Encontrar
mi camino de vuelta a casa, fue muy fácil; sólo tuve que mirar fijamente la
carta que Merlín me había dado y cuando levanté la vista, estaba de vuelta en
mi habitación. El despertador sonaba fuerte e insistente, pero no me molestó en
absoluto. Me levanté de un salto y me preparé para este nuevo día que, sin
duda, también era el comienzo de una nueva vida.
Tenía
un último asunto por resolver. Alguien a quien no podía dejar atrás, pero con
quien tampoco podía avanzar.
Tras
una buena ducha y un desayuno fuerte, me decidí a llamar. El tiempo puede ser
lineal o circular, pero las relaciones siempre se basan en un antes y un
presente, dejando como duda, miedo o puerta abierta un posible futuro.
Aquí
y ahora, podía decidir solo por mí, y lo tenía muy claro: para elevar mi
energía no podía enterrar la rabia y el rencor bajo una sonrisa estudiada o un
dolor de barriga inesperado.
Con
los regalos de Merlín sobre mi escritorio y los tonos de llamada sonando, supe,
que me respondería:
-
Hola ¡Cuánto tiempo!- Me dijo una voz amigable,
pero titubeante.
-
Sí, lo sé. ¿Tienes tiempo para vernos hoy?- Iba
directa, no me permití vacilar.
-
¡Claro!- Ahora su voz desprendía seguridad.
-
¿Qué te parece si nos encontramos en nuestro
café de siempre a eso de las cinco?
-
Perfecto. Ahí estaré - Sonaba a promesa
cumplida. Sonreí.
A lo
largo de los años, tras varias experiencias duras y traumáticas, había
aprendido a desechar las emociones “negativas” a un sótano cada vez más lleno,
cuya puerta, con el tiempo, ya no podía cerrar. La rabia o la vergüenza que
provocaban en mí el rechazo. La ira a raíz de algún comentario despectivo hacia
mi persona, entre otras decepciones y desencantos, estaban apiladas de forma
ordenada, pero sin etiquetar. No sabía, cuando de pronto me enfadaba sin más,
sin motivo alguno, por qué afloraba en mí esa emoción, cuando la situación no
tenía nada que ver. Tampoco reconocía, que mis dolores físicos de un día para
otro, por más relajada que hubiese estado, afloraban como síntomas de mi
malestar emocional.
Era
hora de limpiar este sótano de forma definitiva. Me enfrentaría a la
posibilidad de ser rechazada por el hombre al que he amado durante varios años,
en secreto, siempre entre bambalinas, disfrazada de mejor amiga cuando debía
salir a escena, pero nunca como protagonista de una verdadera historia de amor.
-
¡Se acabó! – Pronuncié alto y claro en el vacío
de mi hogar. – Debo ser capaz de expresarme abiertamente, no tengo porqué temer
a nada, si lo que digo, lo digo de corazón. Tal y como he aprendido con mi
mago.
Empecé
a prepararme. Puse mi autoestima como maquillaje, con toques de alegría y
perfume de azafrán. Estaba perfecta. Estaba en armonía. Como la imagen de la
mujer en la carta.
Conforme
se acercaba el momento y los pasos que me separaban de la cafetería, se podían
contar con los dedos de una mano, el nerviosismo se apoderó de mí. Pero no el
miedo, así que busqué en mi bolso los dos regalos de Merlín y acaricié el
péndulo para retomar fuerzas y tirar de esa puerta de madera gruesa y tallada,
para encontrarme con el que hoy podría ser más que un amigo, si él lo supiese.
Continuara…
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