jueves, 4 de julio de 2013

Capítulo XVI: Un Océano Cabe en Una Última Copa (GLORIA)


Puse un pie en el suelo para que el carrusel dejase de girar. Me sentí algo aliviada, pero la luz insistente, me pegaba en la cara cada vez que intentaba abrir los ojos.

Me hice la valiente y fui incorporándome, con el estómago girando en sentido contrario a aquel extraño carrusel. Solo podía abrir un poquito mis ojos, todo era brillante y los pasos de elefante que se acercaban a mi habitación, acentuaban mi gran dolor de cabeza.

Toc, toc – Alguien iba a echar la puerta abajo. O eso me parecía a mí.

- Guten Morgen! – Un amplificador con patas a todo volumen trataba de darme los buenos días. – Komm schon Jonas. – Es ist Tante Gloria. – Ahora era la tía Gloria. Katerina había venido con su hijo, el cual era portador de la cura más efectiva para esta clase de resacas: café solo.

- Buenos días – Se me quebró la voz en el intento de parecer alegre y no borracha. – Muchas gracias precioso.- Le di un sorbo, estaba fortísimo y me puse a toser. Jonas me miraba expectante y yo fingí – Uuumm ¡pero qué rico! – Ahora podré vomitar del todo. Eso es lo que pensaba mientras le decía: Ahora Tante Gloria podrá levantarse – mientras le miraba con una sonrisa que solo causaba más dolor corporal del que ya tenía.

- Bueno Jonas, ve con Christel. Pero antes dame un besito cielo. – Y aquel angelical niño salió de la habitación, dejándome a solas con mi nueva extraña ¿amiga?

- Pero madre mía la que montamos anoche al final. – Me comenta llevándose la mano a la frente y quitándose un falso sudor en un gesto teatral.

- Eh, ¿cómo? – Yo no estaba para nada.

- ¡Venga yaaaa! No te hagas la tonta conmigo ¿Cómo no te vas a acordar?

- ¿De qué? –La preocupación hacía más efecto que la cafeína.

- ¿De verdad que no recuerdas lo que hicimos después de estar en el Z- Bar? - Ahora me miraba con desaprobación.

- ¿No? De verdad que no sé nada de anoche. – Ahora me daba cuenta, no tenía una laguna mental, sino un océano, no recuerdo nada desde sus confesiones en el baño de chicas.

- Ponme al día. – Le ordené.

- Pues mira, ves esta servilleta de aquí.

- Aha.

- ¿Ves este número de teléfono de aquí?

- Aha.

- Ves que lleva un nombre.

- Sí.

- Pues has quedado en llamarle hoy. – Deja la nota sobre el escritorio, me mira con una sonrisa de complicidad y se marcha riendo, una vez más.

Como buenamente pude, recogí la servilleta y la revisé con cara de no entender nada. Seguía sin acordarme. Me estaba ahogando en aquel océano de dudas mientras intentaba averiguar qué fue lo que hicimos anoche.

Tomé otro sorbo de café y decidí echarle un vistazo a mi correo. ¡Bingo! Elena me ha escrito. Genial, no podía porque las letras aún estaban de fiesta, bailando sin parar. Voy a darme una ducha.

Antes de ir al baño me pasé por la cocina para dar los buenos días. Katerina y Christel estaban de nuevo metidas en sus conversaciones privadas de gestos tristes. Así que dejé la taza en el fregadero, di las gracias por dejarme caerme borracha sobre la cama para invitados, quise decir, mientras le daba las gracias por acogerme y le pedía permiso para ducharme.

Me tomé mi tiempo, aunque me incomodaba la idea de no tener ropa para cambiarme. Me sentía avergonzada. Menuda imagen estaba dando de mí misma.

Una vez “arreglada” aunque mi cara no tenía arreglo alguno en estas condiciones, volví a la cocina, donde el ambiente cambió de forma radical al verme entrar, Christel y Katerina se intercambiaban miraditas y se reían. Ellas lo sabían todo y no estaban dispuestas a contarme nada. Creo que quieren jugar conmigo. Bueno, las dejaré, sobre todo por el mal trago que está pasando mi extraña nueva amiga.

Mientras me ofrecían el desayuno, una melodía que reconocí, empezó a sonar en la habitación de invitados y recordé que iba a leer el mail de Elena. ¿Sería ella? ¡Seguro que sí! ¡Yujuu! Me disculpé y fui corriendo a la habitación. Esta maratón me pasaría factura más tarde, cuando hubiese hablado con mi mejor amiga. Pero… ¿de quién es este número?

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