viernes, 10 de mayo de 2013

Capítulo XII: Despertando (ELENA)


Pi pip pi pip pi pip… Oh, ¿ya son las ocho?

Cerré los ojos con un fuerte deseo de seguir durmiendo pero, de pronto, los abrí con brusquedad y me di cuenta que el día en que iba a conocer la verdad acerca de mi padre, había llegado.

Todo fue muy rápido: la ducha, la ropa para el día y el desayuno. Quería estar perfecta.

Llamé al señor Baccelieri para vernos lo antes posible, pero ya eran las nueve y media y nadie contestaba al teléfono. ¿Habrá sido todo un sueño?

De pronto, sonó el teléfono de mi habitación:

- Buenos días señora Elena. El señor Baccelieri la espera en el hall.

-       Gracias. En seguida bajo.

Y tanto que en seguida. Prácticamente volé. Menos en el ascensor; ahí todo volvió a ralentizarse y, más aún, con esa musiquilla que les ponen. Casi me da un ataque de ansiedad y, entonces comprendí: hacía tiempo que nada me emocionaba y me hacía querer llegar a algún sitio, querer ver a alguien… había estado sumida en un desinterés absoluto por los demás, por sus vidas, sus comentarios. Había estado viviendo egoístamente en mi mundo, creyendo que lo sabía todo. Cuan equivocada estaba.

Cuando le vi, ahí esperando, me sentí agradecida.

- ¡Buenos días!

-  Buenos días señorita Elena. ¿Ha dormido bien?

-       Sí. Estoy descansada y dispuesta a saberlo todo. Remarqué esta última palabra con un tono de voz que dejaba bien claro que, esta vez, nada de mandarme al hotel como se manda a una niña pequeña a su habitación, cuando los papis no quieren que escuche una determinada conversación.

- Jajajajaja, de acuerdo. Vamos, nuestro coche nos está esperando.

El viaje fue más de lo mismo. Calles y más calles bonitas en un día soleado. Y al fin, paró el lujoso vehículo. El chófer abrió mi puerta y me tendió una mano para ayudarme a salir y, mi acompañante, salió por su propio pie, del otro lado.

Un edificio enorme, algo antiguo, pero muy bonito, se erguía ante nosotros. Me giré y le pregunté:

- ¿Qué este lugar?¿Dónde estamos?

- Este es un lugar muy importante para su padre. Y no le digo más, porque la persona que le puede contar con todo detalle, está justo detrás de usted.

Me giré y ahí estaba, una mujer, cerca de los sesenta años, nos recibía con una sonrisa.

-  ¡Bienvenidos! Nos saludaba mientras se acercaba a nosotros. – Usted debe ser Elena.- Pero qué ojos… esos ojos.

- Ella es la señora Felice.

- ¡Cuántas veces te he dicho que nada de señora! Felice y punto. Encantada Elena.

Me cogió del brazo y me llevó dentro. Yo miré hacia atrás, como si me estuviesen separando de mi padre. Otra vez volvía a no entender nada y esa sensación me desquiciaba.

Vi como el señor Baccelieri alzaba una mano y se despedía de mí con una sonrisa. Yo, en cambio, debía tener reflejada en mi expresión la más grande de las dudas. Nos alejamos hasta que la puerta se cerró, haciéndole desaparecer.

- Buenos días.- Nos saludó una mujer que rondaría la misma edad que Felice.- Soy Adele.

-  Buenos días. Respondí, tímida, por primera vez en mucho tiempo.

 Adele, ella es Elena. Voy a enseñarle nuestro hogar.

¿Hogar? Cuando escuché esa palabra, fui más consciente de mi entorno, de los vivos colores de las paredes, de la luminosidad y, de un sonido nada habitual en mi día a día: voces de niños.

- Bueno, sé que debes estar confusa y que no debe haber sido nada agradable recibir la noticia del fallecimiento de tu padre.

- La verdad es que estoy confusa. Aún no sé exactamente qué hago aquí, ni quién era mi padre. Es todo nuevo para mí y muy desconcertante.

    - Pues entonces, estás en el mejor lugar para explicarte la clase de persona que era tu padre. ¿Ves estas paredes? Gracias a él, este hogar sigue en pie. Renovado, ofreciendo un techo a los niños.

- ¿Ofreciendo un techo a los niños? – Repetí. Y mi cara decía el resto.

- Jajajaja, sí. Este es un hogar de acogida. Y sigue en pie, gracias a las donaciones de tu padre.

Me había quedado sin palabras. Vine pensando en que la mafia italiana me iba a secuestrar y, ahora resulta, que mi padre es lo más parecido a un… santo.

- Ven. Vamos a la cocina. Voy a preparar café.

- Sí. Lo necesito.

Seguimos caminando por aquellos largos pasillos. La musicalidad de las voces de los niños, el jardín y el patio de juegos, todo se alejaba de la típica imagen de tristeza y frialdad a la que me tenían acostumbradas las películas.

Pero algo golpeó en mi pecho y supe reconocerlo de inmediato: aquellos niños habían sido abandonados y esa misma sensación de abandono me había estado persiguiendo toda mi vida, pero no porque yo hubiese sido la abandonada, sino porque yo misma abandonaba todo y a todos. Y ahora, esta forma de vida, explotaba en mi pecho, me hacía un nudo en la garganta.

No hay comentarios :

Publicar un comentario