Me
adentré en el bosque sin saber muy bien qué hacía ahí sola. Bajé la mirada y palpé la tela del vestido blanco asimétrico con
los hombros descubiertos. Lo reconocí; ya lo había llevado puesto en otros sueños. Vi mis pies descalzos, pero no podía sentir el musgo que se extendía dibujando una alfombra que me incitaba a seguir caminando,
sin prisa sin desvelarme. Los reflejos de La Luna creaban colores ilusorios en
tonos azules oscuros y violetas en los contornos de los árboles, los cuales se
abalanzaban en un intento de abrazarse entre ellos; sin éxito y sin descanso.
Tal vez me estaban diciendo algo, remarcando mi soledad en un sendero que puede
que no llegue a ninguna parte por unir tantos destinos en un mismo punto.
Desistí,
me apoyé en uno de esos inmensos árboles, con mis manos entrelazadas en mi
espalda, con las palmas tocando la madera, insegura al no poder sentirla, eché
un vistazo por encima de mi hombro. Una vez acomodada, me dediqué a vigilar el
cielo oscuro, rasgado por los destellos de plata de la Luna, llamando mi
atención, como una leve sonrisa sostenida en medio de un bullicio de
desconocidos.
–
Ya estoy aquí -, me dije entre rendida y
angustiada.
Cuando retomé mis pasos, una risa sonó a lo lejos. Algo
colgaba de una rama. Salté con gracilidad y lo atrapé con una mano; definitivamente, debía
estar soñando. Lo examiné con detenimiento, era una máscara con gesto preocupado. Parecía
estar quejándose de dolor. Hice el amago de colocarla sobre mi rostro, pero me
identificaba demasiado con la amargura de su expresión y con rabia, quise
tirarla, pero no pude, la sensación de abandono era muy fuerte. Desoladora.
Me
la llevé. Enfrentaría esa amargura sin preguntarme el por qué, sin divagar en
mis recuerdos. Seguí caminando..
Pensé
en una gran fiesta al final del sendero y en focos luminosos y seres humanamente
irreales, que me recibirían entre brindis y copas llenas de algún líquido
dorado. Pero no fue así. Cuando me paré frente a mi destino, se
alzaba un inmenso teatro.
Ahora comprendía la misteriosa presencia de la máscara en el bosque.
Dentro,
las luces eran tenues y cálidas. Giré y giré sobre mi absorbiendo la
belleza de aquel lugar con aires barrocos y terciopelo rojo que, por más
que acariciase, no era capaz de sentir.
Una
música anunciaba el comienzo de un espectáculo a la par que se abrían unas grandes cortinas, dejando bajo el brillo de la luna como único foco, un hombre
trajeado con galera, sentado cual pensador en una silla de cabaret. Pensé en sentarme.
- No, acércate bella dama-, me dijo leyendo
mis pensamientos.
Convirtió
mi vacilación en pura curiosidad.- ¿Qué
más me diría?- Desafiando cualquier protocolo, me apoyé en el escenario de
madera y dejé descansar el mentón sobre mis brazos cruzados, observándole con
fijeza y sin pudor .
-
¿Qué entretenimiento podrías ofrecerme en esta noche de luna llena? - Le
pregunté dejándome llevar por la teatralidad del momento. De nuevo la risa sonó
lejana. Y el caballero con traje y galera, me respondió:
- Eso es lo que debería preguntarte yo a ti-. Su respuesta parecía una acusación.
Parpadeé,
perpleja y,¡ de pronto, en esos breves instantes en los que abrí y cerré mis
ojos, el teatro se llenó de gente con pelucas blancas y mullidas, mujeres con
pomposos vestidos de colores pastel y bordados brillantes, ocupando más de un
asiento. Hombres con llamativos trajes de época adornados con infinidad de
botones.Todos ocultos tras algún complemento; unos con antifaces y otras con
abanicos.
Sentí, que se reían de mí y que a la vez me adoraban.- ¿Soy parte del espectáculo o el espectáculo en sí soy yo?- Me sentía confusa. Estaba cegada por el brillo de la luna.
El caballero con galera, el único con máscara en forma de sonrisa burlona, se entremezcló con el público. Había cumplido con su parte del guión. Esta era una trampa en la que había caído o, en la que más bien, me había dejado caer, pensando que serían unos amables brazos abiertos los que me sujetarían y me devolverían el equilibrio ¡Pero qué tonta fui!
Sentí, que se reían de mí y que a la vez me adoraban.- ¿Soy parte del espectáculo o el espectáculo en sí soy yo?- Me sentía confusa. Estaba cegada por el brillo de la luna.
El caballero con galera, el único con máscara en forma de sonrisa burlona, se entremezcló con el público. Había cumplido con su parte del guión. Esta era una trampa en la que había caído o, en la que más bien, me había dejado caer, pensando que serían unos amables brazos abiertos los que me sujetarían y me devolverían el equilibrio ¡Pero qué tonta fui!
Traté
de encontrar la salida, pero no la había y los extravagantes espectadores, más
normales que yo aquí arriba, subida en el escenario, se acercaban cada vez más,
con los ojos muy grandes, muy abiertos.- ¿Qué
esperan de mi?. Tendré que improvisar-.
Carraspeé para aclarar mi garganta, pero no me salía la voz. Volví a escuchar la
risa lejana con tal claridad entre el ruido de la muchedumbre, que me hizo
comprender; no son ellos los que no se callan. Son mis pensamientos.
Se hizo el silencio.
Ahora todos me
miraban.
Decidí colocarme la
máscara lentamente, calculando cada movimiento.
Ahora yo les
ignoraba.
Oí susurros y algún
que otro grito ahogado de terror. Me tapé la cara dejando al descubierto mi
verdadera emoción. No estaba solo triste, estaba perdida. Y la muchedumbre que
pretendía atraparme era fruto de mi confusión. Eran mi propia invención. Como no
quería afrontar la realidad, decidí vivir dentro de un sueño, ignorando que se estaba convirtiendo en
una auténtica pesadilla.
El
caballero trajeado se levantó de entre todos los atónitos espectadores y se
quitó la galera haciendo una reverencia.
- Quiere salir de aquí, ¿verdad, señorita?
- Quiere salir de aquí, ¿verdad, señorita?
- Sí. Necesito salir de aquí. Ayúdeme, se lo suplico.
- Deja de buscar el momento. ¿A qué esperas?. No te das cuenta que sin el ahora, no hay un después. El cambio no llegará por arte de magia. Tú eres la que mueves. Tú eres la que cambia -. Estaba sorprendida, sin duda esta no era otra trampa. El caballero asintió con
la cabeza leyendo mis pensamientos una vez más, mientras la risa lejana hacía eco en la enorme sala.
Quise quitarme la máscara con la misma precisión y suavidad
con la que me la había puesto. Sin perder de vista aquel lúcido caballero. Pero no
pude, cuando alcancé mi rostro, por primera vez sentí. Era cálido y suave al
tacto y comprendí que era mi piel lo que estaba tocando.
Ahora, como si todo fuese nuevo para mí, toqué mi rostro con las dos manos, las bajé maravillada y percibí una nueva sensación, bajo mis pies, no estaban las tablas de madera oscura que deberían haber sido frías de haber podido sentirlas, en su lugar mis pies se hundían en el musgo verde, suave y rociado de brillantes y pequeñas gotas de agua.
Levanté rápidamente la vista, quería compartir todo esto con el caballero que me trajo de vuelta a la vida, a mi propia vida. Pero no, en su lugar encontré con los colores del amanecer y con el sol naciente de un nuevo día.
Ahora, como si todo fuese nuevo para mí, toqué mi rostro con las dos manos, las bajé maravillada y percibí una nueva sensación, bajo mis pies, no estaban las tablas de madera oscura que deberían haber sido frías de haber podido sentirlas, en su lugar mis pies se hundían en el musgo verde, suave y rociado de brillantes y pequeñas gotas de agua.
Levanté rápidamente la vista, quería compartir todo esto con el caballero que me trajo de vuelta a la vida, a mi propia vida. Pero no, en su lugar encontré con los colores del amanecer y con el sol naciente de un nuevo día.
La interpretación más importante de todas: mi propia vida.
Mis propias decisiones.
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