lunes, 4 de febrero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (IV)


Habían pasado dos años y podían transcurrir dos más, no importaba el tiempo que hubieran estado separadas, conocía a Sara y sabía que no revelaría nada más. Se habían encontrado en ese momento en que se va moldeando la personalidad. Habían vivido juntas su infancia y adolescencia y, aunque las personas crezcan, maduren, y crean que pueden llegar a cambiar, es un hecho conocido que los verdaderos rasgos de la personalidad, aquellos trazados cuando se es sólo un esbozo del adulto en que uno se convertirá, ésos siempre están presentes en el dibujo final. Julia lo sabía. Por ello, comprendió que Sara no le hablaría de aquello que le preocupaba. Por ello, decidió dejarla sola y continuar hacia su próxima parada.



- Muchas gracias, de verdad, muchísimas gracias por escucharme, por apoyarme, y sobre todo, por permitirme entrar de nuevo en tu vida -dijo Julia abrazando otra vez a su amiga.
- ¿Sabes? Es raro, pensaba que jamás podría perdonarte y, sin embargo,  me ha resultado extrañamente fácil volver a hablar contigo, como si el tiempo no hubiera pasado. Supongo que te necesitaba más de lo que quería reconocer.
- Sí, yo también me negaba a mí misma el creer que me hacías falta...Pero bueno, casi mejor no pensar más en ello, ¿no?

Sin embargo, ambas callaron, divagando sobre aquella fatídica noche en la que prefirieron ser cobardes: la una por no querer enfrentarse a una realidad que le aterraba; la otra, por no querer encarar a su amiga, por preferir callar. Julia fue la primera en recuperar la compostura y continuó con su idea de seguir recorriendo aquellas baldosas amarillas que se extendían ante sus pies.

- Bueno... Creo que va siendo hora de que me marche. Ha llegado el momento de contárselo a mis padres, o al menos, de intentarlo.
- ¡Diossssss, tus padres! ¿Qué les vas a decir? 
- No lo sé, aún no lo he decidido.
- Puff, menudo marrón, ¿no? Si no recuerdo mal, tu madre adoraba a Carlos.
- Sí... Tengo la impresión de que no va a resultar tan sencillo como contigo.
- ¿Quieres que te lleve y te acompañe mientras se lo cuentas?
- No, no hace falta, llamaré a un taxi.  

Diez minutos más tarde Julia sonreía al percibir lo irónico de la situación: odiaba los taxis y, sin embargo, se disponía a coger el tercero en menos de veinticuatro horas; el primero al que se subía yendo completamente tranquila, segura de la mujer con la que se estaba reencontrando. Tanto es así, que se podría decir que la Julia que abandonó aquella casa era otra por completo, quizá aquella que siempre había sido en su interior; con seguridad,  la que quería ser a partir de ahora. Ligera, liviana, llena de optimismo, la tristeza y melancolía que horas antes habían impregnado su alma ya habían quedado atrás, y una Julia más fuerte y liberada de su pesado bagaje fue la que subió al coche, dispuesta a enfrentar cuantas batallas se presentaran en su camino. 

En el interior de la casa, muy al contrario, el mágico ambiente apacible creado por el café  parecía haberse esfumado con el último de sus tragos. Sara, dividida entre el dolor y la ira que durante años la habían poseído y el bienestar de haber recuperado a su amiga, se sentía confusa. Había perdonado a Julia, algo de lo que no se creía capaz, y lo sabía porque al estar con ella sólo quiso protegerla, ayudarla, evitarle todo mal. Sin embargo, el sufrimiento causado por la traición, la amargura producida por el desengaño, el dolor aumentado por los años de silencio...Todo volvió a ella con una sola palabra de Julia. 

¿Sería capaz de olvidar los duros sentimientos que su amiga le provocó? ¿Podría realmente ser todo como antes? Llena de impotencia por la incertidumbre que la apresaba; frustrada, por no sentirse capaz de olvidar y asustada por el temor de perder de nuevo a Julia, Sara se tiró en el sofá y comenzó a sollozar. Lloró, con la intensidad de un niño que se descubre perdido en medio de una ciudad desconocida, con la fuerza de una mujer que se sabe herida para siempre. Y mientras luchaba por olvidar, por encerrar esos oscuros sentimientos en lo más oculto de su persona, por desecharlos para siempre, sus demonios surgieron de nuevo y la poseyeron.


La cara de Julia estaba totalmente pálida cuando ella entró aquella noche en la oficina. El teléfono aún en su mano. La mirada clavada en él. El gesto desconcertado. Atónita. Estupefacta. Paralizada. Como si ambas, la bruja mala del Este y la del Oeste, hubieran abandonado Oz y se le hubieran aparecido para atormentarla. “¿Cómo te has atrevido?”, le preguntó fríamente, marcando cada palabra. Y Sara supo que algo no iba bien.

- ¿Cómo te has atrevido?, repitió esta vez con furia.
- Que cómo me he atrevido a qué. ¿Qué coño te ha dicho ese capullo?
- ¡Calla! -exclamó con una ira que Sara jamás le había conocido- ¡¿Cómo tienes la desfachatez de venir aquí y encima insultarlo?!

Sara no podía verse, pero imaginaba que su expresión debía ser similar a la de su amiga unos segundos atrás. ¿Qué narices le habrá contado el gilipollas de Carlos?, Diosss, ¿por qué me habré parado en busca de respuestas? Si hubiera llegado unos minutos antes... “¿Pero qué tonterías estás diciendo?”, le recriminó de repente una voz en su interior, una voz saltarina e irritada que continuó: “¿Acaso no ves que esto no es culpa tuya? ¡No puedes cargar siempre con el peso de todo!” Y como si una venda hubiera caído de sus ojos, lo comprendió. Carlos era el único que había jugado sucio, Carlos era el culpable de aquella absurda situación. Carlos...y tal vez, Julia, si escogía negar la realidad que se le descubriría.  

- Julia -comenzó a hablar, casi titubeando, mientras se acercaba a ella con lentitud- no sé qué te ha contado Carlos, pero tienes que escucharme, soy tu amiga.
- Eras mi amiga -la interrumpió, mirándola con una frialdad estremecedora- Ya no lo serás más.
- Pero Julia...
- ¡Calla! -gritó con rabia, apartando con brusquedad la mano que Sara le estaba acercando-  No quiero que me digas nada más. Confiaba en ti, eras mi mejor amiga, mi hermana... -dijo en un ahogado sollozo, y continuó con una cólera sobrecogedora - ¿Cómo has podido traicionarme así? 
- Pero Julia, yo no te he traicionado -trató de explicarse Sara.
- Nooooo, me estabas haciendo un favor, ¡no te jode! -le replicó con ironía, mientras tomaba aire para continuar- Quiero que te marches. Quiero que saques todas las cosas de mi casa lo antes posible y que nunca, ¿me oyes?, nunca más vuelvas a llamarme o a buscarme.
- Julia, en serio, no sé qué te habrá contado Carlos, pero ¡yo no he hecho nada!
- Sí, porque él no se ha dejado, ¿no? 

Sara, con la cara totalmente desencajada por las palabras que, aunque oía, no alcanzaba a comprender, trató de hablar, pero una vez más, Julia se lo impidió.

- Tranquila, no creo que quisieras acostarte con él, ¿pero jugar a seducirlo? ¿De verdad pensabas que iba a caer? Sé que no te cae bien, pero has ido demasiado lejos. Lo quiero. Y él me quiere. Me hace feliz. ¿No podías aguantar sin intentar demostrar que una vez más llevabas razón? ¿Tan necesario era probar que es un capullo, como tú lo llamas?
- Pero es que...
- ¡Pero es que nada! -volvió a exclamar encolerizada- Te has pasado de la raya. Y no lo voy a consentir. Te quiero fuera de mi vida.

Sara quedó enmudecida, era la segunda vez en esa noche que no sabía cómo reaccionar e intuía que ésta le costaría mucho más hacerlo. Inmóvil, cual estatua, fría y paralizada, escudriñó en los ojos de Julia, tratando de encontrar a la que tan sólo un momento atrás había sido su mejor amiga. Abatida, al descubrir la tempestad que arrasaba aquella mirada azul, Sara bajó la cabeza, se dio por vencida, se rindió.

- Está bien. Me iré esta misma noche. 

No dijo adiós, mucho menos hasta luego. Tan sólo contuvo su propia tormenta interior, se dio media vuelta y se marchó. No luchó por mostrarle a Julia su verdad, por enfrentarla a la realidad. No pudo combatir más. Aquel tsunami que había ahogado a su amiga también la había devastado a ella. La había sacudido, golpeado y magullado. Se sentía vapuleada, herida y maltratada. Traicionada. Claudicó. Escapó en plena madrugada, cual infame fugitiva. Su único testigo, la dormida ciudad de Dublín; la misma que dos años después atisbaría a otra mujer huir; cómplice compartido de dos amigas destruidas.  


Se secó las lágrimas en un último intento por calmarse. No puedes seguir así, se dijo obligándose a incorporarse. Respiró con los ojos cerrados para recuperar el control de su cuerpo, de su alma. Se apaciguó. Sintió la serenidad que minutos antes había compartido con Julia. Decidió apostar. 

Julia ha sido muy valiente al venir a verme, ha corrido un gran riesgo, pensó. Le podía haber cerrado la puerta en las narices, haberla echado y hasta haberla insultado. Ella lo sabía y ha decidido creer en mí, en nosotras, en la amistad que nos unió. Ahora me toca a mí creer. Me enfrentaré a mí misma, combatiré mis demonios, me lo debo, se lo debo a nuestra amistad. Esta vez, elijo luchar. 


A unas manzanas de aquel salón repleto de intensas emociones, un coche igualmente ocupado por las tribulaciones de otra mujer, entraba en la calle en la que se detendría. En su interior, unos apagados zapatos de charol descubrían, en la oscuridad del vehículo, las preocupaciones de su dueña a la alfombrilla que, incesantes, golpeaban con suavidad. ¿Cómo le voy a decir a mi madre que he dejado a Carlos?, se preguntaba reiteradamente en su interior. No sé, ¿tal vez diciéndole que lo pillaste en tu cama con otra?, le contestó sarcástica su conciencia. Por segunda vez aquella mañana, Julia perdida en sus deliberaciones, regresaba al mundo real guiada por la voz de un taxista. Aún sobresaltada por lo inesperado de la interrupción,  pagó, y de nuevo abrumada por sus inquietudes, bajó del taxi. 

Por primera vez aquel soleado día, sintió la calidez del asfalto recorrer sus tacones de aguja. Y como el más potente catalizador, sus zapatos activaron en ella la combustión precisa, la que transformó sus cuantiosas dudas en certezas absolutas. Un electrizante escalofrío recorrió su cuerpo propagando a su paso el coraje olvidado. Ya sin rastro de vacilación, sintió la fuerza necesaria para dar el siguiente paso, y caminó firmemente, hasta alcanzar el hogar de su infancia. Exhaló con determinación frente a la puerta y, por segunda vez aquel día, hizo un guiño a sus zapatos. Habían llegado al siguiente destino: el más fácil unas horas antes; el más complicado ahora que se encontraba delante. 

Convirtiendo en costumbre el hábito de quedarse helada frente a puertas que un día supusieron la acogedora entrada al hogar, Julia quedó inmóvil.  Sintió un  nerviosismo febril perseguir a su arrojo recién encontrado. Dudó, se acobardó y se giró. No puedo hacerlo, no puedo hacerlo. ¿Cómo se lo voy a explicar a mi madre?, ¡no puedo hacerlo! Se repetía casi a gritos en su mente. ¡Ni se te ocurra marcharte!, le exhortó poderosa su voz interior. Has llegado hasta aquí, ¿ahora te vas a ir sin más? Tú no eres tan cobarde. Vamos, ¡date la vuelta, llama a la puerta!, continuó animándola, y Julia comenzó a sentir esa fortaleza que emanaba de su propia intimidad. Percibió el suave aire matutino jugar con sus rizos cobrizos, acariciar su delicada piel, avivarla. Cerró sus ojos, en un intento por atrapar su energía. Inspiró profundamente, colmando sus pulmones, su cuerpo y su alma de aquella vitalidad. Liberó con extremo cuidado al que había hecho su presa, arrebatándole en cada aliento una parte de su brío. Se sintió resuelta, fuerte y decidida. Aprovechó el instante. Se volvió frente a la puerta. Y, como unas horas antes hiciera ante la casa de Sara, su dedo, firme, tocó el pequeño timbre. Sin nervios, sin inquietudes, dispuesta a desvelar su verdad. 

4 comentarios :

  1. Prima yo creo que esto da pa un libro... Como me gustaría seguir leyendo cosas de ellas... Un besazo! Y genial como siempre!!

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    1. Jajaja, gracias por los ánimos. A ver qué sale... Otro besazo para ti!!

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  2. jooo con la miel en los labios nos has dejado, yo estoy con tu prima, esto tiene pinta de un libro

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    1. Gracias Ana por los ánimos, a ver a qué nos lleva esta aventura! ;-)...Por ahora, el próximo capítulo está a medias, que con la semanita que hemos llevado...Pero espero no alargar mucho vuestra espera! Un besazo y gracias por leerme!!

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