Como una mina pisada sin haber sido percibida, la inadvertida pero cuantiosa cafeína ingerida por Julia en las últimas horas explotó desde sus entrañas, desgarrando la calma que tan arduo trabajo le había costado conseguir. El móvil, que segundos antes se encontraba firmemente sujeto entre sus manos, cayó al suelo con el primer temblor de éstas. El bolso, que tranquilamente reposaba en su regazo, se encontró junto al que celosamente había guardado en su interior, pues el estallido originado en el estómago alcanzó a las piernas en forma de movimiento nervioso. Julia, temblorosa, agitada y temerosa, se levantó torpemente de la silla para recoger a sus leales amigos. Los depositó a su lado, con sumo cuidado, como si el protegerlos a ellos, la mantuviese a salvo de esa voz amenazante que retumbaba en su cabeza; esa voz lejana que se aproximaba desde la puerta.
No, definitivamente, no podía ser. ¿Se habría atrevido a seguirla hasta su hogar? ¿De verdad habría sido capaz? ¿Era realmente su voz la que seguía escuchando a través del pasillo? Su mente le lanzaba las preguntas cual proyectiles, rematando su ya herido corazón. La intranquilidad, con la que durante horas había jugado al despiste, le había ganado la partida. Oficialmente, la había atrapado de nuevo, haciendo imposible que el sosiego hallara espacio alguno para colarse en su cuerpo. Con pasos histéricos, deambuló de un lado a otro de la cocina, mientras se repetía a sí misma que debía tratarse de una pesadilla. Intentaba analizar los sonidos que sus oídos captaban con atención. La sola idea de que Carlos pudiera estar a unos metros de ella le producía tal ansiedad que se tuvo que volver a sentar.
Haciendo caso omiso al nerviosismo que ya la dominaba, cogió de nuevo su taza de café, plenamente convencida de que en ella encontraría la fuerza para enfrentarse a ese fantasma que parecía cada vez más humano; a esa voz irreal que cada vez parecía más real. Y allí, sentada, unida de nuevo a su compañera fiel, volcando en ella sus miedos, absorbiendo de ella su valor; allí, la encontró Carlos.
- Buenos días, Julia.
Ella, todavía intentando comprender lo que sucedía, no habló. Bajó la mirada hacia su mágica bebida y dio un trago al café. Buscó, en la cotidianidad de su nueva rutina, la calma que tanto necesitaba. No la encontró. Dejó la taza en la mesa y le dirigió una mirada fiera, mostrándole toda su rabia, todo su dolor.
- ¿Buenos días, Julia?, ¡¡¿a ti te parece normal presentarte aquí y soltarme buenos días?!! ¿Es que no fui lo suficientemente clara largándome como lo hice?
- No...Esto...A ver, es que no me dejaste que te explicara...
- ¡¡¿Que no te dejé que te explicaras?!! ¡¡¿Pero de verdad crees que me puedes explicar lo que vi?!! Tranquilo, no te preocupes, no hace falta, ya me lo expliqué yo solita: soy idiota. He sido una idiota. Todo este tiempo a tu lado he sido una completa y absoluta idiota. Yo queriéndote, imaginando una vida juntos y tú por ahí, tirándote a otras mientras yo me mataba a trabajar para poder pagar nuestro piso. ¿Lo ves? Todo explicado. Ahora, vete por dónde has venido.
- Pero Julia, déjame...
- ¡Pero Julia, nada! No quiero volver a verte en mi vida. No quiero oír tus absurdas excusas nunca más. ¡No quiero que me engañes más!
Carlos, absorto, escuchaba en silencio. ¿Qué le había sucedido a Julia? No había pasado ni un día desde la última vez que la vio y, sin embargo, parecía que una eternidad hubiese transcurrido para ella. Estaba irreconocible. Ella jamás le había hablado así. Ella era dulce, cariñosa, dócil. ¡Por eso la quería! ¿Qué le había hecho?, se preguntaba angustiado mientras intentaba nuevamente recuperar a su Julia.
- Julia, por favor, escúchame. Sé que la he fastidiado, pero mírame. He venido hasta aquí; he venido por ti. Te quiero. De verdad que te quiero, pero soy humano, cometo errores, perdóname, por favor.
La calidez y ternura que desprendían las palabras de Carlos calaron en Julia, como una lluvia fina y suave, limpiando los restos que la tormenta anterior había dejado en su alma. Su cerebro las recibió como a las notas de la más dulce melodía y en su interior una pequeña esperanza comenzó a despertar. ¿De verdad me querrá? Ha volado una gran distancia sólo para intentar hablar conmigo, si no le importase ni un poquito, se habría quedado en Dublín, ¿no?, elucubraba sin cesar. ¡¡Tú estás loca!!, le replicó a toda voz su consciencia, o más bien, lo poco que quedaba de ella, ¿en serio estás pensando lo que te oigo pensar? Julia le quiso contestar pero sintió tal vergüenza, que se obligó a callar. ¿Qué le estaba sucediendo? Había tomado una decisión y, sin embargo, la sola presencia de Carlos la invitaba de nuevo a dudar. ¿Y si se había precipitado? ¿Y si lo pudieran arreglar? Unos minutos con él y todo su mundo se descolocaba de nuevo. Buscó nuevamente su taza y la sostuvo con fuerza, sintiendo todo el apoyo que le ofrecía. Dio otro trago. Meditó.
- Dime algo, por favor, le suplicó Carlos acariciando su mano.
Instintivamente, Julia la retiró. Tan sólo unas horas atrás una caricia de Carlos la habría hecho vibrar y, sin embargo, ahora había sentido una leve punzada de aversión. Ya no confiaba en sus caricias, ya no las deseaba y, sin embargo, el anhelo de su cálida piel acariciando la suya, se materializó en forma de escalofrío que recorrió todo su cuerpo. ¿Qué debía hacer? Su cuerpo le enviaba señales contradictorias; su mente ya había demostrado su locura transitoria; su corazón, encogido, arrugado y aplastado como se encontraba, palpitaba de nuevo con la pasión de la primera vez. ¿Qué debía hacer? Era la pregunta que la torturaba en su interior. Lo había tenido tan claro en Dublín, pero ahora...Todavía sentía ese amor que los había unido. ¿De verdad estaba dispuesta a tirarlo todo por la borda? ¿Dos años a la basura por un error? Sí, Carlos había cometido un error fatal pero, ¿tanto como para que no pudiesen salvar su relación? ¿Qué quería ella en realidad? ¿De verdad un solo error de Carlos había terminado con su amor? Bajó la cabeza desconsolada, perdida, desbordada por tanta duda. Y sin percibirlo, fue su mirada quien la guió. Se alejó del café, aún humeante sobre la mesa, y descendió. Recorrió sus piernas, de nuevo en constante movimiento, y llegó a sus cansados pies. Encontró sus zapatos. Y recordó. Rememoró las últimas horas compartidas con sus tacones. El maremágnum de acontecimientos y sentimientos vividos la sacudió brutalmente y, entre el caos que la tormenta le había producido, un momento salió a flote: el encuentro con su mago de Oz. Y vio a Sara, conmovida por la amiga recuperada; destruida, por el secreto que aún silenciaba. Y comprendió. ¿Dos años de amor, un solo error? Le preguntó con cinismo su voz interior. Y entendió. Dos años de amor entregado, sumiso; unilateral. Un error descubierto; miles, ocultos en el más absoluto secreto.
- Creo que ya te he dicho todo lo que tenía que decirte. Ya no me mentirás más. He estado ciega mucho tiempo, autoengañándome, queriendo creerte porque te quería, autoconvenciéndome de que me querías y, ¿sabes una cosa? Ya lo he entendido. Tú nunca me has querido, tú no sabes lo que es querer. Ahora lo he comprendido. En el fondo, tengo que darte las gracias. Tú me has abierto los ojos. Ahora, por favor, lárgate y no me busques nunca más.
- Pero Julia...Yo te quiero, y sé que tú me quieres.
- Puede ser. Pero yo no quiero que me quieras así. Yo quiero un amor compartido, sano, real. Un amor fiel y leal.
- Julia...
- Adiós, Carlos.
Carlos se quedó helado. ¿Cómo era posible que la Julia obediente y dependiente que había convivido con él lo estuviera rechazando? ¿Era posible que la hubiera perdido? Comprendió que, al menos de momento, no tenía nada que hacer. Se marchó, cavilando sobre lo sucedido. Sorprendido por haber perdido a la única mujer a la que nunca hubiera querido perder; la única a la que engañaba, pues era la única junto a la que regresaba.
Nada de esto tenía sentido para él, en realidad, para nadie que no conociese la verdadera fuerza interior de Julia. Podía, por tanto, resultar sorprendente que fuera, precisamente el golpe final asestado por el que había sido el centro de su universo, el que la hiciera renacer. Pero Julia no era una mujer que se dejara vencer fácilmente. El dolor causado por la infidelidad la había hecho recordar aquella mujer que un día había sido. Comprendió que había dejado de ser ella. Había abandonado su esencia para acoplarse a la perfección con la natura de Carlos y en el camino, no sólo se perdió, dejó de ser. El resultado había sido un golpe mortal, una ruptura, un volver a comenzar.
Marta, que prudentemente había esperado en el salón a que el desencuentro de los jóvenes encontrara su fin, entró en la cocina con sigilo para no alterar más a su hija. Julia la recibió con ojos cristalinos, intentando contener las lágrimas, que imperiosas como olas, embravecían el intenso océano de su mirada. Marta, de lengua vivaz, intuyó que esta vez era mejor callar. Sin decir una palabra, abrazó a su hija, le ofreció el apoyo que antes le negó. Julia, rompió a llorar entre sus brazos, como la niña pequeña, sola y perdida, que se sentía.
- No sé si he hecho bien, mamá. ¿Y si me estoy equivocando?
- No te preocupes cariño, has hecho lo que tu corazón te pedía, no has podido equivocarte.
Al escuchar las alentadoras palabras de su madre, Julia supo que tenía razón. No había cabida para las dudas en su particular aventura. Había decidido regresar a su hogar, siguiendo el camino dorado que sus zapatos le habían mostrado. Había vuelto a casa, donde había comenzado a sanar su dañado corazón; donde había reencontrado parte de su valor olvidado. Miró a sus tacones, conmovida por lo que habían logrado y descubrió en el charol que nuevas baldosas se extendían a sus pies. Sintió que como el hombre de hojalata y el león, aún debía recorrer un largo camino para encontrar todo ese valor olvidado, para obtener un corazón sano. Supo que se encontraba aún en el amanecer de su empresa. Entendió que para restablecerse, el viaje debía proseguir. Cogió su móvil sin vacilación y realizó la llamada que había estado evitando. Desprovista, como había estado hasta entonces, del valor necesario.

No hay comentarios :
Publicar un comentario