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sábado, 20 de octubre de 2012

Ainor, el origen del Reino Blanco

Érase una vez, en un tiempo en que el silencio, la paz y  la tranquilidad reinaban en todo el universo, en una época en la que los humanos aún no eran la única especie considerada inteligente en el universo y no habían habitado el planeta que hoy llamamos Tierra, un pequeño mundo llamado Eíz, más allá de donde nuestra vista pueda jamás alcanzar. Nueve eran los reinos que lo formaban, nueve prósperas extensiones de tierra en las que hadas, duendes, elfos y gnomos, entre otras criaturas mágicas, convivían en paz con nuestros predecesores: los altos humanos. 

Eran éstos tiempos de alegría en el mundo de Eíz, pues no siempre había habitado en él la paz. Tras cien años de Oscuridad, de guerras y contiendas, la Luz había vencido en los Nueve Reinos y, por fin, todo prosperaba: la tierra era fértil de nuevo, el agua fluía con energía dotando de vida a árboles, flores y plantas, y los habitantes de cada mundo volvían a sonreír. Los Nueve Reinos habían recuperado la Luz y, con ella, los colores que un día los caracterizaron: Zile, el Reino Azul, cuyos lagos y ríos eran la envidia de todo Eíz; Nanji, el Reino Naranja, cuyos árboles naranjas se extendían por todo el territorio dotando de una vitalidad envidiable al reino, Mirlo, el Reino Amarillo, dominio donde el sol iluminaba más horas que en cualquier otro reino; Revi, el reino verde, cuyos bosques y praderas tenían una extensión incalculable; Tron, el Reino Rojo, cuyas arenas rojizas eran hogar de la vida terrestre más fabulosa del planeta; Urpe, el Reino Púrpura, cuyas hadas protectoras eran tantas, que la luz que desprendían al volar dio nombre a su reino; Nor, el Reino Marrón, donde las montañas y las tierras de cultivo dominaban el paisaje y Saor, el Reino Rosa, hogar de incontables salinas de aguas rosadas donde el mismo cielo se reflejaba asalmonado. Mas, de entre estos nueve territorios, había uno cuya leyenda le predecía: Ainor, el Reino Irisado, única tierra en que ningún color destacaba sobre los demás, único reino que disfrutaba de la magia de todos los colores por igual. 

Ser singular en Eíz tras tantos años de guerra y aflicción podía ser peligroso. Así lo creía Cascabel, hada protectora de Ainor y fiel servidora de Sidmor y Aysir, los reyes que con su amor habían convertido el suyo en el  reino de mayor armonía, prosperidad y grandes riquezas de todo Eíz. 

- Debéis ser cuidadoso, Majestad -había advertido Cascabel a Sidmor un día cualquiera tras un paseo por el castillo- muchas son las envidias que nuestro reino está despertando y, pronto, la Oscuridad, podría amenazarnos de nuevo.
- No te preocupes pequeña Cascabel, ninguno de los reinos de Eíz querría volver a la Oscuridad, no existe ser en este planeta capaz de comenzar otra guerra.
- No os confiéis mi Señor, sois el único cuyo Reino presume de ostentar todos y cada uno de los colores en igual proporción y, tras tanta oscuridad, ciertos seres podrían querer que sus reinos también pudieran disfrutar del encanto que desprenden los colores distribuidos en equidad.
- Os preocupáis en exceso, mi pequeña amiga. En verdad os agradezco vuestras palabras mas insisto, no os alarméis y disfrutad junto a vuestras amigas de estos tiempos de paz.

Cascabel sólo podía obedecer a su Rey, si bien, un tintineo en lo profundo de su instinto protector le avisaba de que cierto peligro se aproximaba. Tal era su desasosiego que, aún contraviniendo las indicaciones de Sidmor, celebró una reunión para escuchar las opiniones de sus hermanas. Juntó a todas las hadas protectoras del reino y con ellas comentó su preocupación pues quería conocer si en verdad era ella la única que había sentido la amenaza.

- Debemos advertir a los Reyes -tomó la palabra la menor de todas- he sentido el peligro con tal intensidad que a mis alas les costaba aletear.
- Así es hermanas, yo también percibo ese peligro del que habláis, sin embargo, considero que la cautela ha de guiar nuestros pasos. No debemos aventurarnos a correr la alarma y preocupar a todos -intervino la mayor- primero deberíamos comprobar que en verdad existe tal amenaza.
- Pero ¿cómo podríamos callar y arriesgarnos a que el mal llegue a Ainor? -replicó Tintineo, una de las más jóvenes y alegres.

La tarde dio paso a la noche y en su inmensidad se extendió la charla entre las hadas protectoras. Llegó el amanecer y con él los primeros rayos del sol, fue entonces, al observar cómo refulgían todos y cada uno de los colores del Reino cuando alcanzaron un acuerdo. Mantendrían el secreto, ninguna otra criatura de Ainor debería conocer el posible peligro al que se enfrentaban, mas avisarían a los Reyes para estar prevenidos y ellas volarían a los reinos vecinos para averiguar si la amenaza era tal.

- Si cierto es cuanto de vuestros labios sale, y no dudo que así sea, avisaré a mis caballeros para que estén alerta ante cualquier acción sospechosa -había contestado el Rey cuando Cascabel lo informó de lo sucedido en la reunión- Marcha presurosa junto a tus hermanas y regresad pronto con buenas nuevas- la había animado.

¿Qué había ocurrido entonces? No más de siete lunas habían pasado desde su marcha y Ainor había quedado sobreaviso, entonces, ¿qué era esa sombra oscura que se extendía en todo su territorio? No había recibido mensaje de peligro alguno por parte del Rey y tampoco sus hermanas se habían comunicado con ella. ¿Qué podía haber ocurrido? ¿Habría llegado tarde? 


- ¡Soltadme! ¡Perversos duendecillos, soltadme os ordeno! - Fue la voz de Tintineo, encargada de llegar al reino de Tron a investigar, si bien, no encontró momento ni lugar.
- Deja de revolotear hada molesta. ¿No ves que ya nada puedes hacer? -replicó uno de sus captores- Vuestro buen rey Sidmor confió en la bondad de todos, mas nosotros, habitantes de Tron, dirigidos por nuestro Señor Orfión quitaremos el color de vuestro reino.

Las perversas risas de todos los duendes produjeron un intenso escalofrío en Tintineo, quien rápida trató de conectar con su instinto protector y hacer llegar a sus hermanas el aviso del inminente peligro al que se enfrentaban. 

- No te esfuerces, es en vano. No podrás hacer llegar mensaje alguno a tus hermanas. Nos costó trabajo pero logramos que Aydin, madre de las hadas protectoras de Tron nos revelase cómo interferir en el instinto protector de un hada.

Tintineo no quiso escuchar, no quiso creer lo que sus pequeñas orejas de hada habían oído. No podía ser. No había forma de hacer a un hada madre revelar tal secreto. Insistió e insistió intentando lograr la comunicación pero finalmente cayó rendida y ya sin fuerzas, se durmió cavilando sobre los duendes, ¿qué les había ocurrido? No era usual en un duende del color actuar en contra de éste, ¿les habría hechizado Orfión?


Cascabel intentó urgentemente comunicarse con todas sus hermanas, mas fue en vano. Sólo entonces comprobó que una semana había pasado y nada de ellas había sabido ¿qué había ocurrido? Con temor por la Oscuridad que amenazaba a su amado Ainor, pero con el valor que ese gran amor le infundaba, Cascabel voló, más veloz que en ninguna otra ocasión para alcanzar cuanto antes su querido hogar, si bien, lo encontró al borde de la extinción tal y como ella lo conocía.

- ¿De verdad pensabais que una pequeña espía podría parar una guerra? - Exclamó Orfión a Sidmor mientras le lanzaba a la pequeña Tintineo.
- ¿De verdad pensabais que creía que una guerra se avecinaba? -Fue la réplica de Sidmor.
- Es cierto, olvidé cuán ingenuo podéis llegar a ser. Sólo tú pensarías que podríamos vivir en paz mientras vuestro reino acapara la magia y el poder de poseer todos los colores por igual.
- Llamadme ingenuo, reíos de mí, mas no fui yo quien pidió este reino. Sabéis que fue la Magia del interior de los reinos quien eligió al Rey más propicio para cada uno de ellos, ¿acaso os atrevéis a desobedecerla?
- Mi querido Sidmor, esa Magia de la que hablas murió con el último resquicio de Oscuridad, eligiendo a sus reyes.
- ¿Y acaso porque ya no exista es menos importante? Esa Magia se agotó tratando de recuperar la Luz que un día brilló en Eíz, esa Magia sacrificó sus últimos poderes para asegurar que Eíz fuese el mundo próspero y armonioso que un día todos conocimos.
- ¡Esa Magia se extinguió, y es lo único que me importa! - Clamó Orfión, mostrando la fuerza de su ira y mientras se giraba bramó: “Duendecillos, ya sabéis cuál es vuestra labor”.

Cascabel no daba crédito a lo que veía. Los duendecillos del color habían sacado sus calderos mágicos y estaban extrayendo de Ainor toda su Luz. No podía permitirlo pero ¿qué podía hacer una pequeña hada que no era capaz ni de comunicarse con sus hermanas? No, no puedes darte por vencida, Sidmor y Aysir confían en ti. Eres la única esperanza. Piensa, piensa...

Entonces, sin saber muy bien adónde, comenzó a volar. Sus alas batían con más fuerza de la que jamás hubiera podido imaginar, su luz protectora brillaba con una intensidad inigualable, marcando el camino a seguir y ella sólo podía dejarse llevar. Llegó en un plis: el centro de Eíz, oasis de magia y color. 

- Decidme pequeña hada, ¿quién sois y qué queréis de mí?

Cascabel había oído hablar de él, pero siempre dudó de su existencia. Creyó que eran historias de abuelas. Leyendas de un pasado mejor. El unicornio blanco, rodeado de un halo de luz brillante, se acercó más.

- Si habéis llegado aquí es porque tenéis un corazón puro y, en verdad, necesitáis mi ayuda.

Cascabel seguía callada. ¿De verdad estaba hablándole el Gran Unicornio Alado? ¿Era cierto que estaba dispuesto a ayudarla? 

Ante el silencio de Cascabel, el Gran Unicornio Alado acercó su cuerno a la luz del hada y en un instante contempló el gran mal que en ese momento se cernía sobre Ainor. Veloz como un relámpago, subió a cascabel a su crin y fueron hasta Ainor por medio del Arco Iris de Eíz. 
Cascabel seguía sin dar crédito: todas las leyendas que sobre la creación de Eíz y los Nueve Reinos le habían contado de niña eran ciertas. Ahí estaba el Gran Unicornio, creador de toda vida en Eíz, el Arco Iris, su raudo transporte y pincel de los distintos reinos. Todo era cierto. No era una leyenda cualquiera. La Gran Magia existía de verdad y aún estaba viva. 

- ¡Deteneos! -Exclamó con una voz grave el Gran Unicornio una vez se halló al lado de Orfión.

Los duendecillos del color se giraron tan asombrados como segundos antes lo había estado Cascabel, pero Orfión les gritó de nuevo: 

- ¡Continuad! Extraed todo el color de Ainor, ¡el Gran Unicornio Alado nada puede hacer contra vuestra magia!
- Es cierto -asintió el Gran Unicornio- la condición para crear Eíz fue que no podría intervenir en la magia realizada por un ser inferior, mas nada se me dijo de influir en su conducta. Sé que estos duendecillos no quieren extraer el color de Ainor, sé también que tú Orfión, rey de Tron, Señor de la Tierra Roja, cegado por la envidia y haciendo mal uso de tu poder los has obligado a ello, mas yo, los libero.
- No puedes hacer eso. Son mis súbditos, han de obedecerme según la Ley de Eíz -replicó Orfión airado.
- No. Ya no son vuestros súbditos. No habéis sabido ejercer el poder que se os otorgó. No os preocupéis, yo no os lo puedo retirar, sólo la Magia podría hacerlo y como bien sabéis se extinguió. Sin embargo, sí puedo liberar a estos duendecillos de que te sirvan, de que sean habitantes de Tron. 

Tras esas palabras, el Gran Unicornio Alado lanzó un haz de luz sobre los duendecillos, que en ese mismo instante quedaron liberados y pasaron a ser fieles vasallos del Reino de Ainor. Después, con sumo cuidado se dirigió a Orfión y le dijo:

- No me obliguéis a expulsaos de Eíz, regresad a Tron, vivid en paz y jamás os atreváis a salir de sus murallas.
- ¿Acaso me amenazáis? - contestó Tron haciendo gala de su insolencia habitual.
- Os advierto y os recomiendo que hagáis caso a mis advertencias -sentenció el Gran Unicornio- Majestad -continuó dirigiéndose a Sidmor- lamento, en lo más profundo de mi ser no poder devolveos el color extraído de Ainor. Tan sólo puedo cambiar el triste y negro vacío, por el blanco del que soy guardián.
- Será más que suficiente poder ver mi reino brillar con la Luz que vos desprendéis.

El Gran Unicornio Alado, voló entonces sobre Ainor y, a su paso, todos los espacios que habían quedado sin color se fueron tornando blancos, radiantes, brillando como nunca antes lo habían hecho. Ainor es bello de nuevo, pero echaré de menos la magia del resto de sus colores, pensaron los Reyes y las hadas protectoras, todas reunidas, tristes por su fracaso.
En lo alto del cielo, el Gran Unicornio se detuvo y, como si hubiera escuchado el pensamiento de los buenos habitantes de Ainor, se giró hacia ellos y proclamó:

- Un nuevo día comienza hoy para Ainor, un nuevo reino ha surgido aquí, el Reino Blanco, y su leyenda se escuchará en todos los reinos de Eíz y se le respetará por su bondad. Mas no os entristezcáis, mis queridos amigos, llegará un día en que un corazón puro y un alma sensible encontrarán la Magia y Ainor volverá a refulgir con todos sus colores y ocupará entonces el lugar que siempre mereció en el mundo de Eíz.

viernes, 5 de octubre de 2012

Podrías Ser Tú


Es  la última hora de clase, faltan dos minutos para dar la bienvenida a las vacaciones.  Yoan ya está fuera del colegio, de camino a casa fantasea con las horas de Play que le esperan este verano.

¿Te gusta la ropa?, ¿te gusta la música?, ¿Y los videojuegos?  ¡Claro!, que cosas tengo. ¿ A quién le va  gustar salir a dar un paseo como a mí?.

Te preguntarás quién es Yoan, es un chico que siempre va a la última en música y moda. Pantalones anchos, camisetas Adidas, peinado de CR7 y zapatillas Jordan, porque le chifla el baloncesto, pero el de la Play…

Esta es su historia. Aquí comienza todo.

En casa, Yoan  ha protestado ante los planes de vacaciones de los padres. Enfadado, se va en bicicleta, a escondidas; lo único que lleva consigo es una mochila, donde guardó su Psp, juegos (lo que él estima importante) y su Mp3, pero no sabía que algo más se había colado en su mochila.

- Miauu... ¡Sácame de aquí! Exclamó una voz seria y misteriosa. En el momento que el chico paró la bici en un chino para comprarse unas chuches.

El niño no podía creer lo que estaba viendo al abrir su mochila: un gato parlanchín. - Debo haberme dado un golpe en la cabeza. Pensó Yoan.

- ¿En qué mundo vives?, le pregunta la Bola de Pelo Parlante. A lo que Yoan responde:


- En uno donde los gatos no hablan.


- Eso es porque no vives en el mundo real. Ese que  está fuera de los videojuegos, el que te niegas a ver. Responde el gato limándose las uñas.


-¡Vete, déjame tranquilo!, grita Yoan en un intento de espantar a la Peluda Bola. Cuando sale de comprar chuches, se da cuenta que su bici ya no está. ¿Se la habrá llevado la Mata de Pelo con voz?

Furioso, se dirige al centro comercial, en busca de una nueva distracción. Creía estar en la dirección correcta, pero en lugar de un enorme y alborotado centro comercial, se encuentra rodeado de grandes árboles de aspecto centenario y enormes bonsáis. Espera un momento – piensa Yoan - interrumpiendo su paso, ¿enormes bonsáis?, ¿un bosque? , ¿Dónde estoy?. Estás más allá de los límites de tu imaginación, en la realidad. De un susto se gira y allí estaba la Bola Peluda una vez más.

Yoan se dirige hacia el gato con los ojos en llamas y con los puños cerrados.
- ¿Dónde estoy?, ¿Qué me has hecho?, ¡llévame al centro comercial ahora mismo!. 

Don Gato, sin inmutarse, le dice tranquilamente - Esas no son las preguntas correctas. Con esa actitud, no me extraña que tu mejor amigo sea una consola.

Yoan se queda boquiabierto al escuchar aquellas palabras. Era increíble que ese felino supiera más de él que él mismo.

  -  Así tratas a los demás, pero aquí esas formas no te servirán de nada.

Yoan reflexiona y entiende que si quiere algo, tiene que cambiar su actitud. Se acerca lentamente al gato y le dice: - Hemos empezado con mal pie, ¿cómo puedo volver a la ciudad?.

- Tú mismo harás el camino, responde Bola de Pelo. Yoan no da crédito a lo que oye.


- Esto es una broma ¿verdad?, ¿Te estás riendo de mí? Pero si no veo ningún  camino.


- Cierra los ojos  y dejarás a tu mente ver con claridad. Yoan, en un intento desesperado de salir de ahí  hace caso al gato. Da un  paso hacia el frente. El terreno parece seguro, escucha la suave brisa que insinúa un camino que se abre ante él. Sale y a su paso se abre el muro de árboles y aparece un camino por el que empieza a andar lentamente, acompañado de la Bola Pelo.

Hay sonidos, todos procedentes de la naturaleza, pero para él eran molestos ruidos, de los cuales se queja sin cesar. - ¿Qué son estos ruidos?, ¡parad!, ¡quiero volver a mi casa! Ver la tele tirado en el sofá.

Todo queda en silencio y a oscuras, - ¿Qué es esto?, ¿dónde estoy? ¡Háblame gato!
De pronto, mira hacia arriba y dos luces brillantes, parecen le vigilarlo. Él las sigue, desconcertado. Piensa; - estoy solo y seguir estas dos luces es mi única opción. Alza su voz y pregunta:
   
- ¿Quién o qué eres? ¡Ayúdame, por favor! 

- Has elegido las palabras correctas. Responde a su llamada de ayuda, una nueva voz.


- ¿Por qué ha ocurrido esto? Pregunta Yoan, con desesperación en su voz.


Porque querías todo en silencio, así que has dejado de ver la realidad y la oscuridad  que te ha envuelto es la que se refleja en la pantalla del televisor cuando lo apagas. NADA. Contesta ahora un búho.

Los ojos del mágico animal se iluminan con mayor intensidad haciendo que todo vuelva a cobrar vida. Pero el escenario es diferente. Ahora hay un lago de cristalinas aguas con una hermosa cascada. De pronto, los sonidos ya no le molestan; de la cascada brotaban notas musicales. Yoan siente que empieza a moverse. - ¿Por qué me estoy moviendo? ¿Qué me está ocurriendo? Y se descubre bailando. Le parece tan extraño. - Pues si yo no sé bailar. Dice asombrado.- Búho le responde.- Estás empezando a descubrir nuevas facetas en ti. Eres libre de expresarte. Sigue la melodía si así lo deseas.

Yoan, sin salir de su asombro, decide seguir la melodía cada vez más intensa. Empieza a sentir una fragancia en el aire, no es conocida, no es su comida favorita, pizza y hamburguesa, es dulce, cálida… un hada responde a sus pensamientos: - es Azahar. Se caracteriza por relajar y tranquilizar. - Yo pensaba que eso sólo ocurría cuando veía la televisión. Dice Yoan. - Esto es nuevo y raro para mi. Siento curiosidad, ¡voy a seguir investigando!. A lo que responden muchas voces al unísono: - ¡Bieeeen! ¡Ahora podrás unirte a nuestra fiesta.

¿Una fiesta?. Pregunta desconcertado.

- Una en tu honor. Responde el hada.
- ¿En mi honor?. Vuelve a preguntar Yoan.
- Sí, sí. Al fin estás abriendo tu mente. Vivirás experiencias inolvidables. Le respondió el hada mientras le cogía de la mano y le guiaba al corazón de la cueva.

Allí dentro se encontraba la Luna llena de alegría, los gnomos formaban un corro, danzando, alrededor de una hoguera de llamas violeta y verde. La música provenía de todas partes. Hadas cantando con sus dulces voces y risas que llenaban el ambiente animando cada rincón.

Todos estaban ahí, incluyendo a la Bola de Pelo Parlanchina.

Nuestro protagonista no terminaba de encajar. - Todos son tan raros. Decía en voz baja, más para sí mismo. - Se cogen de las manos. Se hacen bromas y ríen juntos. No se burlan de nadie para poder divertirse. Juegan y se sientan alrededor de un vejestorio de largas barbas con un libro y además ¿están atentos?
Se acerca la Bola de Pelo con voz propia. - ¿Por qué estás ahí parado?.

Porque yo no encajo. Responde Yoan. No soy como ellos.

- ¿Cómo que no? ¿Me estás diciendo que no puedes reír, jugar, bailar y escuchar con    atención un cuento?
- ¿Es que puedo hacer eso? ¿No es muy infantil?
- ¿Desde cuándo disfrutar de las pequeñas cosas y divertirse con ellas es infantil? ¿A caso tus padres no se ríen?

Estas palabras trasladan al chico a sus recuerdos. – Reírme. Hace tiempo que no me río con mis padres, sino de ellos o de otros compañeros, no con ellos. Estas reflexiones le traen nuevas imágenes que le mostraban a él, jugando y riendo junto con sus padres y, a medida que se sumergía más y más en sus memorias, empieza a 
ver discusiones y portazos dirigidos a ellos.

-Ahora me doy cuenta, me perdí en algún momento del camino. Y así, por primera vez, deja su mochila en el suelo y se une al corro de los gnomos, al calor de las llamas, sus pies se mueven, en su cara se dibuja una sonrisa y piensa: - el raro era yo. No salía de mi habitación un día tras otro. Y en vez de comunicarme y hablar de mis preocupaciones, culpaba a todos a  mi alrededor y no quería tener a nadie cerca.

¡Basta!. Dice una voz familiar. Pero era un águila quien hablaba en estos momentos. Su voz le recordaba a alguien. Alguien a quien quiere, aunque no se lo haya dicho en mucho tiempo. - ¡Deja de sentirte culpable y actúa!, ¡únete a nosotros y darás un nuevo giro a tu camino!. Le anima el águila.

Sí. Añade la Bola de Pelo que nunca se calla. – Los cambios empiezan por uno  mismo. Y siempre con pasos pequeños.

Así hizo Yoan. ¡Estaba escuchándoles en lugar de rebatir cada comentario!. Sentía que estaba aprendiendo. Pensó - No es tan malo escuchar a los demás. Se aprenden cosas.  Cosas interesantes.

Transcurrió la noche. Todos charlaban entre ellos, como iguales. El chico ya no estaba perdido. En algún momento cayó dormido, recogido por las alas del águila. Allí encontraba una calidez que echaba de menos y, a la vez, le era familiar.-  Yo te conozco. Balbuceó mientras se dormía. - ¿Papá?
En ese preciso instante se despertó. Aturdido, se da cuenta que está de regreso, en su habitación. De un salto, se levanta y coge la maleta y empieza a lanzar puñados de ropa.
- ¡Pero si es verano! ¿A dónde voy con los esquíes?

Toc, toc. - ¿Puedo?. Pregunta una voz desde el otro lado de la puerta. Es su madre. Su rostro se ilumina al ver la maleta, pero él aun no lo sabe y se preocupa cuando ve que en sus mejillas comienzan a rodar lágrimas.

- ¿Qué pasa mamá? ¿Qué he hecho ahora?

¿Mamá?. Repite ella, sin salir del asombro. ¡Cuánta dulzura había en la voz de su hijo!. En  ese preciso instante, la voz familiar, cálida, sin saber muy bien si estaba solo en su mente, animaba al chico a abrazarla. 

No me daba cuenta de lo que extrañaba esta sensación. - Pensó Yoan. - Un abrazo. ¡Cómo si fuese algo de otro mundo! Se sentía tan bien…

Lo mejor, es que Yoan pudo sentir otro abrazo más grande aún, que le recordó a las alas del águila. Pero ahora ya no estaba en su mente aquella voz. Alto y claro, le dice su padre: Os quiero. Y le guiña un ojo. Él se da cuenta: su padre siempre ha estado ahí cuando le necesitaba.