martes, 28 de mayo de 2013

XXI - El Mundo


Tu forma de vivir la vida. Tus propias decisiones son como una apuesta en una mesa de casino. Puedes haber apostado al número ganador o no. Puedes perder mucho en la apuesta, eso sólo depende de ti.  Depende de ese instante en el que todo te lo juegas. Debes ser consecuente con tus decisiones y recordar que, a veces, el premio no es inmediato, ni en metálico.  Hay valores en juego, oportunidades y relaciones también.

¿Crees en el destino o en el azar? ¿Crees en la casualidad? ¿En el efecto mariposa, tal vez?

¿Cuántas veces habrás pensado en  abrir la puerta de al lado? Esa que no escogiste por abrir la otra ¿Acaso crees que puede seguir ahí tras todo este tiempo?

Un buen jugador me dijo: “Debes saber perder, para siempre volver a tener la oportunidad de ganar”

En el reconocimiento de la equivocación, de la pérdida, está el gran tesoro que todos siempre hemos querido poseer: el valor.

El valor para continuar.
El valor para decir NO sin sentirnos culpables.
El valor para luchar por lo que realmente deseamos.
El valor para estar ahí cuando nos necesitan.
El valor para estar solos cuando necesitamos a alguien.
El valor para expresar la verdad de nuestros corazones bajo la atenta mirada de la incredulidad.

Hoy sostengo esta maravillosa carta entre mis manos y en ella veo todo un mundo de puertas y ventanas, caminos y cruces, sueños y realidades, mentiras y verdades. Todo capturado en la imagen de esta carta. Todo resumido en una cuestión:

¿Tendré el valor de escoger y no mirar atrás?

domingo, 26 de mayo de 2013

Capítulo XIII: Segunda Ronda, Tercera, Cuarta... Y Bebo Porque Me Toca (Segunda Parte - GLORIA)


Abrí despacito la puerta tras la cual provenía ese llanto, y allí estaba, empapada en lágrimas, con la cara roja y gimoteando.

       -  Entra y cierra tras de ti.- Cumplí sus órdenes.
   
    - ¿No me vas a preguntar qué me ocurre?- Me pregunta levantando la cabeza de entre las manos y  lanzándome una mirada más que amenazante.

 - Y bien ¿qué te ocurre so loca? – Esto último lo pensé, obviamente, pero me habría gustado tener el valor de decírselo a la cara.

     - Que ¿qué me ocurre? – Me dijo con voz de pito y se echó de nuevo a llorar. No sabía qué hacer, empecé a barajar opciones y a imaginármelas de forma muy gráfica en cuestión de segundos:

a) Intentaría abrazarla. Ella me empujaría y me gritaría con la voz de pito: “quita criatura inofensiva que no vale para nada” Por ejemplo.

b) Unas palmaditas en la espalda. Ella me miraría partiéndome en dos y me diría: “¿eso es todo lo que sabes hacer?”

c) Tratar de animarla con alguna tópica frase que se dice en estas situaciones y darle un pañuelo. A lo que ella respondería tirándomelo a la cara.

Cuando volví a centrar mi mente en el momento presente, algo inesperado ocurrió, Katerina me abrazó y lloró sobre mi hombro. Me quedé allí arrodillada, sosteniendo gran parte de su peso y abrazándola en silencio. No tuve que hacer ni decir nada, solo esperar. Esperar a que ella recobrase las fuerzas de lo que fuera que las estuviese consumiendo. Y aunque llevaba como cinco copas, tenía claro que su mayor problema no era el alcohol, este solo había actuado de sacacorchos, derramando la botella agitada de problemas que esta mujer, aquí entre mis brazos, había estado escondiendo tras una sonrisa.
Con esto último, sí que me siento identificada.

Le ofrecí mi apoyo con mi sola presencia. Cuando quisiese hablar, lo haría y me tendría aquí.

Poco a poco fue separándose y la ayudé a enjugarse las lágrimas con mis pañuelos; necesitamos varios.  Me miró entre avergonzada y triste.

     -   Lo siento. De veras que lo siento. Te he arrastrado hasta aquí para hacerte pasar por todo un calvario ¿verdad?

     -   Más o menos- le dije y le sonreí. Iba a estar difícil animarla, pero al menos no le mentiría, no mientras pudiese ser sincera con ella.

 Jajajaja.– Se rió sin alegría. – Sí, más o menos. Eres muy diplomática.

- Suelen decírmelo. No sé si es que quieren decir permisiva o cautelosa a la hora de tratar con los demás.

- Quieren decir cautelosa.

- Tomo nota.- Y volví a sonreír consiguiendo otra sonrisa en respuesta.- Bueno, puedo saber qué estamos haciendo aquí.

- Puf, sí.- Aclaró su garganta mientras miraba sus manos, jugando nerviosa con el pañuelo, o lo que quedaba de él.- Te habrás asustado al verme así.

- Bueno, he visto a más gente llorar y no de alegría, desgraciadamente.

     -  Esa ha sido una buena respuesta.- Admitió. Estaba más calmada y parecía otra persona. Como cuando ves a alguien como realmente es, sin falsas sonrisas ni bromas diseñadas para escapar de apuros o esquivar comentarios maliciosos. Como somos tal y cuando no estamos rodeados de gente a la que no queremos fallar y por eso fingimos.
Máscaras fuera. Terminó la función.

¿Y bien? – Le pregunté levantando los hombros.

Bien. Ese es el verdadero problema. Desde hace tiempo, nada en mi vida va bien. – Maaaaaadre mía, pensé, otra que está como yo.

Volvió a romper a llorar.


 -  Mi matrimonio se hunde. Estamos juntos desde hace casi seis años y mi matrimonio se hunde. Ya casi ni me mira, no sé qué debo hacer. Al principio pensé que sería una crisis pasajera, pero ¡no! solo ha empeorado. Somos jóvenes y siento que nuestro matrimonio se marchita. ¿Acaso se ha cansado de mí? ¿Ya no le parezco atractiva? A veces pienso que me está siendo infiel. Me estoy volviendo loca. Todo cambió desde aquel día… Como si la vida y su familia careciesen de sentido.

Todo a borbotones, como la espuma de una botella de Champagne recién descorchada. Las palabras brotaban incesantes y se derramaban creando un charco de emociones densas e incomprensibles para alguien que, como yo, experimentaba su relación con los helados y series de televisión en el sofá, como su relación más duradera y próspera.


viernes, 24 de mayo de 2013

Capítulo XIII: Segunda Ronda, Tercera, Cuarta, ... y Bebo Porque Me Toca (Primera Parte - GLORIA)


Se volvió a reír en plan histérica y pidió una tercera copa. Yo la miraba, incrédula, con las cejas levantadas y, de pronto, sacó una tarjeta de plástico del bolsillo de su chaqueta, y la cogió con las dos manos y fingió que la tarjeta tenía vida propia, y bailaba sobre la mesa.

- ¿Quién va a invitar a mami hoy?

- Yo, yooooo- se respondía a si misma poniendo una vocecita ridícula, aniñada y se volvía a reír.

- ¿Quién quiere más a mamá?

Y de nuevo volvía a responder lo mismo con la misma vocecita.

- Ayyy, este Alex, debería guardar bajo llave su cartera - decía mientras se reclinaba en el asiento y levantaba peligrosamente la mano para pedir una nueva ronda para ambas, pero esta vez fue un Between the sheets. Volví a mirar la carta, este llevaba la siguiente combinación: brandy, ron blanco, limón y triple sec.

               Le daré un par de sorbos, solo un par para que ella se quede contenta.

Ella tendría una tarjeta entre manos, pero yo no daba crédito a lo que estaba viviendo. Se reía sola, me volvía a mirar y me decía, “puf, si es que eres inofensiva, mírate” y me señalaba con la mano de arriba abajo poniendo cara de “qué lástima de criatura”  y volvía a repetir  “inofensiva, inofensiva”  entre susurros que, claramente, quería que yo escuchase.

Yo quería irme y se lo intenté decir varias veces, pero siempre me cortaba y se levantaba a bailar, a la barra o decía que tenía que ir al baño.

Decidí empezar a beber la tercera copa, lo que suponía hacer mezcla, consciente de que nada bueno podría salir de esto. Mezclar me sienta mal, pero prefería un cocktail de recuerdos borrosos, al amargo trago de la realidad: un viaje desastroso.

Pasaba el tiempo, miraba a mi alrededor, la gente cada vez me parecía más guapa y yo, más sola. Miraba el reloj sin ver la hora, era como un acto reflejo para sentirme algo acompañada.
Saqué mi móvil y me decidí a escribirle unas líneas a Elena, un breve mensaje a su correo:

Hola preciosa!! Cómo va todo? Yo estoy… FATAAAAAAAAAAAL!!! No lo soporto, no sé qué estoy haciendo aquí, quiero volver a casa!!! Te necesito y a mi mantita y a mi sofá también!!!! Espero que tú estés mejor que yo, mil veces mejor que yo.

               Te quiero guapa! No tardes en responder! O me da un aire…

Tras terminar mi tercera copa, me di cuenta que Katerina estaba tardando demasiado y decidí ir al baño. Cuando entré, unas chicas salían con una expresión rara en sus caras, y yo me sentía como si estuviese yendo a la boca del lobo, a ver a la loca de Katerina.

Todas las puertas de las cabinas estaban cerradas, y no había nadie, hasta que escuché algo, un sonido, uno que yo casi no recordaba, con el cual no me identificaba desde hacía mucho tiempo: un llanto.






viernes, 10 de mayo de 2013

Capítulo XII: Despertando (ELENA)


Pi pip pi pip pi pip… Oh, ¿ya son las ocho?

Cerré los ojos con un fuerte deseo de seguir durmiendo pero, de pronto, los abrí con brusquedad y me di cuenta que el día en que iba a conocer la verdad acerca de mi padre, había llegado.

Todo fue muy rápido: la ducha, la ropa para el día y el desayuno. Quería estar perfecta.

Llamé al señor Baccelieri para vernos lo antes posible, pero ya eran las nueve y media y nadie contestaba al teléfono. ¿Habrá sido todo un sueño?

De pronto, sonó el teléfono de mi habitación:

- Buenos días señora Elena. El señor Baccelieri la espera en el hall.

-       Gracias. En seguida bajo.

Y tanto que en seguida. Prácticamente volé. Menos en el ascensor; ahí todo volvió a ralentizarse y, más aún, con esa musiquilla que les ponen. Casi me da un ataque de ansiedad y, entonces comprendí: hacía tiempo que nada me emocionaba y me hacía querer llegar a algún sitio, querer ver a alguien… había estado sumida en un desinterés absoluto por los demás, por sus vidas, sus comentarios. Había estado viviendo egoístamente en mi mundo, creyendo que lo sabía todo. Cuan equivocada estaba.

Cuando le vi, ahí esperando, me sentí agradecida.

- ¡Buenos días!

-  Buenos días señorita Elena. ¿Ha dormido bien?

-       Sí. Estoy descansada y dispuesta a saberlo todo. Remarqué esta última palabra con un tono de voz que dejaba bien claro que, esta vez, nada de mandarme al hotel como se manda a una niña pequeña a su habitación, cuando los papis no quieren que escuche una determinada conversación.

- Jajajajaja, de acuerdo. Vamos, nuestro coche nos está esperando.

El viaje fue más de lo mismo. Calles y más calles bonitas en un día soleado. Y al fin, paró el lujoso vehículo. El chófer abrió mi puerta y me tendió una mano para ayudarme a salir y, mi acompañante, salió por su propio pie, del otro lado.

Un edificio enorme, algo antiguo, pero muy bonito, se erguía ante nosotros. Me giré y le pregunté:

- ¿Qué este lugar?¿Dónde estamos?

- Este es un lugar muy importante para su padre. Y no le digo más, porque la persona que le puede contar con todo detalle, está justo detrás de usted.

Me giré y ahí estaba, una mujer, cerca de los sesenta años, nos recibía con una sonrisa.

-  ¡Bienvenidos! Nos saludaba mientras se acercaba a nosotros. – Usted debe ser Elena.- Pero qué ojos… esos ojos.

- Ella es la señora Felice.

- ¡Cuántas veces te he dicho que nada de señora! Felice y punto. Encantada Elena.

Me cogió del brazo y me llevó dentro. Yo miré hacia atrás, como si me estuviesen separando de mi padre. Otra vez volvía a no entender nada y esa sensación me desquiciaba.

Vi como el señor Baccelieri alzaba una mano y se despedía de mí con una sonrisa. Yo, en cambio, debía tener reflejada en mi expresión la más grande de las dudas. Nos alejamos hasta que la puerta se cerró, haciéndole desaparecer.

- Buenos días.- Nos saludó una mujer que rondaría la misma edad que Felice.- Soy Adele.

-  Buenos días. Respondí, tímida, por primera vez en mucho tiempo.

 Adele, ella es Elena. Voy a enseñarle nuestro hogar.

¿Hogar? Cuando escuché esa palabra, fui más consciente de mi entorno, de los vivos colores de las paredes, de la luminosidad y, de un sonido nada habitual en mi día a día: voces de niños.

- Bueno, sé que debes estar confusa y que no debe haber sido nada agradable recibir la noticia del fallecimiento de tu padre.

- La verdad es que estoy confusa. Aún no sé exactamente qué hago aquí, ni quién era mi padre. Es todo nuevo para mí y muy desconcertante.

    - Pues entonces, estás en el mejor lugar para explicarte la clase de persona que era tu padre. ¿Ves estas paredes? Gracias a él, este hogar sigue en pie. Renovado, ofreciendo un techo a los niños.

- ¿Ofreciendo un techo a los niños? – Repetí. Y mi cara decía el resto.

- Jajajaja, sí. Este es un hogar de acogida. Y sigue en pie, gracias a las donaciones de tu padre.

Me había quedado sin palabras. Vine pensando en que la mafia italiana me iba a secuestrar y, ahora resulta, que mi padre es lo más parecido a un… santo.

- Ven. Vamos a la cocina. Voy a preparar café.

- Sí. Lo necesito.

Seguimos caminando por aquellos largos pasillos. La musicalidad de las voces de los niños, el jardín y el patio de juegos, todo se alejaba de la típica imagen de tristeza y frialdad a la que me tenían acostumbradas las películas.

Pero algo golpeó en mi pecho y supe reconocerlo de inmediato: aquellos niños habían sido abandonados y esa misma sensación de abandono me había estado persiguiendo toda mi vida, pero no porque yo hubiese sido la abandonada, sino porque yo misma abandonaba todo y a todos. Y ahora, esta forma de vida, explotaba en mi pecho, me hacía un nudo en la garganta.