miércoles, 10 de abril de 2013

III - La Emperatriz (Tercera Parte)


Se echó hacia atrás mirándome fijamente a los ojos. Y al fin habló:

- Vaya, así que hemos estado jugando al mismo juego todo este tiempo. Viéndonos con nuestras distintas parejas y fingiendo falsa alegría cuando nos las presentábamos. Menuda pérdida de tiempo. Puff…

Su tono de voz, de pura decepción, me dejó congelada, estática. ¿De verdad que habíamos estado fingiendo nuestra amistad? ¿Todos estos años? Casi cinco años. No, no puedo mirar ahora hacia atrás, sería como mirar hacia abajo desde lo más alto de un precipicio.

Esperé. Y él no se demoró en continuar.

- Ahora… ahora no veo siquiera el sentido a lo que hemos estado haciéndonos, mutuamente.

Sus palabras chocaban en mi pecho y aceleraban el ritmo de mi corazón. Esto dolía, pero era necesario. Ahora lo sabía, no había tenido algo tan claro desde hacía muchísimo tiempo: estoy rompiendo cadenas. Esto es necesario, me repetía una y otra vez.

- La verdad es que… - Volvió a dar golpecitos sobre la mesa con el dedo índice. Estaba nervioso, cada vez más nervioso. Y yo, cada vez más interesada por saber qué sería lo próximo. - … Vuelvo a Estados Unidos.

¡¿Qué?! No me lo podía creer. Dos semanas sin vernos y ambos hemos decidido cambiar el rumbo de nuestras vidas. La diferencia está, en que mis cambios son a un nivel emocional y espiritual. Él, en cambio, se marcha, se va a miles de kilómetros. Y he sido yo la que se ha atrevido a dar este paso. Un paso inmenso, que podría cubrir toda esa distancia, pero a un nivel muy distinto, porque, aun habiendo dado ese paso, habiendo cubierto el abismo que nos separaba, sigo pegada a la silla, inmóvil.

¿Vas a volver a tu antiguo trabajo? - Fue todo lo que supe decir.

- Sí, pero… lo que acabas de decirme lo cambia todo. Todo…

- ¿Cómo, así? Tan de repente. – No le dejé continuar. Esta vez quería la verdad. Toda la verdad.

- Bueno.- Inhaló aire, cerró sus ojos por unos instantes. Y los abrió, preparado para contármelo todo.– Hablé con Roberto.

- ¿Qué hablaste con mi ex? – Estaba atónita. No solían verse, ni hablar entre ellos, sólo cuando coincidíamos los tres.

- Sí. Ahí fue cuando tomé la decisión. Estaba seguro de poder decirte exactamente las mismas palabras que tú me has dicho. Confesar lo que siento y al fin conocer una respuesta. Pero él, vino a mí, pidiendo consejo, pidiéndome ayuda. Aún te quiere y es más, te quiere de un modo sincero. Más sincero del que yo haya podido quererte… todos estos años, callado. ¿Qué clase de amor es ese?.


Sus palabras habían logrado congelar el tiempo y el espacio a nuestro alrededor. Fuera podría haber la más grande de las tormentas, que mis oídos y mis ojos solo percibirían su presencia, haciendo eco en mí cada una de sus palabras. Y sobre todo, la última pregunta ¿Qué clase de amor era este?

Me miró, esperando una respuesta. Yo tragué saliva, de forma ruidosa. Se me cerraba la garganta en un momento clave como este.

- Pues… debo darte la razón.- Levanté la mira, sorprendida del modo en que salieron estas palabras, solas, automáticas, sin dudas ni sombras. Las sentía como pequeñas piedras que empujaba con el pie desde lo alto del precipicio y las veía caer, hasta que desaparecían en un océano que empezaba a calmarse.- Tienes razón. Sé que no volveré con Roberto, pero tampoco voy a pedirte que te quedes por mí. Los dos hemos dado hoy un paso muy importante y ahora podremos continuar nuestros caminos.– Ahora cogía esas piedras y las lanzaba, todo lo lejos que podía. Sentía mi pecho más ligero. Mis manos estaban libres.

- Pero… - Le volvía a interrumpir.

- Pero nada . Tienes razón. Hemos vivido enamorados de la idea de la imposibilidad de estar juntos. Como en el poema de Cortázar: el guante izquierdo que está enamorado de la mano derecha. Hemos permitido que el tiempo pase, hasta que este, nos ha sobrepasado.  Ahora veo claramente la clase de amor que hemos tenido. Hemos disfrutado torturándonos en silencio, y eso se acaba aquí y ahora. Te digo que te quiero, pero también me quiero a mí misma, y ante todo, quiero ser feliz, todos y cada uno de los días. Dime ¿qué es lo que tú quieres?

- ¿Qué es lo que quiero? – Repitió, reflexionando mientras miraba al vacío. – Quiero que pasemos estas semanas que me quedan juntos, y que decidas si vendrás o no conmigo. Esta vez no voy a vivir enamorado de ninguna idea. Esta vez elijo vivir enamorado de ti. Estiró su brazo, acercó su cuerpo a la mesa y me cogió la mano.

Es un pacto, me dice. Es un hecho, le digo.



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