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martes, 12 de marzo de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (VI)


Como una mina pisada sin haber sido percibida, la inadvertida pero cuantiosa cafeína ingerida por Julia en las últimas horas explotó desde sus entrañas, desgarrando la calma que tan arduo trabajo le había costado conseguir. El móvil, que segundos antes se encontraba firmemente sujeto entre sus manos, cayó al suelo con el primer temblor de éstas. El bolso, que tranquilamente reposaba en su regazo, se encontró junto al que celosamente había guardado en su interior, pues el estallido originado en el estómago alcanzó a las piernas en forma de movimiento nervioso. Julia, temblorosa, agitada y temerosa, se levantó torpemente de la silla para recoger a sus leales amigos. Los depositó a su lado, con sumo cuidado, como si el protegerlos a ellos, la mantuviese a salvo de esa voz amenazante que retumbaba en su cabeza; esa voz lejana que se aproximaba desde la puerta. 

No, definitivamente, no podía ser. ¿Se habría atrevido a seguirla hasta su hogar? ¿De verdad habría sido capaz? ¿Era realmente su voz la que seguía escuchando a través del pasillo? Su mente le lanzaba las preguntas cual proyectiles, rematando su ya herido corazón.  La intranquilidad, con la que durante horas había jugado al despiste, le había ganado la partida.  Oficialmente, la había atrapado de nuevo, haciendo imposible que el sosiego hallara espacio alguno para colarse en su cuerpo. Con pasos histéricos, deambuló de un lado a otro de la cocina, mientras se repetía a sí misma que debía tratarse de una pesadilla. Intentaba analizar los sonidos que sus oídos captaban con atención. La sola idea de que Carlos pudiera estar a unos metros de ella le producía tal ansiedad que se tuvo que volver a sentar. 

Haciendo caso omiso al nerviosismo que ya la dominaba, cogió de nuevo su taza de café, plenamente convencida de que en ella encontraría la fuerza para enfrentarse a ese fantasma que parecía cada vez más humano; a esa voz irreal que cada vez parecía más real. Y allí, sentada, unida de nuevo a su compañera fiel, volcando en ella sus miedos, absorbiendo de ella su valor; allí, la encontró Carlos.

- Buenos días, Julia.

Ella, todavía intentando comprender lo que sucedía, no habló. Bajó la mirada hacia su mágica bebida y dio un trago al café. Buscó, en la cotidianidad de su nueva rutina, la calma que tanto necesitaba. No la encontró. Dejó la taza en la mesa y le dirigió una mirada fiera, mostrándole toda su rabia, todo su dolor. 

- ¿Buenos días, Julia?, ¡¡¿a ti te parece normal presentarte aquí y soltarme buenos días?!! ¿Es que no fui lo suficientemente clara largándome como lo hice? 
- No...Esto...A ver, es que no me dejaste que te explicara...
- ¡¡¿Que no te dejé que te explicaras?!! ¡¡¿Pero de verdad crees que me puedes explicar lo que vi?!! Tranquilo, no te preocupes, no hace falta, ya me lo expliqué yo solita: soy idiota. He sido una idiota. Todo este tiempo a tu lado he sido una completa y absoluta idiota. Yo queriéndote, imaginando una vida juntos y tú por ahí, tirándote a otras mientras yo me mataba a trabajar para poder pagar nuestro piso. ¿Lo ves? Todo explicado. Ahora, vete por dónde has venido.
- Pero Julia, déjame...
- ¡Pero Julia, nada! No quiero volver a verte en mi vida. No quiero oír tus absurdas excusas nunca más. ¡No quiero que me engañes más!
Carlos, absorto, escuchaba en silencio. ¿Qué le había sucedido a Julia? No había pasado ni un día desde la última vez que la vio y, sin embargo, parecía que una eternidad hubiese transcurrido para ella. Estaba irreconocible. Ella jamás le había hablado así. Ella era dulce, cariñosa, dócil. ¡Por eso la quería! ¿Qué le había hecho?, se preguntaba angustiado mientras intentaba nuevamente recuperar a su Julia.
- Julia, por favor, escúchame. Sé que la he fastidiado, pero mírame. He venido hasta aquí; he venido por ti. Te quiero. De verdad que te quiero, pero soy humano, cometo errores, perdóname, por favor.

La calidez y ternura que desprendían las palabras de Carlos calaron en Julia, como una lluvia fina y suave, limpiando los restos que la tormenta anterior había dejado en su alma. Su cerebro las recibió como a las notas de la más dulce melodía y en su interior una pequeña esperanza comenzó a despertar. ¿De verdad me querrá? Ha volado una gran distancia sólo para intentar hablar conmigo, si no le importase ni un poquito, se habría quedado en Dublín, ¿no?, elucubraba sin cesar. ¡¡Tú estás loca!!, le replicó a toda voz su consciencia, o más bien, lo poco que quedaba de ella, ¿en serio estás pensando lo que te oigo pensar? Julia le quiso contestar pero sintió tal vergüenza, que se obligó a callar. ¿Qué le estaba sucediendo? Había tomado una decisión y, sin embargo, la sola presencia de Carlos la invitaba de nuevo a dudar. ¿Y si se había precipitado? ¿Y si lo pudieran arreglar? Unos minutos con él y todo su mundo se descolocaba de nuevo. Buscó nuevamente su taza y la sostuvo con fuerza, sintiendo todo el apoyo que le ofrecía. Dio otro trago. Meditó.

- Dime algo, por favor, le suplicó Carlos acariciando su mano.

Instintivamente, Julia la retiró. Tan sólo unas horas atrás una caricia de Carlos la habría hecho vibrar y, sin embargo, ahora había sentido una leve punzada de aversión. Ya no confiaba en sus caricias, ya no las deseaba y, sin embargo, el anhelo de su cálida piel acariciando la suya, se materializó en forma de escalofrío que recorrió todo su cuerpo. ¿Qué debía hacer? Su cuerpo le enviaba señales contradictorias; su mente ya había demostrado su locura transitoria; su corazón, encogido, arrugado y aplastado como se encontraba, palpitaba de nuevo con la pasión de la primera vez. ¿Qué debía hacer? Era la pregunta que la torturaba en su interior. Lo había tenido tan claro en Dublín, pero ahora...Todavía sentía ese amor que los había unido. ¿De verdad estaba dispuesta a tirarlo todo por la borda? ¿Dos años a la basura por un error? Sí, Carlos había cometido un error fatal pero, ¿tanto como para que no pudiesen salvar su relación? ¿Qué quería ella en realidad? ¿De verdad un solo error de Carlos había terminado con su amor? Bajó la cabeza desconsolada, perdida, desbordada por tanta duda. Y sin percibirlo,  fue su mirada quien la guió. Se alejó del café, aún humeante sobre la mesa, y descendió. Recorrió sus piernas, de nuevo en constante movimiento, y llegó a sus cansados pies. Encontró sus zapatos. Y recordó.  Rememoró las últimas horas compartidas con sus tacones. El maremágnum de acontecimientos y sentimientos vividos la sacudió brutalmente y, entre el caos que la tormenta le había producido, un momento  salió a flote: el encuentro con su mago de Oz. Y vio a Sara, conmovida por la amiga recuperada; destruida, por el secreto que aún silenciaba.  Y comprendió. ¿Dos años de amor, un solo error? Le preguntó con cinismo su voz interior. Y entendió. Dos años de amor entregado, sumiso; unilateral. Un error descubierto; miles, ocultos en el más absoluto secreto.

- Creo que ya te he dicho todo lo que tenía que decirte. Ya no me mentirás más. He estado ciega mucho tiempo, autoengañándome, queriendo creerte porque te quería, autoconvenciéndome de que me querías y, ¿sabes una cosa? Ya lo he entendido. Tú nunca me has querido, tú no sabes lo que es querer. Ahora lo he comprendido. En el fondo, tengo que darte las gracias. Tú me has abierto los ojos. Ahora, por favor, lárgate y no me busques nunca más.
- Pero Julia...Yo te quiero, y sé que tú me quieres.
- Puede ser. Pero yo no quiero que me quieras así. Yo quiero un amor compartido, sano, real. Un amor fiel y leal.
- Julia...
- Adiós, Carlos. 

Carlos se quedó helado. ¿Cómo era posible que la Julia obediente y dependiente que había convivido con él lo estuviera rechazando? ¿Era posible que la hubiera perdido? Comprendió que, al menos de momento, no tenía nada que hacer. Se marchó, cavilando sobre lo sucedido. Sorprendido por haber perdido a la única mujer a la que nunca hubiera querido perder; la única a la que engañaba, pues era la única junto a la que regresaba. 

Nada de esto tenía sentido para él, en realidad, para nadie que no conociese la verdadera fuerza interior de Julia. Podía, por tanto, resultar sorprendente que fuera, precisamente el golpe final asestado por el que había sido el centro de su universo, el que la hiciera renacer. Pero Julia no era una mujer que se dejara vencer fácilmente. El dolor causado por la infidelidad la había hecho recordar aquella mujer que un día había sido. Comprendió que había dejado de ser ella. Había abandonado su esencia para acoplarse a la perfección con la natura de Carlos y en el camino, no sólo se perdió, dejó de ser. El resultado había sido un golpe mortal, una ruptura, un volver a comenzar.

Marta, que prudentemente había esperado en el salón a que el desencuentro de los jóvenes encontrara su fin, entró en la cocina con sigilo para no alterar más a su hija. Julia la recibió con ojos cristalinos, intentando contener las lágrimas, que imperiosas como olas, embravecían el intenso océano de su mirada. Marta, de lengua vivaz, intuyó que esta vez era mejor callar. Sin decir una palabra, abrazó a su hija, le ofreció el apoyo que antes le negó. Julia, rompió a llorar entre sus brazos, como la niña pequeña, sola y perdida, que se sentía. 

- No sé si he hecho bien, mamá. ¿Y si me estoy equivocando?
- No te preocupes cariño, has hecho lo que tu corazón te pedía, no has podido equivocarte.

Al escuchar las alentadoras palabras de su madre, Julia supo que tenía razón. No había cabida para las dudas en su particular aventura. Había decidido regresar a su hogar, siguiendo el camino dorado que sus zapatos le habían mostrado. Había vuelto a casa, donde había comenzado a sanar su dañado corazón; donde había reencontrado parte de su valor olvidado.  Miró a sus tacones, conmovida por lo que habían logrado y descubrió en el charol que nuevas baldosas se extendían a sus pies. Sintió que como el hombre de hojalata y el león, aún debía recorrer un largo camino para encontrar todo ese valor olvidado, para obtener un corazón sano. Supo que se encontraba aún en el amanecer de su empresa. Entendió que para restablecerse, el viaje debía proseguir. Cogió su móvil sin vacilación y realizó la llamada que había estado evitando. Desprovista, como había estado hasta entonces, del valor necesario. 



lunes, 18 de febrero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (V)


La intimidante puerta se abrió con gran ímpetu y Julia comprendió que ni el peor de sus temores se había aproximado a la terrible realidad que tenía que enfrentar: su madre, extremadamente cariñosa por la sorpresa; irritantemente inquisidora por la inexplicable presencia. 

- ¡Julia! -chilló la desconcertada mujer mientras hacía toda clase de aspavientos con sus manos- ¡Pero qué sorpresa tan grande! - exclamó al abrazarla con cariño- ¿Y Carlos, no ha podido venir? Anda, deja que te ayude con la maleta, mira qué cara llevas, pareces agotada. ¿Te apetece un café? Sí, seguro que lo necesitas. Pasa, pasa. Pero hija, podrías haber avisado de que venías y te habríamos recogido en el aeropuerto. Bueno, ¿y cómo es que has venido? ¿Acaso tienes vacaciones?

Uff, definitivamente, hablar con mi madre va a ser mucho más difícil que con Sara, ¿cómo puede soltar tanta pregunta en tan poco tiempo? Siempre he odiado esa habilidad suya. 

- Hija, ¿me estás escuchando? - insistió su madre al intuir que Julia se encontraba a una gran distancia de su conversación. 
- Sí, mamá, te oigo. - asintió una paciente Julia.
- ¡Ay, hija!, no pongas esa cara de angustia, que para una vez que vienes...Normal que quiera saber qué es de tu vida, ¿no? 
- Sí, mamá...
- ¡Julia! No empieces a darme la razón como a los locos. Sabes que no soporto que te rías de mí, ¿eh?

Pues empezamos bien...Susceptibilidad a flor de piel, el estado de ánimo perfecto para soltarle la bomba...


lunes, 4 de febrero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (IV)


Habían pasado dos años y podían transcurrir dos más, no importaba el tiempo que hubieran estado separadas, conocía a Sara y sabía que no revelaría nada más. Se habían encontrado en ese momento en que se va moldeando la personalidad. Habían vivido juntas su infancia y adolescencia y, aunque las personas crezcan, maduren, y crean que pueden llegar a cambiar, es un hecho conocido que los verdaderos rasgos de la personalidad, aquellos trazados cuando se es sólo un esbozo del adulto en que uno se convertirá, ésos siempre están presentes en el dibujo final. Julia lo sabía. Por ello, comprendió que Sara no le hablaría de aquello que le preocupaba. Por ello, decidió dejarla sola y continuar hacia su próxima parada.


lunes, 21 de enero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (III)


El agudo sonido del timbre penetró en su mente con intensidad, obligándola a abandonar la serenidad de su mundo onírico. Aún adormilada, Sara cubrió su cabeza con las mantas, rasgando esos últimos segundos de sueño al luminoso día que entraba ya por su ventana. Pensó por un instante en quedarse en la cama, ahí escondida bajo su cálido edredón, esperando que Morfeo la llevase de nuevo a su reino. Pero la curiosidad le venció: ¿quién vendría a levantarla un sábado por la mañana? Rezongando y de mala gana, se levantó. Se enfundó en su vieja bata de casa, mientras arrastraba hacia la puerta unos gastados conejitos de lana. Si es mi madre, la mato, pensó mientras se recogía torpemente su largo cabello en una cola, sin imaginar quién sería esa visita inesperada.

El asombro que al abrir la puerta se dibujó en su cara sólo era comparable a la ansiedad que la de Julia mostraba. Extrañada, sorprendida, completamente estupefacta y...Sí, también indignada. ¿Cómo se había atrevido a presentarse en su casa  así, sin más? ¿Cómo era capaz de aparecer como si nada hubiese sucedido? ¿Cómo podía tocar a su puerta después de lo que le dijo? 
Las preguntas se sucedían en su mente a la misma velocidad a la que su ira aumentaba. Su sangre hervía por todo su cuerpo, produciéndole un molesto cosquilleo en la punta de sus dedos. Sus mejillas mostraban su enfado en su máximo esplendor y entonces, cuando tan sólo una palabra de su boca habría prendido la llama capaz de abrasar para siempre el último resquicio de aquella amistad, sucedió. Vio sus zapatos. Los zapatos que ella le había elegido. El complemento perfecto para su nueva vida: los zapatos rojos de charol. Y las hormiguitas que minutos antes habían recorrido su cuerpo incendiando toda su sangre, parecieron descansar. La rabia comenzó a abandonarla y una terrible nostalgia ocupó, no sólo su cuerpo, también, su alma. Y sólo entonces la vio. Como el fantasma de la mujer que un día fue, el espectro de su amiga era quien la visitaba.

- No me cierres la puerta, por favor -suplicó Julia con apenas un hilo de voz- sé que no tengo derecho a presentarme aquí y esperar que me ayudes pero eres mi única amiga, la única verdadera y te necesito.

Sara continuaba paralizada, observando con atención aquella visión de Julia. ¿Qué le habría ocurrido? Ésa no era su amiga. Sus cabellos de vivo y fulgurante cobrizo se mostraban tristes y apagados; su tez, antaño rosada, cálida y suave, lucía pálida, fría y ajada. Las ojeras se perdían en las mejillas despojadas de toda luz y dos ojos hinchados se habían tragado su vivaracha mirada azul. ¿Qué había sido de su Julia? Y sólo entonces la buscó. 
La miel de su mirada se sumergió en el oscuro océano que habitaba la de Julia, y allí, ahogada, en el fondo de ese mar embravecido, encontró los restos de la mujer valiente que un día conoció: la niña indefensa y desvalida a la que protegió. Y sólo entonces la perdonó. 

El fantasma de Julia llevaba unos cinco minutos excusándose y suplicando su amnistía. Era hora de calmar su conciencia y comenzar a rescatar a esa pequeña niña perdida en el fondo del mar, a esa mujer valiente extraviada en algún lugar de Dublín. Y con un ligero movimiento de su delicada mano, Sara abrió la puerta por completo, ofreciéndole su casa.

- Está bien, acepto tus disculpas, anda, pasa. 
- Pero, ¿de verdad me perdonas? Te traté tan mal...
- Es cierto, me hiciste mucho daño. Pero bueno, prometimos estar siempre ahí, ¿no? Y creo que ahora más que nunca, necesitas que esté aquí. Mírate, pareces una piltrafilla, ¡tienes un aspecto horrible! Anda, siéntate y dime qué te pasa. 

Y mientras aquel espectro ocupaba el sitio que Sara le ofrecía en su sofá, el oscuro y embravecido mar que se escondía en su mirada comenzó a materializarse, abandonando su cuerpo, vaciando su alma, trayendo a la superficie a la valiente mujer que el fantasma había ocultado. Y como si los años de amistad perdida no hubieran existido, la complicidad entre ambas apareció en el abrazo que Sara le dio. Y así, en una perfecta catarsis, ambas amigas lloraron, liberando los años de dolor contenido.  

- Parecemos dos colegialas estúpidas -dijo Sara mientras intentaba secarse las lágrimas con el dorso de la mano. 
- Puede ser...Pero me hacía falta. Te he echado tanto de menos. 
- Y yo a ti, ni te imaginas cuánto -dijo con una voz ahogada que parecía ocultar mucho- Bueno, dejémonos de tonterías -añadió- voy a preparar un café y nos ponemos al día.
- Sí, un café estaría bien.

Sara, la gran sibarita del café, preparó éste con un cuidado extremo. El primer café que compartían en dos años debía ser especial. Había aprendido de su tía que un café puede revelar mucha información sobre la persona que lo bebe: los solitarios suelen elegir solos, los que van con prisa por la vida, expresos, los que tienen miedo a todo, descafeinados y así continuaba una larga lista. Sin embargo, ella creía firmemente que era el café el que transmitía al bebedor sus cualidades y no al revés. Por ello, eligió para la ocasión un capuchino: café, nata, y unas pepitas de chocolate. Un toque de miel, para endulzar y el café perfecto estaba listo. Justo lo que necesitaban, un toque de alegría y optimismo. 

- ¡Prepárate, honey, aquí vienen los capuchinos!, dijo Sara con voz cantarina mientras abría la puerta del salón con ayuda de su trasero.

Julia no pudo evitar reírse ante la emoción de su amiga. Y sin apenas percibirlo, su mente la traicionó de nuevo.

- Tal vez si yo hubiera puesto el mismo entusiasmo en mi relación con Carlos, no me habría sido infiel.
- ¡¿Qué ese cabrón te ha puesto los cuernos?!, chilló Sara airada.

Y mientras ella luchaba por no tirar la bandeja con su preciado tesoro, Julia se maldecía por haber expresado su pensamiento en voz alta.

- Cálmate, Sara, ahora te lo explico.
- No, no me pidas que me calme...Te lo dije, y no quisiste escucharme, sabía que era un cerdo. Lo sabía, ese cabrón intentó...¿Y encima te echas la culpa? Ah, no, de eso nada, si el muy capullo te ha puesto los cuernos es porque él es un imbécil, te enteras, ¡¡¡ÉL!!!
- Sí, lo sé -admitió Julia cabizbaja, y una lágrima recorrió de nuevo su rostro. 

Sara no podía soportar ver a su amiga así, y menos por un tipejo como Carlos. Dejó la bandeja en la mesita que tenían delante del pequeño sofá en el que se encontraban y, sentándose con cuidado, acarició la mejilla de su amiga para secarle la lágrima.

- Está bien  -suspiró- ya estoy calmada. Te escucho.
- No...No tienes que calmarte, sé que tienes razón...Es sólo que lo quería...¡Y me siento tan idiota!, añadió antes de que de su voz se extinguiese ahogada en el océano que inundaba sus ojos.  

Su amiga la abrazó de nuevo, agradecida porque el dolor de Julia hubiera ocultado su pequeño desliz lingüístico, afligida por verla hundida sabiendo que Carlos no la merecía, atormentada por el recuerdo que advertía este final. Y mientras acariciaba los revueltos rizos de Julia, su memoria la atrapó. Regresó a Dublín, al pequeño apartamento que Julia y Carlos compartían, a la noche que puso fin a su amistad. 

- Vaya Sara, te has puesto muy sexy para salir esta noche. ¿Es para impresionarme? -le dijo Carlos con una voz que resultaba incómodamente sensual.
- No digas tonterías. Anda, lárgate y déjame que me arregle en paz.
- Venga, no disimules, he visto cómo miras -insistió Carlos guiñándole un ojo.
- ¿Tú eres tonto o qué? Te he dicho que te largues.

Pero Carlos no se fue, caminó pausadamente hacia ella. “Vamos”, le dijo, “¿no notas la tensión entre nosotros?”. Y un escalofrío fue lo que Sara notó. Ella retrocedió. Él dio un paso más, y la alcanzó. Y su mano, ansiosa por sentir la piel erizada de Sara, acarició su cuello, bajando lentamente hasta el tirante de su vestido. Y lo dejó caer.  Ella parpadeó asombrada. Por primera vez en su vida, no sabía cómo reaccionar. Se sintió intimidada, acorralada y asustada. Y la besó. Y al fin, ella reaccionó. Reuniendo toda su fuerza, altamente incrementada por el asco y la rabia que el incómodo momento le producían, Sara lo empujó. Lo apartó, lo abofeteó y se marchó. 

- Esto no quedará así, puta.
- De eso puedes estar seguro, capullo.

Y claro que no quedó así. Pero tampoco quedó cómo Sara habría imaginado. Carlos era un profesional del engaño y, como tal, supo actuar antes y mejor. 

Sara huyó esa noche, como Julia lo hizo dos años después, en busca de su amiga. Sintiéndose sucia, como un viejo trapo arrumbado en un oscuro rincón, corrió con desesperación, hasta quedar sin aliento. Paró un instante, el que la perdió. ¿Cómo le iba a contar a su amiga lo que había ocurrido? Tomó aire, y miró al cielo en espera de una respuesta.  Recibió con gratitud la límpida lluvia irlandesa, y se dejó purificar. No podía ocultárselo, pero Julia sufriría doblemente si sabía lo que Carlos había intentado con ella. Mejor omitiría ese detalle. Le hablaría de otra. Más calmada y decidida, continuó, guareciéndose ya de la lluvia bajo las cornisas, hasta la oficina de su amiga. Se detuvo en la puerta para adecentarse un poco, y entró. Y recibió el segundo golpe de la noche. El impacto final. El que la tumbó.

- Sara, pareces ausente, ¿te encuentras bien? Aún estás enfadada conmigo, ¿verdad? -le preguntó Julia mientras, una vez más, se secaba sus ojos enrojecidos.

Y Sara regresó a España, a Murcia, a su casa. Le sonrió dulcemente y, negando con su cabeza, le acercó un café.

- No, no es eso. Claro que me dolió, ya te lo he dicho, pero eso ya no importa. Era otro recuerdo el que me atormentaba ahora.
- ¿Quieres que hablemos de ello?
- No, no te preocupes. Has hecho un largo viaje, ya hablaremos de eso otro día. Ahora, cuéntame, ¿qué ha pasado exactamente?

Julia agarró la taza que su amiga le había ofrecido con fuerza, como si poder controlar el destino del café, le otorgara el poder para controlar su propio destino. Se aferró a ella casi con fervor, y tras dar el primer sorbo, comenzó su relato. Sara cogió la suya con ansiedad, buscando en ella a ese cómplice que le ofreciese la calma para no estallar. Y se dispuso a escuchar.

La desesperación primera de Julia se fue tornando en leve tristeza, para acabar en tan sólo una pena. La rabia de Sara se apaciguaba también, a medida que saboreaba el intenso sabor del capuchino en su paladar. El oscuro elixir hizo su magia. Un leve alborozo flotaba entre las amigas y se dejaron llevar por él, expiando sus culpas entre tragos de café.

Sara fue la primera en dejar su taza. Ya estaba tranquila, Julia necesitaba su apoyo, ni su ira ni sus secretos, y es lo que le iba a ofrecer. Julia dejó la suya después. La soltó sin ningún reparo, ya no la necesitaba. Las dulces palabras de Sara eran todo lo que precisaba. Miró a sus zapatos y sonrió. Había regresado a su hogar aunque, paradójicamente, fue allí donde encontró su mago de Oz particular: Sara, quien una vez más, la había sanado. Y mientras divagaba imaginando baldosas amarillas, magos y brujas, su mirada se fundió con la de su amiga y supo, que su peculiar maga, aún tenía más por revelar. 


lunes, 14 de enero de 2013

Los Zapatos Rojos de Charol (II)


Dos trenes y un avión después, unos titubeantes y dubitativos tacones rojos pisaban suelo español. Contentos de haber regresado a su hogar, intentaban caminar con ligereza, mas la lentitud con la que se movían descubría la inquietud que los apresaba. Se detuvieron un instante y contemplaron los primeros rayos de sol abriéndose paso entre las nubes. Un nuevo día comenzaba y recibía con una cálida sonrisa a una nueva Julia. Una Julia llena de esperanza pero no por ello vacía de temor. 
Su particular camino de baldosas amarillas había surgido ante ella y había escogido seguirlo. Ahora, como Dorothy, debería continuarlo hasta el final, enfrentándose a los peligros que le trajera. Miró a sus zapatos y el brillo del sol en el charol apagó todo resquicio de aprensión. Sabía que había tomado la decisión correcta y esa certeza le insuflaba la determinación necesaria para seguir adelante con su plan. Reencontrado su valor, miró con entereza a la nueva vida que comenzaba, se aferró a su maleta y abandonó la terminal.


lunes, 8 de octubre de 2012

Los Zapatos Rojos de Charol

La incesante lluvia se clavaba en cada poro de su piel con la misma intensidad que sus tacones de aguja en el frío y solitario asfalto. Su tristeza y melancolía, el único equipaje que acompañaban su huida; los fríos halos de luz plateada que desde el firmamento guiaban su camino, su único testigo. ¿Qué podía hacer ahora? ¿A quién recurrir cuando estás sola en la inmensidad de un  mundo que te es totalmente ajeno?

Giró la esquina y paró, casi sin aliento, para tomar aire. Intentó calmarse. Se desplomó. Cayó al suelo como la niña desvaída que un día fue, como la frágil mujer que últimamente había ocupado su ser. Acurrucada, al resguardo del raído toldo de una pequeña tienda; desgarrada, como un viejo periódico arrollado por el tráfico. Lloró. Ríos negros de rímel recorrían su rostro, mientras sus ojos, enrojecidos, intentaban hacerlos desaparecer. Allí, tirada, escondida, avergonzada, descubrió de pronto sus zapatos y supo exactamente qué debía hacer.
Haciendo acopio de la fuerza que un día formó parte de ella, se levantó y, calmada, con paso firme, se dirigió al que nunca había llegado a ser su hogar con un propósito inalterable en su mente. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo no había comprendido cuán perdida estaba? Con la cabeza cabizbaja y la mirada fija en sus pies, descubrió a una nueva Julia en el reflejo del rojo charol, ¿o era quizá la Julia que siempre había habitado en ella?, ¿era acaso la Julia a la que había intentado sofocar? Una leve sonrisa se dibujó en su boca, mientras observaba, con el mismo entusiasmo de antaño, sus zapatos rojos de charol. 




- ¿Cómo me quedan? ¿Bonitos? ¿Debería comprarlos? -Preguntó Julia con impaciencia e ilusión contenida ante la posible nueva adquisición.
- Elegantes, clásicos...¡Invisibles! -Contestó Sara mientras hacía una mueca de desaprobación.
- Pero son preciosos, ¿no te parece? -Insistió una Julia, siempre necesitada de la aprobación de sus seres queridos.
- Son preciosos para mi madre, quizá incluso mi abuela. -Sentenció, mientras se giraba para señalar unos zapatos en la balda superior- Éstos. Éstos son tus zapatos, te están llamando a gritos, ¿no los oyes?
- ¡Pero si son rojos! ¿Te has vuelto loca? ¿Dónde voy yo con unos zapatos rojos? -Inquirió una Julia cada vez más alterada por no lograr la aceptación buscada.
- ¿Que dónde vas tú con unos zapatos rojos? -Repitió Sara con gran incredulidad- Pues a hacerte visible. A enseñarle al mundo quién es Julia Castaño, a demostrar que tienes carácter, que no tienes miedo y no te importa el qué dirán. ¡A mostrarle a todos la gran personalidad que escondes!
- Pero son rojos...¡Y de charol! ¿No destacarán demasiado? -Insistió una Julia cada vez más convencida por las palabras de su amiga.
- ¡Por supuesto que no! Son el complemento perfecto para una mujer que pisa fuerte por el mundo -replicó su amiga mientras le guiñaba un ojo-Vamos, al menos, pruébatelos.

Dejándose llevar por la pasión que habitaba en las palabras de su fiel compañera, Julia pidió que se los sacaran y no pudo más que coincidir con la buena elección de Sara.
-  ¡Vaya! Me quedan genial, ¿verdad?
- ¡Perfectos! El complemento necesario para esta nueva etapa que comienzas -Sentenció Sara con una sonrisa llena de sinceridad- Pareces Dorothy, ansiando vivir aventuras en Oz- añadió, y ambas comenzaron a reír.

Vaya...Hacía ya dos años que sus zapatos rojos de charol se habían convertido en su complemento perfecto y, sin embargo, sólo ahora se sentía como una auténtica Dorothy. Ojalá con el simple chasquido de sus zapatos hubiera podido regresar a su hogar.
Empapada, abatida, desgarrada en lo más profundo de su ser, miró sus zapatos y halló el empuje necesario para continuar su camino. Exhausta y sin aliento, tras haber caminado más de 30 minutos bajo la lluvia, llegó. Entró, decidida, la que sería la última vez a su apartamento. Por un instante dudó, al descubrir las paredes llenas de recuerdos: cuadros elegidos con el máximo cuidado, cuya elección se había tornado en anécdota y ésta en recuerdo amado; fotografías de una vida que ahora se desvanecía; reminiscencias que siempre la acompañarían, que quizá un día recuperaría, pero que ahora debía dejar atrás. Miró sus zapatos una vez más y, cual Dorothy, añoró su hogar. No, no era momento de retroceder, no había cabida para los titubeos. Sabía lo que debía hacer e iba a hacerlo sin arrepentimientos, sin dudas, sin mirar atrás.
Ajena a cuanto sucedía a su alrededor, se dirigió a su dormitorio. Contuvo la respiración por un instante, al abrir la puerta y encontrarse con la que había sido protagonista de tantos encuentros, de tantos susurros, de tanta complicidad, de tantas mentiras...No, no había cabida para la flaqueza. Respiró con contundencia y se dirigió a los pies de la que tantos secretos había compartido con ella. Subió la colcha de la cama y extrajo una maleta.
Abrió el armario y poco a poco fue llenando con lo imprescindible la que pronto sería su nueva compañera de viaje. La decepción y la tristeza, tan impregnadas ahora en su alma, se iban mitigando y daban paso a una renovada añoranza y esperanza entremezcladas con la alegría de descubrir cuán ligero era en verdad su equipaje.
Se sorprendió a sí misma cuando hubo terminado, pues nunca se hubiera creído capaz de viajar con tan poco bagaje.
- ¿Se puede saber dónde vas con ese maletón? - Le había preguntado Sara tan sólo dos años atrás.
- Mmmm, ¿insinúas que me he pasado? - Fue la respuesta de una Julia algo avergonzada.
- Cariño, no insinúo, afirmo, vamos de fin de semana a Ibiza y, ¡tú parece que fueras un mes a Finlandia!
Si pudiese verme ahora, pensó mientras se le escapaba otra lágrima, pero Sara ya no estaba en su vida. Sí, Sara se había ido, hacía ya dos años, y ella se había perdido en lo que parecía una eternidad.
-  Tienes que conocerlo -recuerda que le inquirió tras su primera cita con Carlos- es ÉL - ¿Por qué no habría escuchado a su amiga?, se planteaba ahora.



-   Julia, tú siempre crees que es ÉL y luego te llevas el hostión. Qué diferente habría sido todo, si la hubiera escuchado.

-  Que no Sara, que esta vez es ÉL, lo sé. - refutó Julia negándose a admitir todos sus errores pasados. Cuánto se arrepentía de ello.


Sara la conocía tan bien que sabía que no podría salir victoriosa de aquella discusión, así que hizo lo que cualquiera en su lugar: bajó la cabeza, respiró hondo y le dijo a su amiga lo que deseaba oír:

-  Está bien, prepara lo que quieras, lo conoceré.


Como toda gran amiga, Sara tenía a veces complejo de madre. Siempre había estado unida a Julia, desde que llegó a mitad de curso en tercero de EGB. Ella la acogió y, desde ese preciso instante, supo que debía cuidar de ella. Supo que serían amigas para siempre.

Julia siempre recordaba cómo la había defendido aquel primer día en un entorno extraño.
- Zanahoria, jajaja -se habían reído todos los de la clase al verla entrar- si ha llegado una zanahoria - gritaban mientras la señalaban riéndose.

Sara, ignorando las crueles bromas de sus compañeros, se levantó, la cogió de la mano y la acercó a su pupitre. Julia supo que siempre cuidaría de ella. Supo que serían amigas para siempre.
Se enjugó las últimas lágrimas. Fue al baño, se limpió la cara y cuando se disponía a abandonar su particular mundo de Oz, By the way de los Red Hot la hizo regresar. No podía ser. No sería capaz, pensó mientras buscaba su móvil. Cállate. Deja de sonar. Gritaba en su mente mientras su ira aumentaba por segundos. ¿Cómo se puede tener tan poca vergüenza?, seguía preguntándose mientras la incesante melodía continuaba elevando su volumen. NO PODÍA SER. Allí, en la palma de su temblorosa mano, en la frontera de sus dos mundos, en el límite de su bien y su mal. Allí, seis letras tambaleaban de nuevo su fortaleza, seis letras que se habían tornado en esa chispa, la adecuada, la que hizo arder todo lo que había sido su vida en estos dos años. CARLOS.
 Miró sus zapatos. Vio a Sara. Percibió su hogar. CARLOS. Rechazó la llamada. Abandonó la tristeza y la melancolía. Abrazó la esperanza y la ilusión. Cogió su maleta liviana, su bolso y se marchó.
No era Dorothy, no tenía una bruja a quien acudir ni un mago a quien preguntar. No había leones, ni espantapájaros, ni hombres de hojalata. Pero había magia: su voluntad. Quizá era tarde. Era un riesgo que debía correr. Mas si miraba a sus zapatos, sabía que, al menos, debía intentarlo.
No era Dorothy, pero extrañaba su hogar. Añoraba a Sara. Su amiga, la de verdad. Su amiga, la que la apoyó en todos y cada uno de sus fracasos y con la que celebró todos y cada uno de sus éxitos. Su amiga, la que la advirtió. Sara, la amiga de quien se alejó por ÉL. La amiga a quien traicionó. La amiga que abandonó.
No era Dorothy, pero como ella, miró sus zapatos rojos de charol y, al cobijo de la luna y el traqueteo del tren, deseó regresar a su hogar.