Embarqué, sin mirar
atrás, huyendo. El capitán prometía aventuras y grandes riquezas. Yo sólo
quería salir de ahí, de la rutina que me embargaba…
Ahora
cruzábamos el océano, sólo puedo ver el agua oscurecida ante la tormenta que
estaba al llegar. Creí ser libre y estar rompiendo con la esclavitud que
mantenía mis pies, atados, en tierra firme.
Cuando
el oleaje empezó a crecer, el cielo gris parecía cernirse sobre nosotros y los
truenos hicieron añicos los deseos que creía posibles. Me dirigí al puente de mando,
en busca del capitán, allí no estaba, a su camarote, tampoco estaba. Me había
abandonado. Él sabía que este barco iba a la deriva. Desde un principio no
tenía rumbo ni puerto en el que atracar.
Las
olas azotaban el casco del barco con violencia. Temerosa, me di cuenta, el
Diablo no da un paso en falso y sabía muy bien que yo estaba perdida, con mi
maleta, confiada; - ¿Adónde desear ir?, me preguntó.
-
ahora mismo, sólo quiero escapar, irme lejos de aquí.
- En
mi barco hay lugar para ti ¿quieres venir?...creyendo ciegamente en él, subí,
decidida, reconquistando mi independencia.
Ahora,
en este camarote, aferrada a mi diario mientras todo a mi alrededor se mueve,
comprendí que no puedo dejarme llevar por la lujuria y los deseos. Soy más que
todo esto, pensé y repetí en voz alta. Tal vez él me haya abandonado,
exactamente dónde quería, en plena tempestad. Pero la tormenta pasará y volveré
a proa a contemplar un cielo despejado y observaré las señales que me lleven de
vuelta a tierra firme, a buen puerto, con un único y verdadero deseo: ser
feliz.
No hay comentarios :
Publicar un comentario