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domingo, 22 de septiembre de 2013

XX - El Juicio


Elecciones.

Sentada frente a esta nueva carta, veo como se transforma en una urna.

De pronto mi habitación se convierte en una sala fría, vacía. A mi izquierda se encuentran unas cabinas con unas cortinas a modo de probadores que ocultan emociones, no cuerpos ni rostros. Frente a mí, una mesa rasa, blanca con la misma urna del mismo color. Cuando me acerco, compruebo que frente a la urna esperan varios sobres y, en cada uno de ellos reza una palabra, una obligación, una responsabilidad, una tarea pendiente, una llamada sin contestar, un mail esperando ser leído, una ilusión amargada por la sensación del deber, un proyecto tras otro caídos por la desconfianza… elecciones, elegir, emitir un juicio y no saber por dónde empezar.
Encuentro al final de esta larga hilera de sobres uno en blanco. En mi mano derecha percibo la figura de un bolígrafo, cuya tinta negra dejará grabada mi elección.

En el sobre en blanco me gustaría escribir “dolor de cabeza” y “agotamiento” sobre todo, ante la perspectiva de solo poder elegir una carta porque solo hay una urna.

Parada, en esta triste sala de cortinas verde hospital y fría mesa de operaciones, decido votar, pero no elegiré el sobre por el cual quiera empezar o en el cual podría centrar todos mis esfuerzos, en su lugar pondré dentro el sobre que más me pesa, el que ya no quiero tener ni frente a mí ni en mis pensamientos. El sobre que me bloquea.

Ya elegí ese sobre, lo introduzco en la urna y comprendo que los demás los podré llevar a cabo dedicando mi cariño, no mi dolor ni mi desilusión ni mi deber.

¿Qué sobre eliges tú?

miércoles, 28 de agosto de 2013

0 - El Loco


- Solo uno más. No has dado el más importante.

- Pero ¿Cuántos pasos habré dado ya? Estoy cansada

- Este será el último antes de volver a empezar. Ese que te liberará de todo y todos

- ¿De qué y de quiénes?

- De tus prejuicios y de aquellos que ya no forman parte de tu vida.

- No comprendo.

- Tal vez no se trate de comprender.

- Entonces ¿Cómo quieres que avance?

- Simplemente hazlo.

- Claro, no eres tú quien se encuentra… aquí.

- Exacto, por eso me permito alentarte, decirte que lo hagas.

- Pero ¿tú lo hiciste en su momento?

- ¿Y eso a quién importa?

- A mí.

- ¿A ti? ¿O a tu inseguridad?

- ¡Pero si es que no hay nada!

- Eso es lo que tú crees ver.

Cerré mis ojos. Parecía una auténtica estupidez esta discusión.

- ¡Venga! – Insiste.

- Solo hay vacío – Vuelvo a quejarme.

- Exacto, porque aún no lo has llenado con tu propia luz. Tu porvenir lo escribes tú.

Miré al frente, no era un paso más lo que tenía que dar…

Ya no se trataba de dar pasos pequeños, sino de elegir vivir entre suposiciones que no llevan a ninguna parte, recreando toda una vida ficticia en la mente o, por el contrario, dar el salto, vivir en la experiencia. Vivir en el corazón.

Salto de fe.




jueves, 11 de julio de 2013

XVII - La Estrella


Carta a una estrella:

Querida Estrella, en estos tiempos que estoy atravesando, no consigo ver tu luz. Mi noche es oscura, cerrada y las rutas de los planos que tan bien creí haber trazado, solo han terminado llevándome a un callejón sin salida.

Tu imagen promete paz, tranquilidad, pero cómo hallarla cuando lo único que siento es confusión y el muro que ante mí se alza, me parece infinito, haciéndome sentir pequeña y vulnerable.

Me prometí un futuro mejor y al final solo logré vivir un presente vacío.
Pensé que mi meta estaba en “algún día”, olvidando disfrutar de cada paso que estaba dando.

Ahora, en este callejón sin salida, que no permite retroceder, siento el peso de la noche sobre mis hombros, el peso del día en mis cansadas rodillas. He caminado, sin darme cuenta que lo estaba haciendo en círculos. Creí estar buscando nuevos horizontes, pero solo estaba repitiendo el mismo error una y otra vez.

Sé que esta es en realidad, mi oportunidad para darme cuenta de quién soy y del momento presente. Pero no puedo evitar recurrir a mis recuerdos y aventurar mi mente en suposiciones cada vez más retorcidas.

He perdido mi norte, he perdido mi estrella. Y estos altos muros que ahora me rodean, apenas me dejan ver un cachito de cielo. Ahora me pregunto ¿cuánto tiempo he estado mirando al suelo? Ahora que pretendo levantar la vista, me encuentro con mi propia encerrona.

He caído en la trampa de la rutina. He caído en mi propia trampa.

Confundí tranquilidad con dejadez, alegría con ignorancia, amor con puro deseo.

¿Dónde está el amor que me debo a mí misma?  ¿Dónde está la fe en mí misma? ¿Dónde está la ilusión? Te lo pregunto a ti, Estrella. Sé que estás oculta tras estos muros y también sé que no puedo verte, por el mero hecho de haberme desviado del camino más importante.


Ser yo misma.
                       Mi única guía.                                                           
Mi verdadera estrella.

martes, 28 de mayo de 2013

XXI - El Mundo


Tu forma de vivir la vida. Tus propias decisiones son como una apuesta en una mesa de casino. Puedes haber apostado al número ganador o no. Puedes perder mucho en la apuesta, eso sólo depende de ti.  Depende de ese instante en el que todo te lo juegas. Debes ser consecuente con tus decisiones y recordar que, a veces, el premio no es inmediato, ni en metálico.  Hay valores en juego, oportunidades y relaciones también.

¿Crees en el destino o en el azar? ¿Crees en la casualidad? ¿En el efecto mariposa, tal vez?

¿Cuántas veces habrás pensado en  abrir la puerta de al lado? Esa que no escogiste por abrir la otra ¿Acaso crees que puede seguir ahí tras todo este tiempo?

Un buen jugador me dijo: “Debes saber perder, para siempre volver a tener la oportunidad de ganar”

En el reconocimiento de la equivocación, de la pérdida, está el gran tesoro que todos siempre hemos querido poseer: el valor.

El valor para continuar.
El valor para decir NO sin sentirnos culpables.
El valor para luchar por lo que realmente deseamos.
El valor para estar ahí cuando nos necesitan.
El valor para estar solos cuando necesitamos a alguien.
El valor para expresar la verdad de nuestros corazones bajo la atenta mirada de la incredulidad.

Hoy sostengo esta maravillosa carta entre mis manos y en ella veo todo un mundo de puertas y ventanas, caminos y cruces, sueños y realidades, mentiras y verdades. Todo capturado en la imagen de esta carta. Todo resumido en una cuestión:

¿Tendré el valor de escoger y no mirar atrás?

miércoles, 10 de abril de 2013

III - La Emperatriz (Tercera Parte)


Se echó hacia atrás mirándome fijamente a los ojos. Y al fin habló:

- Vaya, así que hemos estado jugando al mismo juego todo este tiempo. Viéndonos con nuestras distintas parejas y fingiendo falsa alegría cuando nos las presentábamos. Menuda pérdida de tiempo. Puff…

Su tono de voz, de pura decepción, me dejó congelada, estática. ¿De verdad que habíamos estado fingiendo nuestra amistad? ¿Todos estos años? Casi cinco años. No, no puedo mirar ahora hacia atrás, sería como mirar hacia abajo desde lo más alto de un precipicio.

Esperé. Y él no se demoró en continuar.

- Ahora… ahora no veo siquiera el sentido a lo que hemos estado haciéndonos, mutuamente.

Sus palabras chocaban en mi pecho y aceleraban el ritmo de mi corazón. Esto dolía, pero era necesario. Ahora lo sabía, no había tenido algo tan claro desde hacía muchísimo tiempo: estoy rompiendo cadenas. Esto es necesario, me repetía una y otra vez.

- La verdad es que… - Volvió a dar golpecitos sobre la mesa con el dedo índice. Estaba nervioso, cada vez más nervioso. Y yo, cada vez más interesada por saber qué sería lo próximo. - … Vuelvo a Estados Unidos.

¡¿Qué?! No me lo podía creer. Dos semanas sin vernos y ambos hemos decidido cambiar el rumbo de nuestras vidas. La diferencia está, en que mis cambios son a un nivel emocional y espiritual. Él, en cambio, se marcha, se va a miles de kilómetros. Y he sido yo la que se ha atrevido a dar este paso. Un paso inmenso, que podría cubrir toda esa distancia, pero a un nivel muy distinto, porque, aun habiendo dado ese paso, habiendo cubierto el abismo que nos separaba, sigo pegada a la silla, inmóvil.

¿Vas a volver a tu antiguo trabajo? - Fue todo lo que supe decir.

- Sí, pero… lo que acabas de decirme lo cambia todo. Todo…

- ¿Cómo, así? Tan de repente. – No le dejé continuar. Esta vez quería la verdad. Toda la verdad.

- Bueno.- Inhaló aire, cerró sus ojos por unos instantes. Y los abrió, preparado para contármelo todo.– Hablé con Roberto.

- ¿Qué hablaste con mi ex? – Estaba atónita. No solían verse, ni hablar entre ellos, sólo cuando coincidíamos los tres.

- Sí. Ahí fue cuando tomé la decisión. Estaba seguro de poder decirte exactamente las mismas palabras que tú me has dicho. Confesar lo que siento y al fin conocer una respuesta. Pero él, vino a mí, pidiendo consejo, pidiéndome ayuda. Aún te quiere y es más, te quiere de un modo sincero. Más sincero del que yo haya podido quererte… todos estos años, callado. ¿Qué clase de amor es ese?.


Sus palabras habían logrado congelar el tiempo y el espacio a nuestro alrededor. Fuera podría haber la más grande de las tormentas, que mis oídos y mis ojos solo percibirían su presencia, haciendo eco en mí cada una de sus palabras. Y sobre todo, la última pregunta ¿Qué clase de amor era este?

Me miró, esperando una respuesta. Yo tragué saliva, de forma ruidosa. Se me cerraba la garganta en un momento clave como este.

- Pues… debo darte la razón.- Levanté la mira, sorprendida del modo en que salieron estas palabras, solas, automáticas, sin dudas ni sombras. Las sentía como pequeñas piedras que empujaba con el pie desde lo alto del precipicio y las veía caer, hasta que desaparecían en un océano que empezaba a calmarse.- Tienes razón. Sé que no volveré con Roberto, pero tampoco voy a pedirte que te quedes por mí. Los dos hemos dado hoy un paso muy importante y ahora podremos continuar nuestros caminos.– Ahora cogía esas piedras y las lanzaba, todo lo lejos que podía. Sentía mi pecho más ligero. Mis manos estaban libres.

- Pero… - Le volvía a interrumpir.

- Pero nada . Tienes razón. Hemos vivido enamorados de la idea de la imposibilidad de estar juntos. Como en el poema de Cortázar: el guante izquierdo que está enamorado de la mano derecha. Hemos permitido que el tiempo pase, hasta que este, nos ha sobrepasado.  Ahora veo claramente la clase de amor que hemos tenido. Hemos disfrutado torturándonos en silencio, y eso se acaba aquí y ahora. Te digo que te quiero, pero también me quiero a mí misma, y ante todo, quiero ser feliz, todos y cada uno de los días. Dime ¿qué es lo que tú quieres?

- ¿Qué es lo que quiero? – Repitió, reflexionando mientras miraba al vacío. – Quiero que pasemos estas semanas que me quedan juntos, y que decidas si vendrás o no conmigo. Esta vez no voy a vivir enamorado de ninguna idea. Esta vez elijo vivir enamorado de ti. Estiró su brazo, acercó su cuerpo a la mesa y me cogió la mano.

Es un pacto, me dice. Es un hecho, le digo.