Puse
un pie en el suelo para que el carrusel dejase de girar. Me sentí algo
aliviada, pero la luz insistente, me pegaba en la cara cada vez que intentaba
abrir los ojos.
Me
hice la valiente y fui incorporándome, con el estómago girando en sentido
contrario a aquel extraño carrusel. Solo podía abrir un poquito mis ojos, todo
era brillante y los pasos de elefante que se acercaban a mi habitación,
acentuaban mi gran dolor de cabeza.
Toc, toc – Alguien iba a echar la puerta abajo. O eso me parecía a
mí.
- Guten Morgen! – Un amplificador con patas a todo
volumen trataba de darme los buenos días. – Komm schon Jonas. – Es ist Tante
Gloria. – Ahora era la tía Gloria.
Katerina había venido con su hijo, el cual era portador de la cura más efectiva
para esta clase de resacas: café solo.
- Buenos días – Se me quebró la voz en el intento
de parecer alegre y no borracha. – Muchas gracias precioso.- Le di un sorbo,
estaba fortísimo y me puse a toser. Jonas me miraba expectante y yo fingí –
Uuumm ¡pero qué rico! – Ahora podré
vomitar del todo. Eso es lo que pensaba mientras le decía: Ahora Tante
Gloria podrá levantarse – mientras le miraba con una sonrisa que solo causaba
más dolor corporal del que ya tenía.
- Bueno Jonas, ve con Christel. Pero antes dame un
besito cielo. – Y aquel angelical niño salió de la habitación, dejándome a
solas con mi nueva extraña ¿amiga?
- Pero madre mía la que montamos anoche al final.
– Me comenta llevándose la mano a la frente y quitándose un falso sudor en un
gesto teatral.
- Eh, ¿cómo? – Yo no estaba para nada.
- ¡Venga yaaaa! No te hagas la tonta conmigo ¿Cómo
no te vas a acordar?
- ¿De qué? –La preocupación hacía más efecto que
la cafeína.
- ¿De verdad que no recuerdas lo que hicimos
después de estar en el Z- Bar? - Ahora me miraba con desaprobación.
- ¿No? De verdad que no sé nada de anoche. – Ahora
me daba cuenta, no tenía una laguna mental, sino un océano, no recuerdo nada
desde sus confesiones en el baño de chicas.
- Ponme al día. – Le ordené.
- Pues mira, ves esta servilleta de aquí.
- Aha.
- ¿Ves este número de teléfono de aquí?
- Aha.
- Ves que lleva un nombre.
- Sí.
- Pues has quedado en llamarle hoy. – Deja la nota
sobre el escritorio, me mira con una sonrisa de complicidad y se marcha riendo,
una vez más.
Como
buenamente pude, recogí la servilleta y la revisé con cara de no entender nada.
Seguía sin acordarme. Me estaba ahogando en aquel océano de dudas mientras
intentaba averiguar qué fue lo que hicimos anoche.
Tomé
otro sorbo de café y decidí echarle un vistazo a mi correo. ¡Bingo! Elena me ha escrito. Genial, no podía porque las letras aún
estaban de fiesta, bailando sin parar. Voy a darme una ducha.
Antes
de ir al baño me pasé por la cocina para dar los buenos días. Katerina y Christel
estaban de nuevo metidas en sus conversaciones privadas de gestos tristes. Así
que dejé la taza en el fregadero, di las gracias por dejarme caerme borracha sobre la cama para invitados,
quise decir, mientras le daba las gracias por acogerme y le pedía permiso para
ducharme.
Me
tomé mi tiempo, aunque me incomodaba la idea de no tener ropa para cambiarme.
Me sentía avergonzada. Menuda imagen estaba dando de mí misma.
Una
vez “arreglada” aunque mi cara no
tenía arreglo alguno en estas condiciones, volví a la cocina, donde el ambiente
cambió de forma radical al verme entrar, Christel y Katerina se intercambiaban
miraditas y se reían. Ellas lo sabían todo y no estaban dispuestas a contarme
nada. Creo que quieren jugar conmigo.
Bueno, las dejaré, sobre todo por el mal trago que está pasando mi extraña
nueva amiga.
Mientras
me ofrecían el desayuno, una melodía que reconocí, empezó a sonar en la
habitación de invitados y recordé que iba a leer el mail de Elena. ¿Sería ella? ¡Seguro que sí! ¡Yujuu! Me
disculpé y fui corriendo a la habitación. Esta maratón me pasaría factura más
tarde, cuando hubiese hablado con mi mejor amiga. Pero… ¿de quién es este
número?
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