los Zapatos Rojos de Charol

La incesante lluvia se clavaba en cada poro de su piel con la misma intensidad que sus tacones de aguja en el frío y solitario asfalto. Su tristeza y melancolía, el único equipaje que acompañaban su huida; los fríos halos de luz plateada que desde el firmamento guiaban su camino, su único testigo. ¿Qué podía hacer ahora? ¿A quién recurrir cuando estás sola en la inmensidad de un  mundo que te es totalmente ajeno?

Giró la esquina y paró, casi sin aliento, para tomar aire. Intentó calmarse. Se desplomó. Cayó al suelo como la niña desvaída que un día fue, como la frágil mujer que últimamente había ocupado su ser. Acurrucada, al resguardo del raído toldo de una pequeña tienda; desgarrada, como un viejo periódico arrollado por el tráfico. Lloró. Ríos negros de rímel recorrían su rostro, mientras sus ojos, enrojecidos, intentaban hacerlos desaparecer. Allí, tirada, escondida, avergonzada, descubrió de pronto sus zapatos y supo exactamente qué debía hacer.
Haciendo acopio de la fuerza que un día formó parte de ella, se levantó y, calmada, con paso firme, se dirigió al que nunca había llegado a ser su hogar con un propósito inalterable en su mente. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo no había comprendido cuán perdida estaba? Con la cabeza cabizbaja y la mirada fija en sus pies, descubrió a una nueva Julia en el reflejo del rojo charol, ¿o era quizá la Julia que siempre había habitado en ella?, ¿era acaso la Julia a la que había intentado sofocar? Una leve sonrisa se dibujó en su boca, mientras observaba, con el mismo entusiasmo de antaño, sus zapatos rojos de charol. 




- ¿Cómo me quedan? ¿Bonitos? ¿Debería comprarlos? -Preguntó Julia con impaciencia e ilusión contenida ante la posible nueva adquisición.
- Elegantes, clásicos...¡Invisibles! -Contestó Sara mientras hacía una mueca de desaprobación.
- Pero son preciosos, ¿no te parece? -Insistió una Julia, siempre necesitada de la aprobación de sus seres queridos.
- Son preciosos para mi madre, quizá incluso mi abuela. -Sentenció, mientras se giraba para señalar unos zapatos en la balda superior- Éstos. Éstos son tus zapatos, te están llamando a gritos, ¿no los oyes?
- ¡Pero si son rojos! ¿Te has vuelto loca? ¿Dónde voy yo con unos zapatos rojos? -Inquirió una Julia cada vez más alterada por no lograr la aceptación buscada.
- ¿Que dónde vas tú con unos zapatos rojos? -Repitió Sara con gran incredulidad- Pues a hacerte visible. A enseñarle al mundo quién es Julia Castaño, a demostrar que tienes carácter, que no tienes miedo y no te importa el qué dirán. ¡A mostrarle a todos la gran personalidad que escondes!
- Pero son rojos...¡Y de charol! ¿No destacarán demasiado? -Insistió una Julia cada vez más convencida por las palabras de su amiga.
- ¡Por supuesto que no! Son el complemento perfecto para una mujer que pisa fuerte por el mundo -replicó su amiga mientras le guiñaba un ojo-Vamos, al menos, pruébatelos.

Dejándose llevar por la pasión que habitaba en las palabras de su fiel compañera, Julia pidió que se los sacaran y no pudo más que coincidir con la buena elección de Sara.
-  ¡Vaya! Me quedan genial, ¿verdad?
- ¡Perfectos! El complemento necesario para esta nueva etapa que comienzas -Sentenció Sara con una sonrisa llena de sinceridad- Pareces Dorothy, ansiando vivir aventuras en Oz- añadió, y ambas comenzaron a reír.

Vaya...Hacía ya dos años que sus zapatos rojos de charol se habían convertido en su complemento perfecto y, sin embargo, sólo ahora se sentía como una auténtica Dorothy. Ojalá con el simple chasquido de sus zapatos hubiera podido regresar a su hogar.
Empapada, abatida, desgarrada en lo más profundo de su ser, miró sus zapatos y halló el empuje necesario para continuar su camino. Exhausta y sin aliento, tras haber caminado más de 30 minutos bajo la lluvia, llegó. Entró, decidida, la que sería la última vez a su apartamento. Por un instante dudó, al descubrir las paredes llenas de recuerdos: cuadros elegidos con el máximo cuidado, cuya elección se había tornado en anécdota y ésta en recuerdo amado; fotografías de una vida que ahora se desvanecía; reminiscencias que siempre la acompañarían, que quizá un día recuperaría, pero que ahora debía dejar atrás. Miró sus zapatos una vez más y, cual Dorothy, añoró su hogar. No, no era momento de retroceder, no había cabida para los titubeos. Sabía lo que debía hacer e iba a hacerlo sin arrepentimientos, sin dudas, sin mirar atrás.
Ajena a cuanto sucedía a su alrededor, se dirigió a su dormitorio. Contuvo la respiración por un instante, al abrir la puerta y encontrarse con la que había sido protagonista de tantos encuentros, de tantos susurros, de tanta complicidad, de tantas mentiras...No, no había cabida para la flaqueza. Respiró con contundencia y se dirigió a los pies de la que tantos secretos había compartido con ella. Subió la colcha de la cama y extrajo una maleta.
Abrió el armario y poco a poco fue llenando con lo imprescindible la que pronto sería su nueva compañera de viaje. La decepción y la tristeza, tan impregnadas ahora en su alma, se iban mitigando y daban paso a una renovada añoranza y esperanza entremezcladas con la alegría de descubrir cuán ligero era en verdad su equipaje.
Se sorprendió a sí misma cuando hubo terminado, pues nunca se hubiera creído capaz de viajar con tan poco bagaje.
- ¿Se puede saber dónde vas con ese maletón? - Le había preguntado Sara tan sólo dos años atrás.
- Mmmm, ¿insinúas que me he pasado? - Fue la respuesta de una Julia algo avergonzada.
- Cariño, no insinúo, afirmo, vamos de fin de semana a Ibiza y, ¡tú parece que fueras un mes a Finlandia!
Si pudiese verme ahora, pensó mientras se le escapaba otra lágrima, pero Sara ya no estaba en su vida. Sí, Sara se había ido, hacía ya dos años, y ella se había perdido en lo que parecía una eternidad.
-  Tienes que conocerlo -recuerda que le inquirió tras su primera cita con Carlos- es ÉL - ¿Por qué no habría escuchado a su amiga?, se planteaba ahora.



-   Julia, tú siempre crees que es ÉL y luego te llevas el hostión. Qué diferente habría sido todo, si la hubiera escuchado.

-  Que no Sara, que esta vez es ÉL, lo sé. - refutó Julia negándose a admitir todos sus errores pasados. Cuánto se arrepentía de ello.


Sara la conocía tan bien que sabía que no podría salir victoriosa de aquella discusión, así que hizo lo que cualquiera en su lugar: bajó la cabeza, respiró hondo y le dijo a su amiga lo que deseaba oír:

-  Está bien, prepara lo que quieras, lo conoceré.


Como toda gran amiga, Sara tenía a veces complejo de madre. Siempre había estado unida a Julia, desde que llegó a mitad de curso en tercero de EGB. Ella la acogió y, desde ese preciso instante, supo que debía cuidar de ella. Supo que serían amigas para siempre.

Julia siempre recordaba cómo la había defendido aquel primer día en un entorno extraño.
- Zanahoria, jajaja -se habían reído todos los de la clase al verla entrar- si ha llegado una zanahoria - gritaban mientras la señalaban riéndose.

Sara, ignorando las crueles bromas de sus compañeros, se levantó, la cogió de la mano y la acercó a su pupitre. Julia supo que siempre cuidaría de ella. Supo que serían amigas para siempre.
Se enjugó las últimas lágrimas. Fue al baño, se limpió la cara y cuando se disponía a abandonar su particular mundo de Oz, By the way de los Red Hot la hizo regresar. No podía ser. No sería capaz, pensó mientras buscaba su móvil. Cállate. Deja de sonar. Gritaba en su mente mientras su ira aumentaba por segundos. ¿Cómo se puede tener tan poca vergüenza?, seguía preguntándose mientras la incesante melodía continuaba elevando su volumen. NO PODÍA SER. Allí, en la palma de su temblorosa mano, en la frontera de sus dos mundos, en el límite de su bien y su mal. Allí, seis letras tambaleaban de nuevo su fortaleza, seis letras que se habían tornado en esa chispa, la adecuada, la que hizo arder todo lo que había sido su vida en estos dos años. CARLOS.
 Miró sus zapatos. Vio a Sara. Percibió su hogar. CARLOS. Rechazó la llamada. Abandonó la tristeza y la melancolía. Abrazó la esperanza y la ilusión. Cogió su maleta liviana, su bolso y se marchó.
No era Dorothy, no tenía una bruja a quien acudir ni un mago a quien preguntar. No había leones, ni espantapájaros, ni hombres de hojalata. Pero había magia: su voluntad. Quizá era tarde. Era un riesgo que debía correr. Mas si miraba a sus zapatos, sabía que, al menos, debía intentarlo.
No era Dorothy, pero extrañaba su hogar. Añoraba a Sara. Su amiga, la de verdad. Su amiga, la que la apoyó en todos y cada uno de sus fracasos y con la que celebró todos y cada uno de sus éxitos. Su amiga, la que la advirtió. Sara, la amiga de quien se alejó por ÉL. La amiga a quien traicionó. La amiga que abandonó.
No era Dorothy, pero como ella, miró sus zapatos rojos de charol y, al cobijo de la luna y el traqueteo del tren, deseó regresar a su hogar.